Archivos para julio, 2013

Ecopecados de la humanidad

Publicado: julio 1, 2013 en Ecologia

Antonio Cruz Suárez

Bioética y ecología (3)

Ecopecados de la humanidad

 Cuatro grandes “pecados” ecológicos que han provocado la actual crisis planetaria.

 

Los cuatro grandes “pecados” ecológicos que han provocado la actual crisis planetaria y que desde hace años vienen constituyendo un auténtico tópico son: la contaminación de la biosfera, el agotamiento de los recursos naturales, la explosión demográfica y la carrera armamentista.

La polución ambientales quizás el factor que más reacciones despierta en la opinión pública porque afecta a elementos, como el aire y el agua, que son esenciales para la vida. La emisión de gases contaminantes a la atmósfera, sobre todo del dióxido de carbono, CO2, que se produce en la combustión de los hidrocarburos (carbón, petróleo o gas), está contribuyendo a elevar la temperatura global de la tierra.

Si la tendencia actual continúa, el deshielo de los casquetes polares con la consiguiente elevación del nivel medio de los océanos puede hacer desaparecer miles de ciudades e islas en todo el mundo. A este oscuro futuro hay que añadir también las repercusiones de la lluvia ácida, el agujero de ozono y la contaminación de las aguas de mares, lagos y ríos.

Hoy se está haciendo muy poco para frenar este aumento de los gases que crean el efecto invernadero y calientan el planeta. Mientras de forma hipócrita se lamenta el incremento de la contaminación del aire, se fomenta a la vez la producción y venta de vehículos que consumen combustibles fósiles y son la principal causa de dicha polución.

El coche es el medio de transporte más caro en costes de contaminación atmosférica, en emisiones de CO2, en ruido y en accidentes. Sin embargo, esto no impide a los gobiernos continuar promocionando la compra de coches y seguir invirtiendo en carreteras, en vez de fomentar el transporte público. Desde la bioética, el acontecimiento de la contaminación de la biosfera no es sólo una actitud irresponsable hacia la naturaleza, sino también un fuerte agravio comparativo entre los diversos habitantes del mundo. Está claro que todos sufrimos las consecuencias de este deterioro del medio, pero lo cierto es que no todos los países contaminan por igual. El triste récord se lo llevan sin duda las naciones industrializadas. Unos somos más culpables que otros.

El agotamiento de los recursos naturales es una realidad que se pone de manifiesto cada vez que un satélite artificial realiza fotografías de la Tierra desde el espacio. La deforestación se detecta por la progresiva disminución de las manchas verdes de vegetación en tales imágenes, mientras que la desertificación aumenta el color claro de las mismas. En los últimos 35 años han desaparecido más bosques y selvas que en toda la historia de la humanidad. Pero por otro lado, los desiertos del mundo extienden cada año sus fronteras ganando una superficie equivalente a la de Portugal. Actualmente nacen más de cincuenta bebés durante el mismo período de tiempo en que la Tierra pierde una hectárea de terreno cultivable.

Hoy se conoce sólo una pequeña parte de la riqueza biológica del planeta. El número de especies que los biólogos han conseguido inventariar es de 1.750.000, aunque se creen que probablemente existen en la biosfera unos catorce millones, sin contar los cien millones de especies de gusanos nematodos que se piensa que pueden existir. Esta increíble variedad de organismos hace posible el equilibrio en los distintos ecosistemas y permite que la vida en general pueda adaptarse a nuevas condiciones, e incluso superar con éxito las catástrofes y agresiones que sufre, siempre que éstas no superen ciertos límites.

Pero la pérdida de esta biodiversidad, es decir del número de especies animales y vegetales, constituye algo más que un simple empobrecimiento. Es una clara evidencia de cómo se ve amenazada la vida por las acciones imprudentes del llamado progreso. Es difícil determinar con exactitud el número de especies que sucumben cada año bajo las ruedas de las máquinas excavadoras o entre los afilados dientes de las motosierras, no obstante se calcula que entre 40 y 300 especies vivas se extinguen para siempre en el mundo. Tal disminución se hace aún más trágica cuando se intuye que en el ADN de esos organismos perdidos, se esconde probablemente el secreto para curar enfermedades tan virulentas como el cáncer o el SIDA. Así es, por ejemplo, cómo recientemente se ha descubierto una sustancia muy similar a la insulina en un pequeño hongo africano, que es capaz de solucionar el problema de los diabéticos mediante su administración por vía oral.

