Archivos para abril, 2011



DALLAS, Texas (AP) – El reverendo David Wilkerson, pastor fundador de la Iglesia Times Square en Nueva York y autor del best-seller, «La Cruz y el Puñal», ha muerto. Tenía 79 años.

Wilkerson murió ayer por la tarde en un accidente de coche en el este de Texas, Departamento de Seguridad Pública Tela Mange, portavoz dijo. Coche Wilkerson chocó de frente con en una plataforma de tractor-remolque después de virar hacia el tráfico en el oeste de EE.UU. 175 Cuney, al sureste de Dallas, dijo Mange.

Wilkerson fundó la no-denominacional protestante Iglesia de Times Square en 1987 en una zona de Manhattan que estaba entonces lleno de casas de película porno, clubes de striptease, la prostitución y las drogas. También fundó Teen Challenge, que utiliza un programa de recuperación basado en la Biblia para los adictos a las drogas.

En «La Cruz y el Puñal» Wilkerson escribió sobre sus primeros años en Nueva York la administración a los drogadictos y pandilleros. El libro 1963 se convirtió en un best-seller y fue convertida en una película protagonizada por Pat Boone.

Su familia confirmó su muerte en un comunicado publicado en el sitio web de World ministerios Wilkerson Desafío Inc., dijo que «iba a estar con Jesús.»

«Agradecemos sus oraciones y nuestros corazones están tristes, pero nos regocijamos en la alegría de conocer a David Wilkerson se pasó la vida así», dijo el comunicado.

Wilkerson no llevaba puesto el cinturón de seguridad en el momento del accidente, según el Departamento de Seguridad Pública de Texas. Su esposa, Gwendolyn, también estaba en el coche y llevaba un cinturón de seguridad, dijo Mange. Fue llevada a un hospital, donde ella se encontraba en condición estable con heridas y contusiones, dijo Mange.

Junto con su esposa, David Wilkerson le sobreviven cuatro hijos.

AP.


Isabel Longhi-Bracaglia | México DF

Actualizado miércoles 27/04/2011 17:23 hora

Cuando la edad debería llenarle la cabeza con estudios, diversión y planes de futuro, la realidad lo ha colocado entre los sicarios mexicanos con más crímenes confesados. Con sólo 20 años, uno de los sicarios detenidos por la matanza de Tamaulipas ha reconocido haber participado en ¡200! asesinatos.

¿Cómo es posible? Si apenas ha tenido tiempo… Porque como otros empezó su escalofriante carrera criminal siendo un niño. Como el famoso ‘niño sicario’, reclutado a los 11 años por la fuerza por el cártel del Pacífico Sur y detenido con 14 el pasado mes de diciembre.

De él no se sabe mucho más, salvo lo escrito que es lo relatado este miércoles por el portavoz de Seguridad Nacional, Alejandro Poiré, en su segunda comparecencia en dos días para informar sobre la matanza de Tamaulipas, que ya acumula 183 cadáveres desenterrados de 40 fosas.

El chico, detenido en la primera tanda de los 74 arrestos realizados hasta el momento por la matanza, no ha asumido todas las ejecuciones de las víctimas halladas en las últimas semanas. Sus ‘hazañas’ juveniles incluyen parte de esas ‘ejecuciones’ y algunas otras en otros estados del país.

Su caso no estremece solo por el volumen de crímenes que ha confesado, sino porque
refleja una realidad común en los cárteles del narcotráfico, que reclutan niños, que comienzan haciendo recados, trabajando como ‘halcones’ (informantes) o cobrando el dinero de los secuestros por ejemplo, y terminan con un fusil entre las manos en muy poco tiempo.

Uno de los casos más famosos y recientes ha sido el del «niño sicario» conocido como ‘El Ponchis’, de 14 años, detenido en diciembre. El muchacho relató que había sido reclutado por la fuerza a los 11 años por el Cártel Pacífico Sur (CPS) y que había asesinado y degollado a cuatro personas en su carrera.

A pesar de ello, la actual ley solo permitirá condenarle a tres años de prisión. Ésa es la razón por la que el crimen organizado utiliza a los menores de edad: sus penas son mucho más bajas que las aplicadas en casos de secuestro y asesinato a quienes ya han superado los 18 años.

La legislación actual, que data de 2007, señala que de 12 a 14 años los menores no pueden ser privados de su libertad y tendrán que recibir asistencia para una reeducación con el apoyo de sus padres y una institución oficial. De los 14 a los 16 impone una pena máxima de tres años de prisión, aún cuando los delitos sean graves, y de los 16 a un día antes de cumplir 18 años, la pena es de cinco años de cárcel como máximo.

http://www.elmundo.es

Sobrevolando la Catedral

Publicado: abril 27, 2011 en Fotografía

HEINZ-PETER BADER (REUTERS) | 27-04-2011

Un paracaidista del Ejército austriaco sobrevuela la catedral de San Stephen, en Viena, durante un ejercicio militar.


“Para él presidente Obama ir a la iglesia significa que él es cristiano. Para mí la definición de un cristiano es si hemos dado nuestra vida a Cristo como nuestro Señor y Salvador.” declaro Franklin Graham a la ABC-TV.Estados Unidos | Miércoles 27 de Abril, 2011 | Por Ronald Gonza

La Casa Blanca a través del portavoz Jay Carney, contraatacó esta semana al líder cristiano evangélico Franklin Graham, por sugerir en recientes declaraciones a la ABC, que el presidente Barack Obama, podría no haber nacido en los Estados Unidos.

Franklin Graham, hijo del líder evangélico Billy Graham – un asesor de largo plazo de los presidentes republicanos y demócratas de los EE-UU- dijo a la televisora ABC, que Obama “tuvo algunos problemas para hacer frente” a demostrar que él nació en Hawaii, haciéndose eco de las reclamaciones de el llamado “Birther”, movimiento que ha puesto en duda el nacimiento del actual presidente de los EE-UU en suelo americano.

