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¿No ha llegado la hora de lanzar un replanteamiento radical del Papado a la luz de las Escrituras?
La dimisión del Papa Benedicto XVI en Febrero de 2013 ha abierto una nueva era.
La elección del Papa Francisco un mes más tarde dio a la Iglesia Católico Romana (ICAR) su nuevo líder, pero el anterior todavía vive. Desde el 2 de Mayo los dos Papas, el reinante y el emérito, han vivido hombro a hombro en el estado Vaticano a la sombra de la cúpula de Miguel Angel.
Los historiadores de mañana puede que consideren estos hechos como los acontecimientos de una línea divisoria en el desarrollo teológico e histórico del catolicismo. Se oyen voces críticas, aquí y allá, en los círculos conservadores que prevén el significado a largo plazo de esta innovación.
Los expertos en derecho canónico se mantienen firmes en que la ICAR todavía tiene un único Papa. Esto canónicamente es verdad, pero no es toda la verdad. He aquí algunas reflexiones provisionales.
UN PLAN DE JUBILACIÓN El modelo histórico de sustentar la institución única del Papado ha sido el de elegir un nuevo Papa cuando el último ha fallecido. Es verdad que el derecho canónico provee normas para que un Papa pueda jubilarse, pero esta provisión nunca se ha aplicado en la era moderna y se creó sólo para los casos excepcionales de una enfermedad repentina e irrecuperable.
No obstante, el caso de Benedicto XVI no se adapta a esta circunstancia extraordinaria, sino más bien a una disposición ordinaria de jubilación para un Papa envejecido. Aunque anciano y frágil, Ratzinger disfruta todavía de relativamente buena salud. Pasea, habla, escribe y no está gravemente discapacitado hasta el punto de no poder ser autónomo para moverse y cuidar de sí mismo.
Más sustancialmente, el papado era considerado un ministerio permanente, una “cruz” para llevar el resto de la vida, cuyos plazos coincidían con la elección (el comienzo) y la muerte (el final). El segundo plazo está ahora cuestionado y en un anexo, es decir, la dimisión que ha sido implantada. Benedicto introdujo un plan de jubilación, como si el Papado fuera igual que cualquier otro rol elegido. La excepcionalidad del Papado es ahora menos excepcional y más comparable con los demás cargos. El Papa se queda en menos de una figura “designada por decreto divino de una vez y para siempre” y en más de un oficial provisional de una institución religiosa escogido pro-tempore (por algún tiempo).
LA COHABITACIÓN La dimisión de Benedicto ha planteado nuevos problemas. ¿Cómo debe ser tratado un Papa retirado en función de sus títulos? ¿Cómo debe vestir? ¿Dónde debe vivir? ¿Qué perfil público debe tener, si tiene que tener alguno? Ratzinger eligió vivir en el Vaticano y se comprometió a mantener un perfil bajo, a no hablar y a no aparecer mucho en público. El alabado comienzo del papado de Francisco ha eclipsado el antiguo curso. Sin embargo, las preguntas permanecen. ¿Qué ocurrirá si un Papa jubilado empieza a expresar su opinión? ¿Y si interviene en los asuntos de la Iglesia? ¿Y si se convierte en el líder de un partido eclesiástico? Todo esto probablemente no será el caso con Benedicto, pero ahora que la puerta se ha abierto, ¿quién puede predecir las posibles consecuencias con los futuros Papas retirados?
El primer fruto de la cohabitación fue la reciente publicación de la encíclica Lumen Fidei (La Luz de la Fe). La firmó Francisco como su primera encíclica pero depende en gran medida de la obra de Benedicto XVI. Otras medidas serán tomadas, hasta cierto punto, en coautoría. Benedicto intentó introducir cambios en la maquinaria curial después de los escándalos administrativos, sexuales y financieros que socavarían la credibilidad de la institución. Lo cierto es que él habló acerca de estos temas con Francisco, con la esperanza de que iba a tomar medidas. Entretanto, Benedicto está en el corazón del Vaticano, atento y alerta a lo que su sucesor pueda llevar a cabo.
¿POR QUÉ UN SOLO PAPA? El hecho de haber dos Papas vivos al mismo tiempo tiene el potencial de aumentar las preguntas sobre la naturaleza divina del Papado. Por ejemplo, ¿provocará esto que se desencadene a largo plazo una revisión de la institución?
El Papado empezó como una estructura de liderazgo histórico tomando como modelo el patrón imperial romano. Los Papas empezaron a funcionar como emperadores religiosos a medida que los romanos empezaron a desvanecerse. Se le dio posteriormente un estatus dogmático hasta el punto de definirlo como un cargo de iure divino (según el derecho divino).
El Vaticano I (1870) divinizó el Papado haciendo al Papa “infalible” cuando ejercía su función docente. Ahora, la dimisión de Ratzinger lo “humaniza” demostrando que este cargo es como cualquier otra responsabilidad humana, o sea, temporal y sujeto a la debilidad humana. Por otra parte, la Iglesia Católico Romana tiene un Papa reinante y un Papa retirado viviendo uno al lado del otro. Entretanto, el Papa Francisco ha inaugurado un estilo que parece estar a años luz del modelo imperial de los últimos 1500 años.
El asunto definitivo, no obstante, no es el número de Papas ni el contraste entre un estilo regio y otro sobrio. La esperanza es que todo ello origine que muchos católicos reflexionen sobre la naturaleza del Papado más allá de las afirmaciones dogmáticas tradicionales y los argumentos apologéticos superficiales. ¿No ha llegado la hora de lanzar un replanteamiento radical del Papado a la luz de las Escrituras?





Hay más elementos importantes para la lectura de la imagen. La mano de la mujer nos dice que se trata de una mujer en plena y gloriosa madurez, casada. Una mujer trabajadora, indica esa mano abierta como dando gracias a Dios en las alturas por poder haber llegado hasta ahí sirviendo e implorando bendición para seguir activa echando una mano -nunca mejor dicho- en la dura faena de cada día en este valle de lágrimas… y bendiciones de lo Alto.
Todos son mujeres en esta foto, salvo dos. Uno, en el borde izquierdo de la foto, ahí tan discreto y anónimo en la imagen que le ven, de espaldas como todas, pues resulta que es el protagonista del acontecimiento en el marco del cual está tomada la foto. Es Jaime Fernández, archiconocido columnista de este medio, quien tuvo a su cargo la serie de conferencias en el
Otro hombre aparece en la foto: es Jesús Fernández, quien toca la guitarra en el grupo de alabanza de la Iglesia Bautista de Zaragoza, que tiene a su cargo parte musical y de alabanza del Retiro.
La presencia con cara y ojos en la foto corresponde a Rosita Dobato y Aurora Millán, las voces del grupo de alabanza. Más que mostrados, sus rostros aparecen sugeridos por obra y gracia del desenfoque selectivo de la foto, justo para resaltar el impacto visual del brazo de la mujer, protagonista absoluto de la imagen.
Dice también mucho la discreta mano apenas alzada sobre la altura del codo de esta mujer en la parte izquierda de la imagenque además de recordar al observador la discreción y el recogimiento propios de la oración personal, también ilustra indirectamente la sagrada costumbre de la liturgia judía que no permite alzar la mano por encima de la altura de los labios cuando el creyente habla con el Eterno.
No es insignificante el peso de esta ‘manita’ en el conjunto de la imagen, pues confiere ni más ni menos que el equilibrio estático de la imagen. Es el elemento definitivo, el que remata el discurso visual.