El infame e injusto ecopecado humano que supone el agotamiento de los recursos naturales se refleja sobre todo en un detalle. Mientras los países desarrollados que sólo son la cuarta parte de la humanidad gozan del 82% de estos recursos, los países pobres que completan las tres cuartas partes restantes de la población mundial, disponen sólo del otro 18%. ¿Es éticamente justo impedir el acceso al primer mundo de los inmigrantes que buscan trabajo para sobrevivir?

El problema de la superpoblación ya lo tratéen otra serie.

Acerca de la carrera armamentista, todo el mundo reconoce los perjuicios que viene causando. Según datos del  World Armaments and Disarmament Yearbook , con el presupuesto que países como Estados Unidos gastan en armamento cada día sería posible alimentar a medio millón de niños al año.

Pero los gobiernos pobres tampoco se quedan atrás. Los países en vías de desarrollo en vez de invertir más dinero en energía o bienes de consumo básico, duplican constantemente su presupuesto militar. Esta especie de fiebre enloquecida que supone el gasto en armas, constituye el mayor pecado ecológico de nuestro mundo contemporáneo.

Autores: Antonio Cruz Suárez
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Juan Simarro Fernández

Derechos Humanos, los cristianos y los pobres (3)

¿Quiénes son los culpables? ¿también la iglesia?
Muchas veces la iglesia y los cristianos han hecho teología sin raigambre con los problemas existenciales del hombre

 

Cuando nos enfrentamos con un texto como el del artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, texto que ya hemos comentado también en el artículo anterior:  “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y en derechos”,  y vemos en el mundo personas robadas de su dignidad y con sus derechos pisoteados desde su nacimiento, nos podemos preguntar: ¿Quién tiene la culpa de que no haya ni libertad ni igualdad para estas personas, que nacen como caídas en rincones privados de esos derechos, que para ellos son estrictamente teóricos y formales, presas de un destino adverso, de un  fatum  casi inevitable, de un destino arrasador, nacidos en un foco de pobreza alejados de toda posibilidad de igualdad o libertad? ¿Hay culpables también en la iglesia?

Los cristianos, y todos los humanos en general, tendríamos que pararnos y buscar las causas de estos incumplimientos de los Derechos Humanos… y actuar, trabajar para crear nuevas condiciones en el mundo para que no se den esas posibilidades de nacer ya despojados de todo derecho y bien. Igualmente, junto a las causas, también vamos a encontrar culpables, tanto en el ámbito individual, como en el estructural. ¿También tú o yo?

Los cristianos debemos saber que la Biblia no camina a la zaga de la defensa de los Derechos Humanos. Los supera y se pone en un estadio superior, pero, a su vez, baja a la arena de la realidad y se pone en línea con la defensa de los humillados y ofendidos, de los privados de sus derechos como personas. También habla de libertad y refuerza la dignidad de las personas… imagen y semejanza de Dios. Pues a todos los nacidos les dice la Biblia:  “Porque no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor” .

Si los hombres, como dice el artículo 1 de los Derechos Humanos,  “nacen libres e iguales en dignidad y en derechos” , ¿qué es lo que está fallando en la sociedad y en la iglesia para que no se oiga un grito de denuncia y de reclamo del reconocimiento de la dignidad y libertad inherente a toda persona por el hecho simple de haber nacido? Pregunta ante la que nos deberíamos parar y detenernos a reflexionar… para pasar luego a la acción, a la lucha por la liberación de las personas apoyados en los valores del Reino que nos dejó Jesús. O somos liberadores, o somos culpables. También la iglesia: o es liberadora o es culpable… aunque sólo sea por omisión de la ayuda.

Los cristianos puede ser liberadores y eliminadores de las causas que esclavizan y determinan a muchas personas para que no puedan vivir su libertad “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” , nos dice Jesús. Los cristianos, los que conocemos la verdad que libera y que nos convierte en agentes de liberación, debemos trabajar todas estas áreas y gritar: ¡Hay esperanza! La suerte no está echada.

Tenemos que gritar a voz en cuello, como dice la Biblia, diciendo que hay una luz de esperanza en el fondo del túnel. Cuando la iglesia calla, es culpable. Las sociedades y las personas pueden cambiar. La iglesia también. La voz profética de los creyentes puede ser como una deflagración que cambie corazones y vidas, valores y prioridades en el mundo. Hay que luchar enarbolando los valores del Reino, valores liberadores, restauradores de la dignidad robada, de la libertad, de la igualdad. Es parte de la misión de la iglesia. Luchar hasta la extenuación… contra toda desesperanza. ¿Estamos los cristianos dispuestos a esta lucha, a una vida de servicio como agentes de liberación del Reino?

