“A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros…” Texto completo: Lucas 18:9-14.Y es que para que el ritual o culto sea acepto a Dios, no es suficiente con el hecho de buscar el templo como mediación, no es suficiente con buscar la iglesia para relacionarse con Dios. Hay otra variable, otra mediación con la que hay que contar. Y es que en la relación del hombre con Dios, la relación necesaria, imprescindible, no es el templo, sino el hombre, el prójimo, fundamentalmente el prójimo en necesidad, el prójimo tirado al lado del camino, el prójimo sufriente, el prójimo empobrecido y robado de dignidad.
El que sólo piensa en el templo como mediación única para la relación con Dios, está alejándose de las líneas del Evangelio, del Evangelio a los pobres… aunque Dios no necesita de ninguna mediación, pero sí rechaza a aquellos que se quieren relacionar con Dios cuando no están buscando justicia, ni ejerciendo misericordia, cuando ve al hermano desnudo o hambriento, y no le cubre ni le da de comer. Basta con leer a los profetas y los Evangelios.
Esta era la situación del fariseo, que quería orar a Dios mientras menospreciaba al hermano, al publicano que estaba allí buscando a un Dios que fuera propicio con él, pecador. Hay una condición imprescindible y necesaria para que Dios escuche nuestro ritual: hacer justicia al prójimo y tener misericordia de él. Leamos, entre muchos otros, Isaías 1, Isaías 58 y escuchemos las palabras de Jesús. Al fariseo le faltaba un requisito importante para poder reconciliarse con Dios: la reconciliación con el prójimo.
Es por eso que los religiosos, llámense cristianos o no, que menosprecian y dan la espalda al pobre, al sufriente, al proscrito, marginado o excluido, por muy altos que suenen sus “amenes” o“ayes”, nunca éstos subirán por encima del techo de los templos en los que oran o adoran. No están reconciliados con el hermano. Ni siquiera deberían haber entrado al templo. Para ellos deberían sonar fuertes las palabras de Jesús: “Reconcíliate primero con tu hermano” y, luego, después, ve al templo a orar.
Es por eso que es tan importante entrar por las líneas de projimidad que nos marca el Evangelio a los pobres si queremos que nuestras plegarias, alabanzas o adoración no queden en palabras vanas que no llegan al trono del Dios Altísimo. Si buscamos el templo, si buscamos a Dios en oración, si buscamos cualquier ritual y permanecemos de espaldas al grito de dolor de los pobres y sufrientes del mundo, todo queda en vanidad de vanidades. Dios no escucha, Dios no aprueba nuestras peticiones, Dios no responde… se da el silencio de Dios.
Si falla el concepto y la práctica de la projimidad, si no nos ponemos a disposición del prójimo usando nuestros medios y bienes como hizo el buen samaritano, son inútiles nuestras plegarias… Estamos de espaldas al Evangelio a los pobres.
Hoy todavía hay muchos que pueden estar en la situación que denunciaban los profetas impulsados por Dios mismo. Muchos en situación farisaica: Buscan a Dios, quieren alabarle y orar a Él, rendirle culto, pero no les importa la injusticia o no les preocupa coquetear con la injusticia en el mundo, un mundo que oprime, margina y empobrece a tantas personas. La injusticia en nuestro mundo y en nuestro momento. Dios nos enseña que intentar orar a Dios o rendirle culto en esta situación es imposible… No saldremos justificados, como le ocurrió al fariseo de la Parábola. Confiaban en sí mismos como justos y menospreciaban a su prójimo sufriente, pasaban de largo, omitían la ayuda… se cerraban las puertas del cielo. “No me traigáis más vana ofrenda”, dirá el Señor.
Señor, ayúdanos a ser personas en línea con los compromisos de tu Evangelio… aunque lleguemos a ti rotos, con nuestra armadura destrozada en la defensa y en la práctica de la justicia y de los valores del Reino. No nos des acomodo en este mundo si esto va a ser un obstáculo para seguir los valores del Evangelio a los pobres. Acoge nuestros ruegos y no seas sordo a nuestro clamor, Dios de justicia.
Autores: Juan Simarro
© Protestante Digital 2011



Los Coen no han hecho propiamente un remake de la película de 1969 protagonizada por John Wayne y el cantante Glen Campbell, sino que se han ido a la novela original de Charles Portis(publicada ahora en Debolsillo, pero escrita un año antes que el film de Hathaway). La historia sigue con el libro la evocación adulta que hace una mujer piadosa –Mattie Ross–, que recuerda su paso de la inocencia a la madurez, adentrándose en una noche oscura que la enfrenta al poder del mal. Su visión del cadáver del padre y la ejecución de unos proscritos le enfrenta a un mundo fúnebre, donde la muerte es una realidad cotidiana.
Esta chica huérfana emprende su viaje mirando de frente a la muerte: el ataúd de su padre; los ahorcamientos en la calle;los cadáveres junto a los que pasa la noche en la morgue; los disparos a bocajarro dentro de la cabaña; los muertos apilados a la puerta; el hombre colgado de un árbol; el disparo de la niña contra el asesino de su padre; la mordedura de la serpiente; los muertos que van dejando atrás, mientras cabalga con Rooster; el caballo rematado; y la tumba del final. Todo un Oeste sombrío y mortuorio, donde “el tiempo simplemente se nos escapa”, como dice ella al final.
La imagen crística de Rooster cargando con esta niña, hasta su último aliento, nos muestra el poder liberador de la gracia que nos lleva a los brazos del Salvador. Como en las palabras del himno norteamericano Apoyado en los brazos eternos –Leaning on the Everlasting Arms, conocido en el mundo hispano como Dulce comunión, cantado por Iris Demont en los créditos finales–, descubrimos un “tierno amor” en este mundo cruel, siendo “libres y salvos del pecado y del temor”.