“Yo nací en un hospital en Asheville, Carolina del Norte, y sé que mis archivos están ahí. Usted probablemente puede incluso ir a buscar lo que había en la habitación de mi madre, lo que estaba cuando yo nací. No sé por qué no se puede producir eso” (con el presidente Obama), dijo Graham, en declaraciones difundidas el domingo.

Por otra parte, también comentÓ sobre la genuina convicción cristiana del actual Presidente Obama.

“Ahora, él me ha dicho que es cristiano. Pero el debate se produce sobre lo que es un cristiano” dijo Graham, refiriéndose al presidente Obama.

“Para él, ir a la iglesia significa que él es cristiano. Para mí, la definición de un cristiano es si hemos dado nuestra vida a Cristo y lo seguimos en la fe y confiamos en él como nuestro Señor y Salvador”.

La Casa Blanca, que ha tenido que negar repetidamente afirmaciones falsas de que Obama, no nació en los Estados Unidos, rechazó los comentarios de Franklin Graham.

“Creo que es lamentable que un líder religioso, elija el domingo de Pascua para hacer acusaciones absurdas”, dijo a los periodistas el portavoz de la Casa Blanca, Jay Carney.

Sectores conservadores, sostienen que el Presidente Barack Obama, nació en Kenia en lugar de Hawai y por lo tanto no puede tener legalmente la presidencia.

Esta sería la segunda ocasión, en que Franklin Graham, incomoda con sus declaraciones al gobierno de los EE-UU. En mayo del año pasado, el Ejército estadounidense retiró la invitación a Graham, a participar en un día de oración por el Pentágono, luego de que este criticara al Islam, informó el departamento de defensa en un comunicado.

Franklin Graham, hijo del predicador estadounidense más famoso de la historia, Billy Graham, describió en ese momento al Islam como “diabólico” y como una “religión muy violenta”.

Graham, había sido invitado en esa oportunidad para participar en el día de oración por el Pentágono, previsto para el seis de mayo, una jornada religiosa en la que participan altos funcionarios del departamento de defensa de Estados Unidos.

NOTICIASCRISTIANAS.COM


Tras haber sido suspendida en dos ocasiones, ayer por fin se llevó a cabo la primera audiencia en la que fueron escuchados por el Juez Emilio Sánchez, ocho defensores de las fuentes de agua ubicadas en la Montaña de las Granadillas, Zacapa, quien, después de oír a las partes involucradas y evaluar las pruebas testimoniales y documentales presentadas por estas, los desligó del proceso y les absolvió de los delitos imputados por falta de evidencias.

Mayra Rodríguez
Ciudad de Guatemala, viernes, 15 de abril de 2011

Entre los ocho se encontraba un religioso luterano y una mujer. Habían sido acusados de detenciones ilegales, amenazas y alteración del orden público, por los hechos ocurridos el 26 de septiembre de 2010, en la aldea La Trementina, Zacapa, cuando finqueros dedicados a la explotación forestal destruyeron un par de postes que habían sido colocados por líderes comunitarios para impedir el paso de camiones cargados de madera procedente de la Montaña Las Granadillas.

Ello produjo que un centenar de personas se aglomerara y obligara a los finqueros a colocar de nuevo los postes, en presencia de guardias de la División de Protección de la Naturaleza y de la Policía Nacional Civil, hecho que motivó a los primeros a abrir un proceso penal, con el apoyo del Ministerio Público.

El Ministerio Público se constituyó en el ente acusador y solicitó ligar a la causa penal a los sindicados, presentando al juez declaraciones testimoniales y documentales de las personas agraviadas.

Cada uno de los sindicados fue escuchado e interrogado por separado, tanto por ese organismo como por el procurador de los querellantes y los abogados defensores.

Mientras tanto, se iban agregando documentos y pruebas que desvirtuaron la veracidad de los delitos que pesaban en su contra, y es que varios de los acusados no estuvieron en el lugar el día y a la hora de los hechos; tal el caso de José Pilar Álvarez, pastor de la Iglesia Luterana Guatemalteca, quien demostró que estuvo fuera del país del 23 al 27 de septiembre atendiendo una invitación de la Federación Luterana Mundial; Rubén de Jesús Aldana, que estuvo en una reunión comunitaria a 10 kilómetros de distancia del lugar de los hechos y Sergio Menéndez, el cual estaba en su lugar de trabajo, en la cabecera departamental de ese territorio.  Incluso, Glenda Antón, única mujer que figuraba entre los sindicados, estaba por dar a luz en la fecha señalada y llegó con su bebé en brazos.

“Ligar a proceso penal en este caso es una situación meramente aventurada, pues el Ministerio Público no individualizó la participación de cada imputado, no hizo inspecciones oculares, faltó abundar en pruebas testimoniales y tampoco verificó la autenticidad de las fotografías presentadas como medio de prueba”, afirmó el juez del Juzgado de Primera Instancia Penal, Delitos contra el Ambiente y Narcoactividad de Zacapa, quien, además, dijo que el hecho de que una persona participe en una iglesia o asociación como defensor de la naturaleza, no es motivo de delito.

“Con mucha alegría les informamos que el juez, luego de valorar todas las pruebas y acusaciones, concluye que por falta de méritos quedamos libres, no encontró elementos para ligarnos a ningún proceso; estamos felices porque la justicia prevaleció en este caso y la verdad salió a relucir, pues quienes nos estaban acusando lo hacían mediante pruebas falsas”, afirmó el pastor luterano Álvarez Cabrera, al salir de los tribunales.

“Agradecemos su apoyo, presencia y solidaridad, y Dios no nos abandona cuando defendemos causas humanas. Se ha demostrado una vez más que nos han acusado con pruebas falsas, y en esta ocasión felicitamos al juez, porque hizo ver al Ministerio Público sus fallas y porque no hace las investigaciones como debe ser, al punto de acusar a personas que ni estuvimos ahí”, expresó Rubén de Jesús Aldana, dirigente de la Asociación para la Protección de la Montaña Las Granadillas.

