Archivos para marzo 18, 2011


Juan Simarro fernández
Retazos del evangelio a los pobres (XI)
“A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros…” Texto completo: Lucas 18:9-14.
Confiar en uno mismo como justo y despreciar a los otros, va en contra de los valores del Reino. Menospreciar no es solamente hablar mal contra el prójimo, decirle cosas que perjudiquen su honor, insultar o decir cualquier tipo de palabras vejatorias. Menospreciar puede ser simplemente no apreciar, pasar de largo, no tener en cuenta, considerar a una parte de la humanidad como un sobrante humano o dar la espalda a los gritos de dolos de los pobres y sufrientes del mundo. Menospreciar es un contravalor en relación con los valores del Evangelio a los pobres.Jesús apreció a los pobres ante el menosprecio, los valoró ante la infravaloración de la que eran objeto, trastocó todos los valores para dar un giro de ciento ochenta grados y poner a los pobres, los débiles y últimos en los primeros lugares en donde fuera imposible pasar de largo de ellos. La Parábola del Fariseo y el Publicano, está preñada de los valores del Evangelio a los pobres. Marca una de las rutas centrales de este Evangelio.El Evangelio a los pobres delata a los religiosos insolidarios y les condena. El contexto en el que se da la Parábola es en el ambiente del mismo templo. Es un contexto de oración, aunque nos deja claro que no todos los que están en un contexto de oración orando están en comunión con Dios. Un fariseo que despreciaba a los sufrientes y tachados de pecadores, que menospreciaba al prójimo, oraba junto a un, para él, despreciable publicano. La Parábola nos muestra que su ritual de oración no es acogido por Dios. Ese religioso que busca el templo y el ritual de oración, ese cumplidor religioso, no sale justificado. Practicaba un ritual alejado de las líneas y parámetros del Evangelio a los pobres.

Y es que para que el ritual o culto sea acepto a Dios, no es suficiente con el hecho de buscar el templo como mediación, no es suficiente con buscar la iglesia para relacionarse con Dios. Hay otra variable, otra mediación con la que hay que contar. Y es que en la relación del hombre con Dios, la relación necesaria, imprescindible, no es el templo, sino el hombre, el prójimo, fundamentalmente el prójimo en necesidad, el prójimo tirado al lado del camino, el prójimo sufriente, el prójimo empobrecido y robado de dignidad.

El que sólo piensa en el templo como mediación única para la relación con Dios, está alejándose de las líneas del Evangelio, del Evangelio a los pobres… aunque Dios no necesita de ninguna mediación, pero sí rechaza a aquellos que se quieren relacionar con Dios cuando no están buscando justicia, ni ejerciendo misericordia, cuando ve al hermano desnudo o hambriento, y no le cubre ni le da de comer. Basta con leer a los profetas y los Evangelios.

Esta era la situación del fariseo, que quería orar a Dios mientras menospreciaba al hermano, al publicano que estaba allí buscando a un Dios que fuera propicio con él, pecador. Hay una condición imprescindible y necesaria para que Dios escuche nuestro ritual: hacer justicia al prójimo y tener misericordia de él. Leamos, entre muchos otros, Isaías 1, Isaías 58 y escuchemos las palabras de Jesús. Al fariseo le faltaba un requisito importante para poder reconciliarse con Dios: la reconciliación con el prójimo.

Es por eso que los religiosos, llámense cristianos o no, que menosprecian y dan la espalda al pobre, al sufriente, al proscrito, marginado o excluido, por muy altos que suenen sus “amenes” o“ayes”, nunca éstos subirán por encima del techo de los templos en los que oran o adoran. No están reconciliados con el hermano. Ni siquiera deberían haber entrado al templo. Para ellos deberían sonar fuertes las palabras de Jesús: “Reconcíliate primero con tu hermano” y, luego, después, ve al templo a orar.

Es por eso que es tan importante entrar por las líneas de projimidad que nos marca el Evangelio a los pobres si queremos que nuestras plegarias, alabanzas o adoración no queden en palabras vanas que no llegan al trono del Dios Altísimo. Si buscamos el templo, si buscamos a Dios en oración, si buscamos cualquier ritual y permanecemos de espaldas al grito de dolor de los pobres y sufrientes del mundo, todo queda en vanidad de vanidades. Dios no escucha, Dios no aprueba nuestras peticiones, Dios no responde… se da el silencio de Dios.

Si falla el concepto y la práctica de la projimidad, si no nos ponemos a disposición del prójimo usando nuestros medios y bienes como hizo el buen samaritano, son inútiles nuestras plegarias… Estamos de espaldas al Evangelio a los pobres.