Ante la dureza del corazón del hombre y la fortaleza de las estructuras sociales injustas que impiden la vivencia y el cumplimiento de este primer artículo de los Derechos Humanos, quedando éstos como algo estrictamente formal en tantos casos, cuando parece que no es posible y que nuestras fuerzas nos abandonan, nos queda por delante la utopía, la utopía del Reino, una utopía movida por la esperanza y por unos valores que son contracultura en medio de nuestras sociedades desiguales, injustas y no libres. La Iglesia, en su lucha a favor del hombre, de los valores del Reino y de los Derechos Humanos, también debe ser utópica tendiendo a la implantación del Reino de Dios y sus valores en la tierra.

Debemos ser todos un poco utópicos. La fuerza de la utopía, la utopía por la implantación de la justicia y bondad en el mundo, debe mover nuestra lucha, nuestro trabajo, nuestros desvelos… la lucha y el quehacer de la Iglesia. Pensar que, quizás, con el esfuerzo de muchos y la confianza en el Altísimo, estemos caminando hacia un mundo mejor para todos, para mí, para ti y para los tuyos… y para toda la creación.

Por eso, una llamada a la iglesia: mientras que Jesús anunció la salvación para la eternidad y, en una relación de semejanza, se fundió en el destino de la historia, en el aquí y el ahora de cada hombre, en su lucha existencial y en su liberación, muchas veces la iglesia y los cristianos han hecho teología sin raigambre con los problemas existenciales del hombre, sin lucha por la liberación de los que están siendo explotados y oprimidos, de los que están siendo robados en su dignidad, en desigualdad y esclavitud… Muchas veces se predica una salvación desencarnada. ¿Está la iglesia de espaldas al dolor de los hombres?

Pareciera, a veces, que los Derechos Humanos son ajenos a nuestra teología y a nuestra vivencia de la espiritualidad cristiana. Los Derechos Humanos, si realmente son humanos, no pueden ser ajenos a la Biblia. Nada humano es ajeno a Dios. Lo que le es ajeno es lo inhumano, el robo de dignidad de las personas, el mantenerlas en la infravida, en el sufriente no-ser de la marginación, la pobreza y el sufrimiento.

A veces, los cristianos nos olvidamos del hombre, del auténtico lugar sagrado para Dios. Sin embargo, la Biblia habla a favor de la dignidad del hombre, de su libertad e igualdad, de su dignidad intrínseca por el hecho de ser imagen de Dios… Habla en paralelo a todos y cada uno de los Derechos Humanos… como en un torbellino lleno de autoridad y de fuerza que quiere lanzarnos, para lanzar a su Iglesia, también a la defensa de este primer artículo en el que se enfatiza que  “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos” .

La Biblia es aún más clara y más dura, más excelsa y superadora. Así, pues, si eres o te consideras cristiano, lánzate a la denuncia y a la acción consecuente con tu fe. Conviértete en agente de liberación. Libera, busca dignidad, justicia, libertad y derechos, porque hay muchos que no los tienen. Trabaja para que la iglesia sea también iglesia del Reino que asume todos y cada uno de sus valores éticos, solidarios, compasivos, de servicio, de liberación y redención de los últimos, los desclasados, los proscritos.

Nosotros tampoco nos podremos sentir libres en medio de un escándalo humano de tamañas dimensiones. Tampoco se podrá sentir libre la Iglesia. Tenemos que optar entre ser culpables, aunque sólo se sea culpables por el pecado de omisión de la ayuda, o liberadores. ¡Señor, conviértenos en liberadores! Que entre las opciones de ser culpables o liberadores, escojamos la mejor, la de ser liberadores siguiendo tus pisadas y tu ejemplo. Así debe ser la Iglesia que queremos.

Autores: Juan Simarro Fernández

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La verdad en el lugar de trabajo

Publicado: julio 1, 2013 en Lausana

Jaume Llenas Marín

El compromiso de Ciudad del Cabo 2010 (3)

La verdad en el lugar de trabajo
Durante siglos la cristiandad ha recorrido una senda peligrosa. Una parte importante de la Iglesia ha ido asumiendo que existe una división entre lo que es sagrado y lo que es secular.