La audiencia corrió a eso de las 10:00 horas y finalizó alrededor de las 14:30.  Los ocho acusados, la mayoría campesinos dedicados a la agricultura, fueron acompañados por varias organizaciones nacionales e internacionales de derechos humanos, así como por gente de las comunidades, que desde muy temprano se reunieron en el Teatro al Aire Libre de Zacapa, donde oraron en un ambiente ecuménico, dirigidos por sacerdotes católicos y pastores evangélicos, para luego caminar hacia el juzgado correspondiente, donde permanecieron hasta escuchar la resolución pronunciada por el magistrado competente.

Los afectados agradecieron el acompañamiento y la solidaridad de quienes les han acompañado y apoyado en la lucha por proteger sus fuentes de agua, lucha que les ha acarreado amenazas de muerte y persecución penal, desde hace varios años, y que se generaliza en otros casos más en el territorio nacional, donde líderes campesinos y religiosos han sido criminalizados por oponerse a la explotación, sin restricciones, de sus bienes naturales y del medio ambiente.

http://alcnoticias.net


Juan Stam
«Estuve muerto,
pero ahora vivo por los siglos de los siglos,
y tengo las llaves de la muerte y del infierno»
(Ap 1.17)
La vida terrestre de Jesús comienza y termina con dos fenómenos sumamente humanos, bastante sorprendentes pero muy olvidados. Al inicio pasó nueve meses «internado» como feto en el vientre de su madre, hasta que a ella «se le cumplieron los meses» de su embarazo. Y hacia finales de su historia humana, fue «internado» en la madre tierra, como cualquier otro cadáver. Humanamente hablando, el «sábado santo» es el día en que Dios (el Hijo) estaba muerto. Ese día Jesús parecía ser un muerto más entre los cadáveres de Jerusalén.
El tiempo de los verbos de Apocalipsis 1:17 llaman la atención; desde nuestra experiencia humana tendríamos que decir que parecen estar equivocados. La experiencia humana, aparte de la fe, nos obligaría a decir, «Estuve vivo pero ahora estoy muerto por los siglos de los siglos». Pero la resurrección invirtió los tiempos verbales, y Cristo puede decir «estuve muerto» (tiempo pasado, una realidad superada) y «ahora vivo» (tiempo presente) «por los siglos de los siglos» (futuro sin fin).
¡Cristo es el muerto que por su muerte mató a la muerte para siempre!
Me permito agregar un pasaje de Profecía bíblica y la misión de la iglesia:
La Palabra de Dios nos manda estar preparados en todo momento para ofrecer una apología de nuestra esperanza y explicar su lógos a quienquiera nos lo pida (1 P. 3:15). ¿Cuál, pues, es el sentido y la lógica de la resurrección de Cristo y la nuestra? ¿Es sólo una exótica curiosidad al final de la historia o pertenece integralmente al sentido coherente de toda nuestra fe?

1) La resurrección de Cristo es el ancla firme de nuestra esperanza; significa que la esperanza cristiana tiene una sólida base histórica. Tenemos una esperanza bien fundada en un hecho ya demostrado: Jesús ha resucitado. Es importante recordar que la esperanza es una parte esencial de nuestra fe. Creer es esperar; si no espero, realmente no creo. Y esta esperanza, que es inseparable de nuestra fe, no está en el aire. Está firmemente fundada en un hecho que ya ocurrió, cuando Cristo resucitó..
Un filósofo contemporáneo que destacó el tema de la esperanza fue el marxista Ernst Bloch. Hace unas décadas un alumno suyo, Juergen Moltmann, planteó dos preguntas muy importantes ante la “filosofía de la esperanza” de su maestro. Si la muerte tiene la última palabra para cada ser humano, preguntó Moltmann, ¿con qué base podemos esperar? Y peor, si nuestro planeta mismo también espera su propia muerte cósmica,(1) entonces tanto a nivel personal como a nivel cósmico, pareciera que la esperanza no sería más que una fatua ilusión. La muerte parecería llevar toda la victoria, pues al fin estamos destinados a la muerte humana y la muerte cósmica.
Entonces Moltmann comenzó a pensar en la resurrección de Cristo como lógos de nuestra esperanza. Curiosamente, a la época estaba bastante popular la sensacional “teología de la muerte de Dios”. Moltmann respondió que efectivamente, Dios había muerto (Dios el Hijo, en la cruz), pero tambíen había resucitado y está sentado a la diestra del Padre. Ahora nuestra fe nos da una verdadera base para esperar. Frente a la muerte personal, nos asegura de nuestra resurrección en Cristo. Y frente a la muerte cósmica, nos anuncia nueva tierra y nuevos cielos.
Por eso, aun cuando no haya base visible ni calculable para seguir esperando, el cristiano (como Abraham; Rm 4:18) sigue esperando. No por las circunstancias, que comúnmente no alimentan ni fundamentan la más mínima esperanza. Pero Cristo ha resucitado, y nosotros resucitaremos. Después de la resurrección de Cristo, para el cristiano no debe de haber cómo desesperarse. A la luz de la resurrección, todo es posible.

Porque él vive, yo no temo el mañana,
Porque él vive, el temor se fue,
Porque yo sé que el futuro es suyo,
Y que vale la pena vivir,
Porque él vive en mí.