Hoy todavía hay muchos que pueden estar en la situación que denunciaban los profetas impulsados por Dios mismo. Muchos en situación farisaica: Buscan a Dios, quieren alabarle y orar a Él, rendirle culto, pero no les importa la injusticia o no les preocupa coquetear con la injusticia en el mundo, un mundo que oprime, margina y empobrece a tantas personas. La injusticia en nuestro mundo y en nuestro momento. Dios nos enseña que intentar orar a Dios o rendirle culto en esta situación es imposible… No saldremos justificados, como le ocurrió al fariseo de la Parábola. Confiaban en sí mismos como justos y menospreciaban a su prójimo sufriente, pasaban de largo, omitían la ayuda… se cerraban las puertas del cielo. “No me traigáis más vana ofrenda”, dirá el Señor.

Señor, ayúdanos a ser personas en línea con los compromisos de tu Evangelio… aunque lleguemos a ti rotos, con nuestra armadura destrozada en la defensa y en la práctica de la justicia y de los valores del Reino. No nos des acomodo en este mundo si esto va a ser un obstáculo para seguir los valores del Evangelio a los pobres. Acoge nuestros ruegos y no seas sordo a nuestro clamor, Dios de justicia.


Autores: Juan Simarro

© Protestante Digital 2011

La Gracia de Valor de ley

Publicado: marzo 18, 2011 en Cine

José de Segovia Barrón

La Gracia de Valor de ley

La gran derrotada de los Oscar –tras diez candidaturas–, Valor de ley, es una excelente película de un género casi olvidado, el western.

15 de marzo de 2011

El film de los hermanos Coen comienza con una cita de Proverbios –“Huye el impío sin que nadie lo persiga” (28:1) –, mientras de fondo suena el primero de muchos himnos evangélicos, que acompañan este oscuro viaje al corazón de las tinieblas.Nos guía la voz de una niña, que escucha el clamor de la sangre de su padre en un mundo cruel, donde “nada es realmente gratis, excepto la gracia de Dios”. 

Pocos directores tienen hoy tal pasión por el cine como estos directores judíos. Toda su obra es un homenaje al séptimo arte. Desde sus inicios en el cine negro, han recorrido diversos géneros, pero nunca se habían enfrentado al más específicamente cinematográfico: el western. Este mundo crepuscular de finales de los años sesenta, es recuperado en esta película con un respeto hasta ahora desconocido en la carrera de Joel y Ethan Coen. Su habitual ironía y continuo recurso al pastiche –como mecanismo de defensa, al estilo Tarantino–, dan lugar aquí a una obra sorprendentemente clásica, que no es extraño que algunos califiquen de operación comercial.

Los Coen no han hecho propiamente un remake de la película de 1969 protagonizada por John Wayne y el cantante Glen Campbell, sino que se han ido a la novela original de Charles Portis(publicada ahora en Debolsillo, pero escrita un año antes que el film de Hathaway). La historia sigue con el libro la evocación adulta que hace una mujer piadosa –Mattie Ross–, que recuerda su paso de la inocencia a la madurez, adentrándose en una noche oscura que la enfrenta al poder del mal. Su visión del cadáver del padre y la ejecución de unos proscritos le enfrenta a un mundo fúnebre, donde la muerte es una realidad cotidiana.

UN REINO DE SOMBRAS
Aunque Mattie lleva todavía trenzas, muestra la resolución de una adulta. La increíble historia de esta jovencita en un Oeste bruto y masculino se presenta tan poco idealizada que conocemos al supuesto héroe dentro de una letrina. La determinación de Mattie la protege en este entorno hostil, donde un aventajado pistolero se resiste a ocupar el lugar de su padre muerto. Tuerto, gordo y mal hablado, el personaje que interpreta Jeff Bridges –Rooster Cogburn–, es contratado para buscar al asesino, acompañando por esta adolescente en su incursión por territorio indio.

Esta chica huérfana emprende su viaje mirando de frente a la muerte: el ataúd de su padre; los ahorcamientos en la calle;los cadáveres junto a los que pasa la noche en la morgue; los disparos a bocajarro dentro de la cabaña; los muertos apilados a la puerta; el hombre colgado de un árbol; el disparo de la niña contra el asesino de su padre; la mordedura de la serpiente; los muertos que van dejando atrás, mientras cabalga con Rooster; el caballo rematado; y la tumba del final. Todo un Oeste sombrío y mortuorio, donde “el tiempo simplemente se nos escapa”, como dice ella al final.

