Archivos para enero 25, 2011


JUAN SIMARRO

Retazos del evangelio a los pobres (V)

“Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme”. Texto completo en Mateo 19:16-22.

Lo curioso de este joven rico es que no se encontraba satisfecho con el uso exclusivo de sus riquezas. Quería tener nuevas perspectivas. El joven rico de la parábola se fue triste. El Evangelio a los pobres, adjudica la felicidad a los menesterosos: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos”. Para el rico de la parábola no hubo felicidad. Dice el texto bíblico: “Oyendo el joven esta palabra, se fue triste porque tenía muchas posesiones”. Se fue insatisfecho, notaba un vacío existencial que quería llenar, pero el peso de las riquezas era tan grande sobre él, que prefirió seguir con ese peso, ese vacío, y no perder ninguna de sus riquezas temporales. Se dejó atrapar por las riquezas que le conducían a un cierto sinsabor en la vida, a un vacío que le lleva a preguntar: “¿Qué más me falta?”.

La parábola, en la línea del Evangelio a los pobres, nos enseña no solamente que la riqueza no da la felicidad, sino que puede llegar a entristecer, aislar, impedir tener la vida que uno desea tener. Las riquezas también ahogan las raíces de la vida y conducen a la infravida… aunque hay otros ricos satisfechos, sin inquietudes que ni siquiera intentan el camino del seguimiento. Espero que la tristeza del joven rico, le acercara en otro momento a Jesús. Sería deseable que este vacío existencial que llevaba a este joven a la búsqueda, afectara a todos los ricos del mundo, que la tristeza planeara sobre ellos hasta hacerles dar un giro existencial para poder asumir los valores del Reino.

Notar que algo nos falta, no es algo estrictamente de los ricos del mundo. Debería ser también un sentimiento de muchos de los cristianos cumplidores en el ámbito de las iglesias. Los religiosos cumplidores y los ricos, pueden tener problemas similares. Así, los religiosos que se acercaron a Jesús estaban más en la línea de los ricos que de los pobres. El Evangelio a los pobres da un toque también a los religiosos presos de la ética del cumplimiento, presos de los rituales y celosos de cumplir las jotas y las tildes de una religión teórica.

Hay muchos cristianos que comparten la inquietud o la satisfacción que hemos comentado de los ricos de este mundo. Así, muchos cumplidores religiosos se encuentran cómodos con su ética de cumplimiento religioso y sin compromiso con el prójimo sufriente. Hay muchos cristianos que su conciencia no les dice que algo les falta. Pueden pensar que incluso tienen méritos suficientes acumulados. Ni siquiera sienten la necesidad de preguntar al Señor: “¿Qué más me falta?”. Comparten los cumplimientos del joven rico, pero sin la inquietud. Así, leen la Biblia, oran, alaban, cumplen con todos los servicios religiosos.

No estaría mal que muchos de estos cumplidores religiosos sintieran al menos la inquietud del joven rico, que pensaba que algo le faltaba. Por eso este joven lo veo con algo de simpatía y espero que, movido por su profunda tristeza y su vacío existencial, volviera a Jesús en arrepentimiento.

El fomentar esta inquietud en los ricos y en los religiosos cumplidores, pero insolidarios con el prójimo, es positivo. No creo que este joven rico buscara solamente una forma de perder el tiempo con Jesús. Su vacío existencial y religioso le presionaba. “¿Qué más me falta, Señor?”.

El problema es que la respuesta de Jesús, en su radicalidad, puede dar miedo. Si el joven rico, presa de la tristeza existencial, no volvió después a Jesús, fue por el miedo a la radical exigencia de Jesús. Por eso no es fácil el seguimiento para los ricos. La respuesta desde la línea del Evangelio a los pobres que nos deja Jesús sigue estos parámetros: haz, da, vende y reparte, comprométete, cuida, sirve… y sígueme libre de todas estas cargas y todas esas marañas económicas o religiosas que pueden perjudicar tu vivencia de la espiritualidad cristiana.

“Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo”. ¿Creéis que la respuesta de Jesús impacta a los ricos hoy? El joven rico pudo pensar: Señor, aquí en esta vida he heredado mucho, soy joven y tengo casi todo. Quiero heredar también la vida eterna… pero no puedo aceptar el precio.

Yo creo que el joven rico se debió de quedar frío delante de Jesús. Helado. Sorprendido. ¿Cómo puede afectar esta repuesta a los ricos del mundo hoy? ¿Tanto vale el tesoro en el cielo que me puede costar el tesoro en la tierra?

A los ricos, en la línea del Evangelio a los pobres habría que decirles: Perder el tesoro en la tierra en forma de compartir y eliminar sufrimiento; perder el tesoro en la tierra por dar vida, por sacar a personas de la infravida; perder el tesoro en la tierra por seguir el concepto de projimidad de Jesús, no es tal pérdida. Todo es ganancia. Habrás eliminado tristeza y experimentado la felicidad del dar: “Es más feliz dar que recibir”.

La respuesta de muchos ricos es: No, Señor, no. Yo quiero ambos tesoros. El de la tierra y el del cielo. La respuesta viene desde lo alto, desde el megáfono del Dios que nos dejó el Evangelio a los pobres: ¡Imposible!

El desprenderse de las riquezas para compartirlas, no es un precio alto si, a cambio, te va a dar felicidad y eliminar tu vacío existencial y religioso. Si todo lo acaparas egoístamente para ti mismo, el halo de tristeza que te va a embargar, afectará a todo el mundo, afectará al rostro de Dios mismo, de Jesús.

No te quedes con tu riqueza y con tu tristeza… aunque tengas poco. Comparte, sirve. Cuando llegues delante del Señor, si quieres seguir tus cumplimientos religiosos insolidarios, te darás cuenta que el que va a ser recibido en el seno de Abraham, siguiendo el concepto de la parábola del rico y Lázaro, no va a ser el que más alabe, el que más lea la Biblia, el que más haya cumplido con el ritual religioso… sino el que más haya servido.

Mantennos en cierta tristeza, Señor, una tristeza que sea un aguijón que nos inquiete hasta llegar a comprender todas estas líneas del Evangelio a los pobres.

Artículos anteriores de esta serie:

1 El evangelio a los pobres: retazos
2 El rico y Lázaro
3 Los pobres, Moisés y los profetas
4 Todo en el cielo y todo en la tierra

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2011)

Obispos casados

Publicado: enero 25, 2011 en Historia, Iglesia, Teología

CÉSAR VIDAL

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XII)

Uno de los mitos más difundidos en el mundo católico acerca del protestantismo es el de la lujuria apenas contenida de sus iniciadores. La prueba fundamental de ese aserto sería triple.

En primer lugar, los diversos matrimonios del rey inglés Enrique VIII; en segundo, el matrimonio de Lutero con una monja y en tercero, el abandono del celibato de los clérigos.

Sobre Enrique VIII ya indicamos en una entrega anterior que nunca fue protestante. Ciertamente, fue un cismático y persiguió a aquellos que no quisieron someterse al Acta de supremacía que lo convertía en jefe de la iglesia anglicana, pero, al mismo tiempo, ejecutó a no pocos protestantes que tenían la osadía intolerable para él de pretender una Reforma de la iglesia basada en la Biblia. Ciertamente, no pocos de esos protestantes fueron ejecutados cuando Enrique VIII era declarado “Defensor fidei” por el papa y ayudado en su labor letalmente represiva por su fiel Tomás Moro, pero aún más lo fueron después de la separación formal con Roma. Por otro lado – y dice mucho del estado moral de la Cristiandad – los monarcas católicos de la época –incluidos Carlos V o Felipe II– no fueron más castos que Enrique VIII.

El segundo argumento no es menos falaz. Lutero efectivamente contrajo matrimonio con Catalina de Bora que había sido monja. Su vida matrimonial fue ejemplar a diferencia, dicho sea de paso, de lo que, por ejemplo, alguien tan poco sospechoso como Teresa de Jesús relata sobre la vida sexual en los conventos católicos de su época. Semejante conducta – deplorable, sin duda – no puede tampoco extrañar en la medida en que no pocas de las personas que poblaban los conventos y monasterios habían ido a parar en ellos (de nuevo, el testimonio de Teresa de Jesús es relevante) por razones nada espirituales.