Creo que nuestros pueblos necesitan este mensaje, especialmente después de la “década perdida” de los 1980s, ahora en “la década peor” de los 1990s, y ante todas las incógnitas de la.postmodernidad. Tienen razón los que describen las últimas décadas como “el cementerio de las esperanzas”. Como los caminantes a Emaús, muchos que antes habían esperado, y luchado por sus ideales, ahora no esperan más. Muchos revolucionarios de ayer ahora están totalmente desilusinados y han abandonado los sueños de una utopía de justicia e igualdad. Pero los cristianos sabemos que Cristo resucitó, y seguiremos esperando, contra viento y marea.
2) La resurrección es una afirmación del valor del cuerpo. El cuerpo no es ni algo malo ni algo secundario o accidental. La corporalidad pertenece a lo más profundo de nuestro ser. Dios creó la carne y exclamó, “qué buena esta humanidad física, con cuerpo, que yo he creado, buena en gran manera”. Cristo se encarnó en carne como la nuestra, y sin pecado. Cristo murió en la carne, y resucitó en la carne y volverá en la carne. La resurrección nos enseña que sin el cuerpo estamos incompletos, no podemos ser plenamente nosotros. La carne no es de avergonizarse, sino de darle gracias a Dios.
La resurrección nos llama a ser humanos. Cristo resucitado era ricamente humano, y ahora a la diestra de Dios, sigue siendo humano (aunque por ahora no en forma visible, hasta su venida). La resurrección es una afirmación de lo humano, incluída nuestra realidad física. Es lindo como 1 Tm 2. dice “hay un sólo mediador entre Dios y los hombres y las mujeres, Jesucristo hombre.” A la diestra de Dios hay un ser humano, en cuerpo glorificado, que intercede por nosotros. Y volverá en cuerpo visible. Hay toda una teología del cuerpo, como hay toda una teología anticuerpo, gnóstica, maniquea, antihumana, que es de lo más antibíblico que puede haber, aunque a veces lo confundimos con espiritualidad.
3). La resurrección transformó para siempre el sentido de la muerte. Karl Rahner, en medio de un artículo denso y técnico sobre la muerte, nos sorprende con las siguentes palabras bellas:
La muerte oculta en sí misma todos los misterios del ser humano… [Es] el punto en que la persona se torna de la manera más radical problema para sí misma, y por cierto un problema que sólo Dios puede resolver. El cristianno conoce la muerte de un hombre como el suceso más fundamental de la historia.(2)
El acontecimiento más grande e importante de todos los siglos no fue una batalla victoriosa, ni una filosofía brillante, ni algún descubrimiento científico, sino una muerte…y muerte de cruz.
En otro diccionario teológico Alan Richardson, en su artículo sobre el mismo tema, señala que » ha ocurrido una muerte que transformó todo nuestro entender de ella»(3)  Cristo ha redefinido para siempre el significado de la palabra «muerte». Cristo vino “a destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, el diablo” (Hb 2.14). La muerte es ya un enemigo derrotado, un enemigo muerto (1 Co 15:55). Como dice un bello himno alemán., “Jesús, muerte de mi muerte; Jesús, vida de mi vida”.
¡Los cristianos sabemos de una muerte que cambió para siempre el sentido de la muerte! Veamos ahora cómo Cristo con su resurrección transformó la muerte. Hay cinco puntos importantes con respecto a esto:
a) Cristo transformó la muerte de fatalidad en libertad. Sin Cristo, la muerte es simplemente un destino que nadie puede escapar; sólo podemos resignarnos a ella. Pero en Cristo, somos libres para vivir y para morir. Jesus dijo, con soberana dignidad, “Yo pongo mi vida; nadie me la quita. Yo me la pongo, porque estoy al servicio de mi Padre” (Jn 10:17-21). En Cristo el morir es también un acto libre. Podemos pensar en mártires de nuestros tiempos como Martin Luther King y Oscar Arnulfo Romero, que asumieron conscientemente el morir por los demás. Para nosotros la muerte ya no es fatalidad; aun cuando sea dolorosa. La muerte se ha convertido en libertad.
b). Cristo tran sformó la muerte de futilidad en plenitud.. En muchas tumbas antiguas en Italia van estas siglas: NFFNSNC. Significaban en latín: “no fui, fui, no soy, qué me importa” (non fui, fui, non sum, non curo). La vida era un sinsentido, y la muerte el sinsentido final. Para nosotros, en Cristo, la muerte ya no es “vanidad de vanidades”, un “hoyo negro” en que caemos y desaparecemos. La muerte ahora es la coronación de la vida. Significa entrar en la plenitud de la vida eterna: “en tu presencia hay plenitud de gozo, delicias a tu diestra para siempre”.(Sal 16:11). En Cristo la futilidad se tornó plenitud. Ese sentido de la muerte como plena realización de la vida se expresa hermosamente en un poema del patriarca evangélico mexicano Gonzalo Baez Camargo:

Cuando me llames
Concédeme,Señor, cuando me llames
que la obra esté hecha:
la obra que es tu obra
y que me diste que yo hiciera.
Pero también, Señor, cuando me llames,
concédeme que todavía tenga
firme el paso, la vista despejada,
y puesta aun la mano en la mancera.
Yo sé muy bien que cuando al cabo falte
mi mano aquí, tu sabia providencia
otras manos dará, para que siga
sin detenerse nunca nuestra siembra.

c). De derrota en victoria: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?”, pregunta Pablo (1 Co 15:57). Según los padres antiguos, la cruz fue una especie de trampa en que cayó Satanás. Creía que si matara a Cristo, la victoria sería suya. Mató a Jesús en la cruz, pero el vencido fue él y no Jesús. Esos antiguos padres solían exclamar “Christus Victor! ¡Jesus es Vencedor!”(4)  Ya la muerte no es derrota para nosotros porque no fue derrota para Cristo.