La película de los Coen no es una simple historia de venganza –como suele ser habitual en elwestern–, ni un relato sobre un viejo sheriff borracho –como en su versión crepuscular–, sinoun acercamiento al misterio de la iniciación a la vida, el paso de la infancia a la adolescencia entre los fantasmas de un reino de sombras. Narra el tránsito por el lado oscuro de una frontera, que nos conduce a parajes tenebrosos, adentrándonos en el abismo del mal, donde la inocencia entra en contacto con las tinieblas.

EL EVANGELIO SEGÚN EL WESTERN
Si el anterior trabajo de los Coen, Un tipo serio (2009), era “su película más judía” –según dijo Ethan en el festival de Berlin–, ésta cree que es “la más presbiteriana”. La cinta está llena de referencias a la tradición protestante. Hace incluso algunos chistes prácticamente incomprensibles para aquel que no está habituado más que a la religión católica.Cuando los protagonistas están rodeando una cabaña, gritan: ¿quién está ahí? La respuesta no puede ser más pintoresca: “¡Un metodista y un hijo de perra!”. Ya que uno de los dos ladrones de caballos es el hermano de un predicador del circuito metodista de Austin – ¿cuántos evangélicos incluso, sabrán hoy lo que es eso? –, que es disparado a continuación.

La moral americana que refleja el western parece seguir la ley del diente por diente del Antiguo Testamento.La violencia está en el pecado original de una nación que crece mediante el exterminio del indio. La pérdida de la inocencia del mundo idílico de los padres peregrinos oscurece el mito de la América cristiana, construida sobre el sueño puritano de una nueva Jerusalén. El nido de la serpiente está escondido debajo de la tierra prometida, como el pecado contamina la tierra conquistada tras el Éxodo. La herencia de Dios no parece estar en esta tierra, tal y como ahora la conocemos.

Al final de este sombrío viaje por un Oeste espectral y mortuorio, descubrimos cómo en esta vida, que “el tiempo simplemente se nos escapa”. El yermo estéril de una existencia que nos aboca a la tumba, se ve sin embargo iluminado por el destello de la gracia. La herencia que esperamos está finalmente en otro mundo, que la protagonista descubre al verse sostenida por unos brazos eternos.

BRAZOS ETERNOS
La imagen crística de Rooster cargando con esta niña, hasta su último aliento, nos muestra el poder liberador de la gracia que nos lleva a los brazos del Salvador. Como en las palabras del himno norteamericano Apoyado en los brazos eternos Leaning on the Everlasting Arms, conocido en el mundo hispano como Dulce comunión, cantado por Iris Demont en los créditos finales–, descubrimos un “tierno amor” en este mundo cruel, siendo “libres y salvos del pecado y del temor”.

Basado en las palabras de Deuteronomio 33:27, el himno refleja la experiencia del pueblo judío después de muchos años en el desierto. Sus frágiles tiendas les muestran su vulnerabilidad en una tierra donde tienen que encontrar su refugio en unos brazos invisibles y eternos. Israel descubre así finalmente que la herencia es Dios mismo. Es en Él que “no habré de temer / ni aun desconfiar”. Ya que “en los brazos de mi Salvador / por su gran poder / Él me guardará”.

Esa herencia es “guardada para nosotros” – dice Pedro (1 P. 1:5) –, pero nosotros también “somos guardados” para ella. Mientras viajamos por el desierto como “extranjeros y peregrinos”, nos apoyamos en la promesa de esta herencia, que es finalmente conocer a Dios como nuestro Padre. Su obra de salvación nos libra del mal, tanto dentro como fuera de nosotros. Si confiamos y esperamos en Dios (v. 21), descubriremos en Él una herencia que no se pierde, contamina o marchita (v. 4), sino que nos da seguridad, libertad incluso de nosotros mismos y una belleza que siempre nos asombrará. Porque Dios es la buena noticia de ese Evangelio eterno.

Autores: José de Segovia Barrón

© Protestante Digital 2011

El culto a las imágenes

Publicado: marzo 18, 2011 en Teología

César Vidal Manzanares
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XVIII) Los protestantes no creen en la Virgen (6)

He señalado en mis últimas entregas las razones por las que los protestantes consideramos que no debe darse culto a ninguna criatura ya sea María o cualquier santo. De hecho, no otra cosa puede esperarse de una fe que se define como monoteísta y que cree que sólo puede rendirse culto a Dios y a nadie más. Debo, por lo tanto, ahora detenerme en una f

Las razones para nuestra conducta, como siempre, se encuentran en la Biblia. En el decálogo que Dios entregó a Moisés se incluyó la siguiente prohibición: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy YHVH tu Dios” (Éxodo 20, 4-5ª)