 

I.- SER TESTIGO DE LA VERDAD DE CRISTO EN EL LUGAR DE TRABAJO
Jaume Llenas

Debemos afirmar, por una parte, que el lugar de trabajo es un lugar privilegiado para ser una persona de buenas nuevas, como para transmitir verbalmente esas buenas nuevas con los que aún no se han identificado con ellas, y por otra parte, debemos también confesar que una parte importante del cristianismo no ha considerado el lugar de trabajo como un territorio de misión.

NUESTRA CONCEPCIÓN DE LA ESPIRITUALIDAD

Testigos de Jesús en el lugar de trabajo
Jaume Llenas: los trabajadores son la primera fuerza misionera. Durante años la evangelización se ha ejercido por “profesionales” y en el entorno físico del local de la Iglesia. La tarea quedará lejos de poderse realizar si no utilizamos la energía de todo el pueblo de Dios, esos ministros de la vida entera, y si no ocupamos el lugar en el que esos ministros pasan la mayor parte de su tiempo despiertos, el lugar de trabajo. Entrevista de Pedro Tarquis.&

Durante siglos la cristiandad ha recorrido una senda peligrosa. De alguna manera, una parte importante de la Iglesia ha ido asumiendo que existe una división entre lo que es sagrado y lo que es secular. Hay dos mundos, el de lo religioso, compuesto por todo aquello que ocurre en el ámbito físico del local donde se reúne la Iglesia, a lo más, de lo que ocurre en lo privado del hogar, en lo íntimo de nuestras conciencias, que le pertenece a Dios, es el mundo de lo religioso, esto es sagrado y es el ámbito al que debe de tender la vida del cristiano. Existe otro mundo, ajeno al cristiano, ajeno también a Dios, que es el mundo de lo profano. Este mundo está compuesto de aquellas áreas como el trabajo, la política, los negocios, el ocio, las artes, etc. de lo cual Dios no se preocupa y de las que un buen cristiano debería mantenerse alejado ya que no es su territorio propio.

Esta mentalidad ha causado un daño terrible en el interior de la Iglesia, pero aún ha creado un panorama más desolador en el exterior de ella. Ya que los cristianos, en lugar de influir como sal y luz en su entorno, se han encerrado en la vida interior de una Iglesia que vive para sí, en lugar de vivir para hacer realidad los objetivos del Reino de Dios.

La sociedad se ha quedado sin esperanza, no ha sido transformada, no puede ver ni escuchar las buenas noticias del Evangelio. Esta es la clara consecuencia de una Iglesia que ha perdido la perspectiva de que la Iglesia existe para la Misión. La Iglesia tiene sentido como la continuadora de la Misión de Jesucristo. Jesús dijo a sus apóstoles en el Evangelio de Juan que de la misma forma en la que Él había sido enviado al mundo, nosotros somos ahora enviados a ese mundo. Somos parte de una misma Misión, la Misión de Dios de rescate no acabó con Jesucristo, sino que siguió con la Iglesia, que tiene los mismos fines y la misma autoridad de Jesús para realizarla.


LA PÉRDIDA DEL LUGAR DE TRABAJO.
Con dicha concepción de la espiritualidad es normal que los cristianos abandonen la idea de que el trabajo es uno de los centros de influencia más importante. Si el lugar propio de un cristiano es la Iglesia, el lugar de trabajo le pertenece al mundo. La vocación cristiana sólo se refiere al llamamiento a ministros del Evangelio que dejan sus lugares de trabajo y se concentran en lo que ocurre en el ámbito alrededor del local de la Iglesia. La vocación laboral es una vocación de segunda clase, de inferior nivel, algo sólo para aquellos que no tienen una vocación al ministerio cristiano, ya que sólo lo que hace el pastor y los obreros pagados por la Iglesia se considerará ministerio.

Por lo tanto el trabajo es visto en sí como un mal necesario, como una simple forma de ganarse la vida. El trabajo pierde sentido en sí mismo. Deja de verse como parte del mandato cultural del Evangelio a transformar un mundo afectado por el pecado para que produzca cosas buenas para los seres humanos. A lo más, algunos trabajos han conservado cierta buena prensa por el aspecto de servicio que contienen, como el de los médicos, enfermeros, maestros, etc. Los trabajos más manuales se han considerado como parte de la maldición que supuestamente el trabajo es.