El tercer argumento es de mucha mayor relevancia porque obliga a reflexionar sobre si la configuración del sacerdocio católico armoniza con lo que enseñaron Jesús y los apóstoles. Que Pedro estaba casado es algo que se desprende del testimonio de los evangelios donde se relata cómo Jesús curó a su suegra que padecía una fiebre muy elevada (Mateo 8:14; Marcos 1:30; Lucas 4:38-39). Podría pensarse que, al conocer a Jesús, habría dejado a su esposa – algo moralmente digno de reflexión – pero lo cierto es que el Nuevo Testamento indica que su mujer lo acompañaba en sus viajes misioneros como, por otro lado, sucedía con los otros apóstoles. Al respecto, no deja de ser significativo que Pablo escribiendo a mediados del s. I indicara que él y Bernabé eran los únicos que viajaban sin esposa (I Corintios 9:5). Pablo no estaba casado – aunque es posible que fuera viudo y no soltero – pero reconocía que esa conducta era excepcional. Quizá sería deseable que todos – no sólo los dedicados a proclamar el Evangelio – fueran célibes como él, pero Pablo indica que esa condición sólo deberían guardarla los que han recibido ese don de Dios (I Corintios 7:7). Para los que no habían recibido el don, el apóstol era claro: “era mejor casarse que abrasarse” (I Corintios 7:8).

Precisamente porque ni existía algo parecido al celibato obligatorio del clero ni los apóstoles eran hombres solteros podemos entender las instrucciones de Pablo sobre los requisitos para ser obispos… que incluían que estuvieran casados: “Pues es necesario que el obispo sea irreprensible, casado con una mujer, sobrio, formal, decente, hospitalario, apto para enseñar, no dado al vino, no pendenciero, sino manso, no rencoroso, no avaro, que sepa gobernar bien su casa, que tenga a sus hijos en obediencia con toda honestidad, por el que no sabe gobernar su casa, ¿cómo cuidará la iglesia de Dios?” (I Timoteo 3:2-5).

El texto de Pablo difícilmente puede ser más revelador. Los obispos de la época apostólica estaban casados y tenían hijos. Es más, se consideraba que ambos requisitos resultaban enormemente importantes para poder desempeñar su función pastoral. De hecho, Pablo parece adelantarse a una de las objeciones formuladas por el protestantismo – y por no pocos católicos – en contra del celibato eclesial: ¿cómo pueden dedicarse a aconsejar a cónyuges e incluso emitir normas sobre la vida conyugal gentes que nunca han estado casadas y que no conocen personalmente lo que significa? Con el debido respeto, me atrevería a decir que buena parte de la doctrina moral de la iglesia católica relativa a la vida conyugal y sexual sería radicalmente distinta si se hubiera ido forjando sobre la base de las Escrituras enseñadas por obispos casados y con hijos y no por célibes que consideran – por citar las palabras de un conocido santo – que “el matrimonio es para la clase de tropa”.

La importancia de esa vida matrimonial resulta tan relevante en la enseñanza apostólica que Pablo expresa un durísimo juicio sobre su prohibición: “Pero el Espíritu dice claramente que en tiempos venideros apostatarán algunos de la fe, escuchando a espíritus de error y doctrinas de demonios, por la hipocresía de los que hablan mentiras y tienen cauterizada su conciencia, que prohíben casarse y el consumo de alimentos que Dios creó para ser disfrutados con acción de gracias por los que creen y han conocido la verdad, porque todo lo que Dios creó es bueno y no es de rechazar nada de lo que se recibe con acción de gracias” (I Timoteo 4:1-4).