A ti la gloria, ¡Oh nuestro Señor!
A ti la victoria, Gran libertador!
Te alzaste pujante, Lleno de poder,
Mas que el sol radiante Al amanecer.
Gozo, alegría, Reinen por doquier,
Porque Cristo hoy día Muestra su poder…
Angeles cantando Himnos al Señor
Vanle aclamando Como vencedor.
A ti la gloria, ¡Oh nuestro Señor!
A ti la victoria, Gran libertador!

d). De pérdida en ganancia. “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil 1:21).. Si de veras nuestro vivir es Cristo, el morir es más de lo mismo, estar más cerca de Cristo y conocerle mejor. Quien vive por el dinero lo pierde todo al morir. Quienes viven por la fama, o por el placer, nada llevarán consigo a la eternidad. Aun el intelectual que vive por el conocimiento, si no es conocer a Cristo, está dedicando su existencia a algo que al final de la jornada tendrá que perder. Pero si nuestra vida entera está concentrada en el conocimiento de Cristo, morir será algo así como pasar de la educación primaria a los estudios avanzados. En Cristo, morir es ganancia.
Naturalmente, la muerte de un ser querido es perdida para los que quedamos, y nos duele. No debemos engañarnos con un falso optimismo Hay que llorar en los funerales y exteriorizar el dolor humano que sentimos. Pero la muerte no es pérdida para el ser querido, sino estar con Cristo lo cual es mucho mejor:

Tesoro incomparable, Jesus amigo fiel,
Refugio del que huye del adversario cruel…
Sin tu influencia santa, la vida es un morir;
Gozar de tu presencia, esto sólo es vivir.

e). Finalmente, Cristo transforma la muerte de fin en principio. La muerte no es el acabóse sino el comenzóse, como diría Mafalda. Llama la atención que el fin de la misma Biblia resulta ser más bien un principio cualitativamente nuevo (Apoc 21:1s). Con Dios, las conclusiones son nuevos comienzos: “He aquí”, dice Dios nada menos que al final de toda la Biblia, “yo hago nuevas todas las cosas” (Apoc 21:5), como que el divino Creador nunca se cansará de renovar todo. Por eso también la muerte misma es un nuevo principio. Antiguamente los cristianos llamaban al día de muerte de un hermano o hermana sus “natalicios”; la muerte no es el fin sino el nacer a una nueva vida. Así Cristo ha transformado el sentido de la muerte.
Martín Lutero, en uno de sus últimos sermones, dijo: “El mundo me dice quue en medio de la vida, estoy muriendo; Dios me contesta, No, en medio de la muerte, vives”. Cuando el gran teólogo puritano John Owen se moría, dictaba una carta a su secretario: “Estoy en la tierra de los vivientes saliendo para la tierra de los muertos. No, más bien, de la tierra de los moribundos voy saliendo para la tierra de los vivientes».
En 1997 moría en Chicago el cardenal José Bernardin, un hombre muy querido, muy admirado y muy admirable. Hizo de su cáncer terminal un testimonio de fe, compartiendo todo por televisión y orando que su muerte, igual que su vida, glorificara a Dios. La noche que agonizaba, una multitud estaba fuera de su residencia. Los periodistas y el mundo entero esperaba la noticia, el cardenal ha muerto. Pero al fin salió el secretaroio del cardenal, hubo silencio, y sus palabras fueron éstas: “Hace diez minutos el hermano José comenzó una nueva vida.”
Dietrich Bonhoeffer, el último día de su vida terrestre, celebró la Santa Cena en el campo de concentración, predicando sobre Isaías 53. Al final de la celebración, un policía Gestapo de Adolfo Hitler llamó su nombre. Bonhoeffer sabía que lo llevaban para ahorcarlo. “Este es el fin”, fueron sus últimas palabras, “para mí el principio”. En Cristo, la muerte no es un fin sino un nuevo principio.
Notas:
(1) Ver más al respecto en el último capítulo de este libro, sobre el fin del mundo.
(2) Sacramentum Mundi 4:818.
(3) Theological Wordbook p.60.
(4) Ver Gustaf Aulen, Christus Victor (1931).

Sobre el autor: 
Juan Stam se nacionalizó costarricense como parte de un proceso de identificación con América Latina .  Es Dr. en Teología por la Universidad de Basilea.  Docente y escritor de libros, artículos y del Comentario Bíblico Iberoamericano del Apocalipsis de Editorial Kairós.

http://www.elblogdebernabe.com


The Trials of American Lutheranism

The torments that the two major American Lutheran churches have visited on themselves.

Robert Benne

The two largest Lutheran churches in America have now broken up: the Lutheran Church–Missouri Synod (LCMS) in the 1960s and 1970s after a brutal conflict between insurgent conservatives and complacent liberals, the Evangelical Lutheran Church of America (ELCA) in the last few years, as the predictable result of a flawed ecclesial foundation. While both stories are instructive in their own right, the striking thing about them is that they are compellingly connected. The refugees from the first conflict were instrumental in shaping the flawed foundation of the second. Further, those refugees from the LCMS aided those in the ELCA who were pushing it toward liberal Protestantism. So we are left with one Lutheran communion mired in unending conflict over biblical interpretation, and another merged fully into a declining, desiccated Protestant mainline.

The story of the old conflict, told well in James Burkee’s new book Power, Politics, and the Missouri Synod, is a dark tale about something that really did not have to happen. It is the story of the overthrow of a moderate but unwary president, Oliver Harms, and his associates by a highly organized and mean-spirited group of conservative (reactionary is probably a better word) insurgents. They drew on the unease and suspicion sown over many years by a renegade pastor, Herman Otten, who, ever resentful at being refused certification for ordination, conducted a relentless vilification of LCMS leaders and professors with his newspaper Lutheran News, which later became Christian News.

In some ways the takeover of headquarters was merely an instrument for getting at the leadership and faculty of Concordia Seminary at St. Louis, which the insurgents rightly suspected of moving beyond its conservative constituency in biblical interpretation, theology, and cultural and political attitudes. Charges were brought in the early 1970s against the seminary’s president, John Tietjen, and he and the faculty adamantly refused to accept any of the face-saving deals offered by the insurgents. As the noose on them tightened, they staged an exodus in 1973 from the campus of the seminary and formed the Seminary in Exile (Seminex). The church around them fractured, but few congregations—only around 270 of some 6000—followed them out of the Missouri Synod into the new Association of Evangelical Lutheran Churches (AELC).