El mandato es tan claro en los propósitos que Dios tiene para Su pueblo que cuando Moisés repitió la Torah a Israel también incluyó esta prohibición: “No harás escultura para ti, ni imagen alguna de cosa que esté arriba en los cielos, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni las servirás porque yo soy YHVH tu Dios” (Deuteronomio 5, 8-9ª)

El mandato de Dios es claro. No dice que unas imágenes están bien y otras mal o que su culto es lícito si se sobreentiende que las imágenes representan al ser objeto de culto. Semejantes distingos son ajenos a la enseñanza sencilla y luminosa de la Biblia. Toda imagen – represente a quien represente – está contenida en la prohibición de rendirles culto y, desde nuestro punto de vista, ningún hombre tiene derecho, autoridad o legitimidad para excluirlo. Desde luego, el pueblo de Israel lo entendió así – lo sigue entendiendo actualmente – y los ejemplos abundan. Por ejemplo, cuando en la época de Ezequías el pueblo de Israel se volvió hacia Dios una de las primeras medidas que llevó a cabo para mostrar su arrepentimiento y su abandono del pecado fue la de que “quebró las imágenes” (2 Reyes 18, 4) e “hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés porque hasta entonces le quemaban incienso los hijos de Israel”. La noticia histórica es considerablemente importante porque aunque Moisés había hecho la serpiente (Números 21, 9), sin embargo, la idea de rendirle culto no podía ser más contraria a la ley que Dios le había transmitido y entre conservarla corriendo el riesgo de rendirle culto o destruirla y librarse de la idolatría se optó por esta segunda opción.

Merece la pena reflexionar que la Biblia indica que el hecho de que los hijos de Israel rindieran culto a imágenes provocó la ira de Dios (Salmo 78, 58) no porque representaran a otra divinidad sino, simplemente, porque el Decálogo señala terminantemente que no se ha de rendir culto a las imágenes. Para el salmista (Salmo 97, 7) los que rinden culto a imágenes talladas deberían avergonzarse y, de nuevo, no diferencia entre las que representen a otros seres o al único Dios.

De manera bien significativa, también en los salmos encontramos una clara contraposición entre la adoración a Dios de manera inmaterial porque se encuentra en los cielos y la de adoración de aquellos que se dirige a imágenes de oro y plata, hechas por los hombres. Estas – y no se dice que no representen ocasionalmente a Dios – “tienen boca, pero no hablan; tienen ojos, pero no ven; tienen oídos, pero no oyen; tienen narices, pero no huelen; tienen manos, pero no palpan; tienen pies, pero no andan” (Salmo 115, 5-7) y zanja el salmista con unas palabras que para nosotros los protestantes son irrefutables: “semejantes a ellas son los que las hacen y cualquiera que confía en ellas” (Salmo 115, 8). Una enseñanza idéntica hallamos en el Salmo 135, 16.

Al respecto, no deja de ser claramente revelador que Isaías, el profeta más importante del Antiguo Testamento, dedique todo un capítulo de su libro a señalar lo estúpida que es la postura de aquel que se inclina ante una imagen porque puede con el mismo trozo de madera labrarse un objeto de culto y con lo que sobra calentarse la comida (Isaías 44, 9-20). Al respecto, el juicio del profeta es muy duro, pero indica lo que Dios piensa del culto a las imágenes: “No saben ni entienden, porque cerrados están sus ojos para no ver, y su corazón para no entender. No piensa, carece de sentido y de entendimiento para decir: Una parte de esto la quemé al fuego y con sus brasas cocí pan, asé carne y comí. ¿Haré con lo que queda una abominación? ¿Me postraré delante de un tronco de árbol? De ceniza se alimenta. Su corazón engañado le desvía para que no se vea liberada su alma ni diga: ¿Acaso no es una pura mentira lo que tengo en la diestra?” (Isaías 44, 18-20).

Como muy bien señala Isaías, el culto a las imágenes es de por si absurdo porque “¿A qué asemejareis a Dios o qué imagen le compondréis?” (Isaías 40, 18) y es que, a fin de cuentas, las imágenes de culto “todas son vanidad y sus obras son nada. Viento y vanidad son sus imágenes fundidas” (Isaías 41, 29). De nuevo, hay que observar que los autores sagrados no diferencian entre imágenes de un dios o de Dios, de una divinidad falsa o del Señor. Según su testimonio, toda imagen destinada a culto desagrada profundamente a Dios y, por añadidura, es absurda su fabricación y todavía más su culto porque Dios por Su propia naturaleza no puede ser representado. Inclinarse ante una imagen es un terrible engaño espiritual y lo es, según la Biblia, especialmente para el que se entrega a ese tipo de prácticas.