Debemos recuperar una visión bíblica del trabajo. Jesús proclamó que hasta el día de hoy Él trabaja y su Padre también trabaja. Dios se nos presenta en el capítulo 1 de Génesis como un Dios trabajador. Los seres humanos recibieron el mandato al trabajo antes de la caída y después del pecado no se convierte en una maldición, la maldición está en el modo de trabajar y en los resultados, pero el trabajo en sí sigue siendo la forma que Dios quiere usar para que los seres humanos podamos ejercer nuestra mayordomía sobre la tierra y la hagamos un lugar en el que sea posible vivir. El trabajo es una forma de convertirnos en colaboradores del Dios trabajador para sus propósitos en la tierra. El trabajo es ministerio, es servicio, a los otros seres humanos y todos los trabajos lícitos tienen un componente de servicio a los demás seres humanos y a Dios.

RECUPERAR EL LUGAR DE TRABAJO Y EL MINISTERIO DE LA VIDA COMPLETA.
El compromiso de Ciudad del Cabo nos hace un llamamiento a recuperar el sentido del trabajo como algo bueno en sí mismo, y como una gran oportunidad de mostrar el Evangelio en acción. El lugar de trabajo es un lugar especial para el testimonio de Jesucristo porque la mayoría de creyentes se ha ganado el derecho, con sus hechos, de hablar la Palabra de Dios a sus compañeros. De alguna manera han construido estructuras de credibilidad. La manera en la que han realizado sus trabajos, con una coherencia admirable, les ha abierto las puertas a que la proclamación del Evangelio sea creíble.

La tarea de la Iglesia debe ser la de capacitar a los santos para la obra del ministerio. Es decir, que debemos ocuparnos en dar herramientas y  ánimos para que esos ministros que cada lunes por la mañana enviamos a entrar en contacto significativo con la sociedad, tengan lo que necesitan para realizar su ministerio de la forma más efectiva. El trabajo es el entorno en el que los cristianos pasan más tiempo en contacto significativo con los no cristianos y es para ese entorno para el que deben estar convenientemente preparados.

Por ello, la enseñanza bíblica de la Iglesia debe estar suficientemente contextualizada para que los cristianos se sientan entrenados para ser agentes de transformación en ese entorno. Debe haber una tarea consciente de contextualización. La Biblia nos habla en muchas ocasiones de entornos laborales, que hemos espiritualizado en lugar de aplicado a las situaciones de los trabajadores. Los héroes de nuestras predicaciones suelen ser personas con trabajos pagados por la Iglesia y debemos retornar a convertir en héroes a los trabajadores que toman decisiones complejas en entornos complicados. Debemos aprender a orar no sólo por los ministerios del interior de la Iglesia, sino por los ministerios del exterior del local de la Iglesia.

Los trabajadores son nuestra primera fuerza misionera. Si durante años la evangelización se ha ejercido por “profesionales” y en el entorno físico del local de la Iglesia, el vecindario y el barrio donde está el local; la tarea quedará muy lejos de poderse realizar si no utilizamos la energía de todo el pueblo de Dios, esos ministros de la vida entera, y si no ocupamos el lugar en el que esos ministros pasan la mayor parte de su tiempo despiertos, el lugar de trabajo. De alguna manera todos esos ministros entran en la categoría de los “hacedores de tiendas”, como Pablo que durante períodos se sostenía a sí mismo con el trabajo de sus manos.

Esta estrategia no sólo es útil en el entorno de nuestros países occidentales, sino que es útil a lo largo de todas las situaciones cambiantes de nuestro planeta. Hoy en día los cristianos son el colectivo más perseguido a nivel mundial. Hay muchos lugares en los que no es posible el testimonio cristiano abierto y son nuestros profesionales la estrategia más sabia para alcanzar esos territorios. Sería interesante que las Iglesias y las organizaciones misioneras pensaran de una forma más activa en realizar la misión con esas herramientas que, tan sabiamente, nuestro Dios ha provisto. Es una estrategia tan sabia, que no precisa ni siquiera de una captación especial de fondos, ya que ellos mismos proveen su propio sostenimiento. Esto es algo que Dios está haciendo y está dotando con ello a la Iglesia para realizar su tarea.

Debemos redescubrir el papel de los profesionales en la tarea de la Misión.

 Este artículo se corresponde a la serie que en un blog bajo el nombre de «Lausana»analiza y aplica el documento«Para el mundo al que servimos: La llamada a la acción de Ciudad del Cabo» , elaborado en el tercer encuentro del Movimiento Lausana (realizado en 2010 en África del Sur, al que acudieron cuatro mil líderes evangélicos de todo el mundo, y que se celebra cada diez años aproximadamente).

Autores: Jaume Llenas Marín

©Protestante Digital 2013

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