As Burkee describes it, the insurgent war on the liberals (they called themselves moderates) was unrelenting, fierce, and remorseless. Participants in the current conflict in the ELCA are playing by the Marquis of Queensbury’s rules compared to the bare-knuckle brutality of Missouri’s Great Unhappiness. Burkee demonstrates that conservatives in the LCMS were deeply affected and motivated by the political and cultural upheaval of the sixties. They seemed driven as much by conservative political and cultural commitments as by theological concerns, though they were sorely provoked by the rambunctious Richard John Neuhaus and a bevy of fellow rebels who in many cases fused their religious commitments with their left-wing politics.

But a concern for biblical and theological liberalism did underlay the simmering discontent many Missourians had for years with Concordia Seminary. Some of the faculty indeed promoted gospel reductionism (the teaching that justification is the only doctrine that finally matters) as well as an understanding of Scripture strongly influenced by historical-critical assumptions.

On the other hand, the liberals were both arrogant and strategically inept. They were arrogant in the sense that they thought they could get away with their biblical, theological, and cultural liberalism without offending a much more conservative constituency and in the sense that their leaders would not give an inch before the charges of the conservatives. At one poignant moment, the leader of the insurgents, J. A. O. Preus, would have stopped the attacks if Tiejten would have made a small apology for the faculty’s errors. But that was not to be. The liberals were also strategically clueless, swept up in the romantic allure of exodus, when they might have better employed the gritty tactic of making Preus come after them one by one. After about three public trials—and the attendant blood spilled and momentum lost—the conservatives would likely have tired of continuing the attack.

The conflict ended more than three decades ago with a conservative victory, but it seems as if Missouri has been unable to rid itself of ongoing infighting. Heresy charges and trials simply for bringing up borderline issues—women teaching theology in Missouri universities, for example—persist. Added to such continuing strife is the “Brief Statement” of 1932 (a Missouri clarification of its stand on matters of biblical interpretation), reiterated in the mid-seventies, which seems to elevate quasi-fundamentalist and anti-evolutionary planks to confessional status and can be used to quash any attempt at biblical or theological creativity. Women’s ordination and closed communion also persist as divisive issues.

Neither the relatively small number of Missouri Synod churches that formed the AELC nor its seminary Seminex were strong enough to survive for long independently. The new church quickly joined the merger conversations in the 1980s between the American Lutheran Church (ALC) and the Lutheran Church in America (LCA). Thus, the liberal refugees from the Missouri Synod became key players in the formation of the new Evangelical Lutheran Church in America in 1988. In addition to the Seminex faculty, the ex-Missourians provided several revisionist pastors and bishops, one of whom, Stephen Bouman, may be the ELCA’s next presiding bishop. Though they were in the minority, they brought a battle-hardened, coordinated contingent that saw no enemies to the left, only to the right. They had had enough of authoritarian conservatism and joined the liberals of the ALC and LCA to make sure that conservatism would never play a dominant role in the new ELCA.

Both the ALC and the LCA were already slipping toward liberal Protestantism before the new church was planned. The hermeneutic of suspicion was already being applied within those churches to the inherited tradition. The informal magisterium that had been carried by their leading theologians, which had kept the churches orthodox, was already in trouble by the time merger talk began.

Still the best source for this story of how the liberals prevailed in their attempt to make a “new” Lutheran church is The Anatomy of a Merger (1991), whose author, Edgar Trexler, was at the time editor of the LCA’s denominational magazine, The Lutheran, and in that role attended nearly every meeting of the groups that planned the ELCA. What was distinctively “new” in the new church was its commitment to “inclusiveness.” As one observer put it, inclusiveness was the “god term” of the proceedings, “the expression about which all other expressions are ranked as subordinate.”

The practical instrument of inclusiveness was the imposition of quotas for every committee, task force, assembly, and bureaucracy in the new church. Each of these had to be 60 percent lay, 40 percent clergy, 50 percent women, and 10 percent either people of color or people whose first language was other than English (although German, Hungarian, Slovak, and other languages spoken by ethnic Lutherans didn’t count). The veteran leaders of the ALC and LCA opposed the quotas, but the liberals had their way. Quotas over-represented interest groups—feminists, multiculturalists, black liberationists—and under-represented the traditional leaders from the merging churches, experienced white male pastors, and especially theologians.

The planners did not stop with imposing quotas. They planned a structure that insured that theologians and bishops, who were then almost exclusively white males, would have little real theological authority in the church, that evangelism would be a second- or third-order concern, that a quota-driven national assembly that was 60 percent laypeople would vote on church doctrine, that there would be no opportunity for synods and congregations to rescind those votes, and that a liberal central bureaucracy would have its own way over time.

The new ELCA was significantly defined by a coalition of sixties radicals, and in fact the shaping of the ELCA parallels the reform of the Democratic Party. Jesse Jackson and George McGovern and their followers, using a quota system, moved the Democratic Party to the left not only of the country but of its own membership. It took the Democratic Party twenty years to move enough to the center to begin to win presidential elections again. In democratic politics, however, the citizens can throw the rascals out. But such was not—and is not—possible in the ELCA. Once the new DNA of the ELCA was set, clergy and laity in the church could do little to challenge the bureaucracy. They could slow down its progress but not alter it or change the direction of their church.

The “march through the institutions” radiated from Chicago—the new headquarters of the ELCA—to many synods, agencies, colleges, and seminaries. The church’s seminaries, for example, took in professors from Seminex, which closed at the beginning of the merger talks. (It had lasted for less than ten years.) The Lutheran School of Theology at Chicago (LSTC) took in eleven Seminex faculty, who then altered dramatically the character of the seminary. Much later, the LSTC faculty voted unanimously to support the revisionist sexuality policies that were proposed and accepted at the 2009 ELCA Churchwide Assembly. (That Assembly approved the blessing and ordination of partnered homosexual couples as well as a social statement on sexuality that backed away from many classical Christian teachings on sexual ethics.) The LSTC was not the only seminary affected strongly by the refugees. Indeed, by my counting not one of the former Seminex faculty wound up on the side of the traditionalists in the run-up to the Churchwide Assembly of 2009.