Esta enseñanza resulta tan clara en la Biblia – y tuvo consecuencias tan fatales abandonarla – que el pueblo de Israel la ha mantenido hasta el día de hoy. Pero no se trata sólo del pueblo de Israel. Durante los tres primeros siglos, los cristianos no rindieron culto a las imágenes y no tenemos ni el menor testimonio arqueológico en ese sentido. Era lógico porque no se sentían autorizados a suprimir ningún mandamiento del Decálogo. De hecho, como supo reconocer el cardenal Newmann en su Ensayo sobre el desarrollo del dogma, el culto a las imágenes fue una de las prácticas paganas que penetró en la práctica del cristianismo a partir del s. IV. Aún así, su asentamiento no fue fácil. El concilio de Elvira en España todavía mantuvo la prohibición de pintar imágenes para el culto en resistencia a un mimetismo de los ritos paganos y, por ejemplo, las iglesias ortodoxas insisten – de manera bastante especiosa a nuestro juicio – en diferenciar las imágenes de bulto redondo de los iconos reconociendo que rendir culto a las primeras es idolatría, pero insistiendo en que hacerlo con los iconos no lo es.

Resumiendo, pues, los protestantes no pensamos que incurrimos en ninguna falta al evitar el culto a las imágenes o que, por lo menos, perdemos algo espiritualmente positivo. Por el contrario, creemos que:
1.- de esa manera respetamos el contenido completo del Decálogo del que la iglesia católica por razones que no podemos considerar justificadas ha extirpado la prohibición de rendir culto a las imágenes.
2.- de esa manera actuamos conforme al testimonio de los profetas que advirtieron al pueblo de Israel en contra de caer en la ceguera espiritual que deriva específicamente de rendir culto a las imágenes.
3.- de esa manera nos vemos libres de la tremenda arrogancia de pretender formar algo que se asemeje al Dios que nadie puede representar.
4.- de esa manera seguimos el ejemplo de Jesús, sus apóstoles y los cristianos de los tres primeros siglos que jamás fabricaron imágenes o les rindieron culto y
5.- de esa manera somos receptores de la promesa de Jesús de adorar a Dios en un nuevo pacto marcado por la adoración “en espíritu y verdad” (Juan 4, 23) y no en sombra o representación.

Creo que no costará comprender que, una vez más, puestos a escoger entre lo que enseña con extraordinaria claridad la Palabra de Dios y lo que enseñan hombres que no tienen reparo en mutilar lo ordenado por el Señor en el decálogo nos quedemos con la primera.

CONTINUARÁ: la corredención de María.

Autores: César Vidal Manzanares

© Protestante Digital 2011

 


En los últimos años de la iglesia del Siglo XX  Matt Redmans, de la iglesia  Soul Survivor en Watford, Inglaterra, fue un precursor en el movimiento de adoración moderna que se extiende por el mundo. Mientras que el resto del mundo estaba en un renacimiento de adoración moderna, la congregación de Soul Survivor se encontraba en una encrucijada. Pastor Mike Pilavachi tomó una decisión que no podría haber funcionado en cualquier otro momento o en cualquier otro lugar, pero lo que hizo, ha  hecho historia y afectado a millones de vidas.
«Ante la falta de una dinámica de verdadera adoración,  el pastor Pivalachi hizo algo muy valiente», recuerda Redman. «Él decidió deshacerse del sistema de sonido y la banda por un tiempo, y nos reunimos con sólo nuestras voces. Su punto era que habíamos perdido el camino en la adoración, y la forma de volver al corazón de la adoración, sería tirar todo por la borda. »
Redman pronto escribió la canción «Cuando la música se desvanece» en su dormitorio sin grandes aspiraciones,  la canción se ha convertido en un himno de alabanza.  10 años más tarde, el corazón de la adoración (Cuando la música se desvanece) se ha escuchado en todo el mundo. Ha sido interpretado por muchos artistas y grupos de alabanza como Sonicflood, Randy Travis, Phillips, Craig y Dean y Michael W. Smith. La venta del álbum «adoración» fue incluido en platino,  que fue lanzado el 11 de septiembre de 2001. Que figuran en la parte superior 25 de la CCLI Top 100 Redmans «El corazón de adoración» sigue siendo una canción de relevancia que alcanza multitudes cada año. La canción de adoración ha ministrado a personas de todas las denominaciones y estilos de vida y tiene un lugar en la historia como una de las canciones de adoración más influyentes en la historia moderna.