Many faithful and competent orthodox pastors and laity have enriched the ELCA after their migration from the LCMS, but the question remains why those from Seminex and the AELC who have taken leadership positions in the seminaries, colleges, bureaucracies, and synods of the ELCA have bent toward the revisionist side. Was it because their former tormentors had been on the right and they could not, or would not, recognize any danger from the left? Or was it because they were, as the conservative insurgents of the LCMS had charged, liberals from the very beginning and have found a most hospitable place in the ELCA?

Whatever the case, from the beginnings of the ELCA that leadership of former Missourians has been instrumental in pushing the ELCA in the revisionist direction. They and the others who created the new church did all they needed to do to insure that liberal Protestantism was the ELCA’s destination.

While the battles within the LCMS and the ELCA did not change American Christianity much (Lutherans after all are a small and declining tradition, both absolutely and as a percentage of the population), they certainly changed American Lutheranism. The first battle blew apart what had been a strong church, which has never recovered its unity, vitality, or its place in American religious life, and provided an important impetus for the breakup of another.

And the breakups continue. Two new churches and at least one new seminary have emerged from the ELCA. Lutheran Congregations in Mission for Christ (LCMC) is a fairly loose association of about five hundred congregations with little central organization or direction. The North American Lutheran Church, founded only six months ago, expects its membership to reach more than two hundred churches by its first year anniversary. It possesses a much more traditional structure. Both are served by a new seminary—the Institute of Lutheran Theology—which offers mainly online courses taught by orthodox Lutheran professors. Both churches emphasize evangelism. Both churches also accept—after careful examination—students from other seminaries who want to join them as well as pastors who are leaving the ELCA.

Another association, not a church, is the Lutheran Coalition for Renewal (CORE). It provides a meeting ground for orthodox Lutherans who remain in the ELCA and the LCMS as well as for those who have migrated to the new churches. It provides a number of services for the new churches and holds an annual theological conference that attempts to provide a vision of Lutheranism at its best.

How this will all sift out is known only to God, but these dissenting Lutherans believe that it is important to provide an institutional home for the Lutheran insights that aim at reforming the church catholic. There is still plenty of need to remind Christendom of the radical nature of God’s grace in Christ; of the distinction between Law and Gospel as marking the two ways that God reigns in the world; of the perennial condition of the Christian in this life as both saint and sinner; and of the special vocation of the laity.

These Lutheran perspectives retain crucial importance as distinctive insights into the Great Tradition. They of course are not the whole and should not be taken for the whole. But they do provide flashes of illumination and insight for the one, holy, catholic, and apostolic Church. That is justification enough for their preservation.

Robert Benne is director of the Center on Religion and Society at Roanoke College


Why Conservative Churches Are Growing

Evangelical Church Mekane Yesus ( Ethiopian church)

By R. Albert Mohler, Jr.|Christian Post Guest Columnist

By the late 1960s, liberal Protestants began asking a rather difficult question. Why were the conservative churches growing? In retrospect, one aspect of the liberal Protestant crisis was reflected in that very question. The mainline Protestant denominations would have been better served by asking why their own churches were declining.

Commissioned by the National Council of Churches, researcher Dean M. Kelley set out to find out why conservative churches were growing, even as the more liberal churches were declining. In his 1972 book, Why Conservative Churches are Growing: A Study in Sociology of Religion, Kelley argued that evangelical churches grow precisely because they do what the more liberal congregations and denominations intentionally reject – they make serious demands of believers in terms of doctrine and behavior.

“Amid the current neglect and hostility toward organized religion in general,” Kelley noted, “the conservative churches, holding to seemingly outmoded theology and making strict demands on their members, have equalled or surpassed in growth the early percentage increases of the nation’s population.”

With amazing insight and candor, Kelley spoke for mainline Protestantism when he noted that it had been generally assumed that churches, “if they want to succeed, will be reasonable, rational, courteous, responsible, restrained, and receptive to outside criticism.” These churches would be highly concerned with preserving “a good image in the world” – and that meant especially within the world of the cultural elites. These churches, intending to grow, would be “democratic and gentle in their internal affairs” – as the larger world defines those qualities. These churches will intend to be cooperative with other religious groups in order to meet common goals, and thus “will not let dogmatism, judgmental moralism, or obsessions with cultic purity stand in the way of such cooperation and service.”

Then, Kelley dropped his bomb: “These expectations are a recipe for the failure of the religious enterprise, and arise from a mistaken view of what success in religion is and how it should be fostered and measured.”

Kelley then presented his considerable wealth of research and reflection on the phenomenon of conservative growth and liberal decline. “Strong” religious movements make demands of their members in terms of both belief and behavior. These churches demand adherence to highly defined doctrines that are to be received, believed, and taught without compromise. They also understand themselves to be separate from the larger secular culture, and the requirements of membership in the church define a distance from secular beliefs and behaviors.

The liberal churches are, by their own decision, opposed to these very principles. The mainline Protestant churches desired to be taken seriously and respected by the intellectual elites. They wanted the benefits of cultural acceptance and esteem. They lowered doctrinal and behavioral requirements and made membership more a matter of personal preference than of theological conviction.

Kelley concluded: “To the person who is concerned about the future of the ecumenical churches, this theory can offer little encouragement. The mainline denominations will continue to exist on a diminishing scale for decades, perhaps for centuries, and will continue to supply some people with a dilute and undemanding form of meaning, which may be all they want.”

In a recent column in The New York Times, David Brooks raised similar issues, this time in the context of a review of “The Book of Mormon,” a popular production on Broadway. In Brooks’ view, the show “ridicules Mormonism but not the Mormons, who are loopy but ultimately admirable.”

In the course of his column, Brooks made this observation:

Many religious doctrines are rigid and out of touch. But religion itself can do enormous good as long as people take religious teaching metaphorically and not literally; as long as people understand that all religions ultimately preach love and service underneath their superficial particulars; as long as people practice their faiths open-mindedly and are tolerant of different beliefs.

Hang in there – David Brooks is headed somewhere with this argument. He noted that many Americans “have always admired the style of belief that is spiritual but not doctrinal, pluralistic and not exclusive, which offers tools for serving the greater good but is not marred by intolerant theological judgments.”

And he is right, of course. This is an eloquent description of the religious disposition so well documented by Dean Kelley almost 40 years ago. This describes the mainline Protestant aspiration – to be seen as serving the public good without the taint of theological judgment.

But then Brooks dropped a bombshell of his own:

The only problem with “The Book of Mormon” (you realize when thinking about it later) is that its theme is not quite true. Vague, uplifting, nondoctrinal religiosity doesn’t actually last. The religions that grow, succor and motivate people to perform heroic acts of service are usually theologically rigorous, arduous in practice and definite in their convictions about what is True and False.

Further: “The religions that thrive have exactly what “The Book of Mormon” ridicules: communal theologies, doctrines and codes of conduct rooted in claims of absolute truth.”

Note that Brooks defined the “strong” profile of belief with terms such as “rigorous,” “arduous,” and “definite.” With considerable insight, Brooks informed his readers that rigorous theology “provides believers with a map of reality,” “allows believers to examine the world intellectually as well as emotionally,” “helps people avoid mindless conformity,” and “delves into mysteries in ways that are beyond most of us.”

Meanwhile, arduous codes of behavior and conduct “allow people to build their character.” Brooks explains that “regular acts of discipline can lay the foundation for extraordinary acts of self-control when it counts the most.”

Brooks concludes with a look at Africa, where conservative Protestantism is thriving. The Broadway show portrays the Africans accepting the liberal form of belief that would comfort the cultured antagonists of religion. Brooks knows that it is not so:

I was once in an AIDS-ravaged village in southern Africa. The vague humanism of the outside do-gooders didn’t do much to get people to alter their risky behavior. The blunt theological talk of the church ladies – right and wrong, salvation and damnation – seemed to have a better effect.

In the span of just a few paragraphs, David Brooks made the same argument that Dean M. Kelley made in his book-length report on research nearly four decades ago.

There is a wealth of insight in both analyses. In the present context, evangelical Christians face many of the same questions asked by the liberal Protestant denominations in the 1960s and beyond. The main question is always deeply theological: Do we really believe that the message of the Gospel is the only message that offers salvation?

At this point, the limits of sociological research become clear. A sociological analysis can distinguish between stronger and weaker forms of faith and belief and can measure qualities such as rigor, ardor, and definiteness. Sociology can trace developments and offer research-based predictions about the future.

What sociology cannot do is deal with the most important question of all – the truth question. That is where Mormons and evangelical Christians part company. Orthodox Jews, Jesuits, and Jehovah’s Witnesses all fall on the “strong” side of the sociological divide in their own way, but each has a completely distinct worldview based upon very different understandings of the truth. Mormons and Methodists have very different theologies, to say the least, but it takes a theologically informed Mormon and Methodist to know the difference.

Dean M. Kelley and David Brooks, each writing for a very different audience, have much to say to evangelical Christians. But, in the end, sociology can get us only so far and no further. The rigor, ardor, and energies of evangelical churches must not be held merely in a desire to hold to a form of religion that will grow, but in a biblical commitment to hold fast to the truth of the Gospel and to share that saving truth with the whole world.

We are left with what David Brooks described as the “blunt theological talk of the church ladies” in that African village – “right and wrong, salvation and damnation.” Such is the Kingdom.

CHRISTIANPOST.COM


Maltratados y condenados a trabajos forzados

Corea del Norte tiene más de 50 mil cristianos presos

La libertad religiosa en Corea del Norte se niega, por definición, como concepto que pueda existir.

26 de abril de 2011, GINEBRA

La  grave situación de los derechos fundamentales en Corea del Norte  se ve confirmada por Marzuki Darusman, el nuevo Observador especial de la ONU para los Derechos Humanos en aquel país.

La represión por ideología es alta, intolerante de formas de culto y formas distintas de pensamiento. El reciente informe presentado por Darusman al Consejo de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos de Ginebra, explica que  el sistema judicial carece de independencia del régimen.

 Además del poder judicial de los tribunales ordinarios, existe en el país un “sistema de justicia paralelo” que no respeta ninguna de las garantías procesales de los acusados, y que sirve para ejercer un mayor control sobre los ciudadanos.

El “sistema de justicia paralelo” – explica el informe- regula el comportamiento de los ciudadanos por medio de sistemas y organismos sin leyes que obedecen a ideales del gobierno coreano: Ley de Control de Seguridad Nacional, Comité de juicio de los compañeros, Proceso popular comité para guiar la vida en la legalidad socialista y El Comité de Seguridad para el proceso de castigar a los ciudadanos de Corea del Norte.

 SITUACIÓN DE LOS CRISTIANOS
Todos los ciudadanos coreanos o extranjeros que caen en las sentencias de estos procesos, son enviados a campos de concentración donde los detenidos son sometidos regularmente a torturas y tratos crueles e inhumanos.  Los disidentes políticos y sus familias, a menudo detenidos de por vida, sufren el hambre y los trabajos forzosos. Entre ellos se encuentran los prisioneros por conciencia y por religión y, según “Open Doors”, hay más de 50 mil cristianos. 

 A pesar de la difícil situación, se estima que los cristianos en Corea son actualmente alrededor de 400 mil (el 2% de la población)  que, en secreto, mantienen su fe, algunos con temor de represión y encarcelamiento.

 CENTROS DE DETENCIÓN
Entre los centros de detención más conocidos están: el “Gwanliso” (campo de trabajo para los presos de conciencia); el “Gyohwaso” (campo de trabajo para presos de larga duración); el “Jipgyulso” (prisión simple); el rodongdanryundae” (cárcel de trabajo).

Según los testimonios de personas que han huido del país,  el régimen continúa una intensa propaganda anti-religiosa y establece que el “Juche”, la ideología oficial del Estado, es el único sistema de pensamiento y creencia permitido en Corea del Norte.

Autores: Verónica Rossato

Fuentes: Open Doors

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