Lo cierto es que la Biblia enseña que el matrimonio de los obispos no sólo es lícito sino muy conveniente y que la prohibición del matrimonio es una doctrina demoníaca. Esa circunstancia explica, sin duda, que los clérigos estuvieran casados a lo largo de la Historia del cristianismo durante siglos y que en el seno de la iglesia católica hubiera que esperar a la reforma de Gregorio VII, un antiguo monje, ya en pleno medievo, para que se prohibiera el matrimonio eclesial con cierta eficacia. Con cierta eficacia, pero no total porque el celibato eclesial siguió siendo caballo de batalla durante los siglos siguientes y no faltaron los sacerdotes que contrajeron matrimonio y que obtuvieron un reconocimiento legal del mismo. Incluso después del concilio de Trento en el s. XVI – donde no podía reconocerse la razón de los protestantes al exigir que los clérigos pudieran contraer matrimonio – no acabaron los casos de sacerdotes casados si bien la ceremonia solía celebrarse en secreto.

Con todo, ni siquiera la iglesia católica posterior a Trento ha sido consecuente con el celibato obligatorio. Aunque muchos católicos lo ignoran, los sacerdotes católicos de culto oriental pueden contraer matrimonio y lo mismo sucede con los que entraron en la iglesia católica hace unos meses, procedentes de la Comunión anglicana. Ahora bien, si el celibato obligatorio es tan indiscutible y constituye una fuente de tan grandes bendiciones, ¿cómo pueden admitirse esas excepciones?

¿Se imagina alguien que fuera lícito el adulterio en ciertos sectores de la iglesia católica mientras que no lo era en otros? O que fuera lógico rehusar una bendición espiritual – la derivada del celibato obligatorio – a alguien sólo porque pertenece a un rito diferente dentro de la misma iglesia?

Concluyendo pues, los protestantes no sentimos que el hecho de que los pastores contraigan matrimonio sea una traición al cristianismo. Por el contrario, constituye un seguimiento claro y obediente de lo que enseña el Nuevo Testamento y precisamente esa obediencia es bendecida por Dios con pastores que pueden entender, por propia experiencia, las cargas, las dificultades y los problemas de carácter conyugal que sus hermanos les traen y que, por añadidura, no acumulan cargas sobre los hombros de otros sin ayudar a sobrellevarlas siquiera con un dedo tal y como hacían los escribas y fariseos de la época de Jesús (Mateo 23:4).

Continuará: Los protestantes no creen en la Virgen

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa
10 Salvación por gracia, no por obras
11 Carta de Santiago: fe, salvación y obras

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com (España, 2011).


NUEVA YORK, 24/01/2011 (ADN/ ProtestanteDigital.com)

Amy Chua crió a sus dos hijas sin dejarles hacer lo que hacen la mayoría de los niños. La escritora alarma porque ve positivo llamar “basura” a un hijo si este falla, y que “esa férrea filosofía es la razón de que China empiece a imponerse a Estados Unidos”.

La sombra de China oscurece el sueño americano. La amenaza de la pesadilla, escenario previo a caerse de la cama y tener un mal despertar, no sólo viene por la evolución financiera y la producción industrial. O el temor de que en menos de tres décadas, el gran dragón rojo releve al Tío Sam en el primer lugar del ranking de las superpotencias del mundo.

HAY MÁS
“Los chinos no nos conquistarán con A-bomb (artefactos nucleares) sino con A-pluses”, ha comentado Ed Rendell, hasta hace tres días en el cargo de gobernador de Pensilvania. El A-pluses se refiere a la nota de sobresaliente en la enseñanza escolar. Pero un sobresaliente de 10, no de 9,9.

Amy Chua, profesora de Derecho en la Universidad de Yale, acaba de publicar un libro para explicar el método de educación que ha aplicado a sus hijas, ahora ambas adolescentes ejemplares. Sus métodos son más que estrictos, a veces denigrante bajo el punto de vista occidental. Incluso de malos tratos según la consideración de muchos que se han echado las manos a la cabeza al saber que esta mujer llamaba “basura” a sus niñas cuando estas fallaban.

“La práctica tenaz, práctica y práctica, es crucial para conseguir la excelencia; la repetición rutinaria está infravalorada en EE.UU.”. Esta hija de inmigrantes, aunque nacida y formada en Estados Unidos, sostiene que “las familias occidentales” se centran más en la autoestima de los niños que en su esfuerzo personal. Asegura que ha utilizado idéntico sistema al que la criaron a ella, siempre aderezado con “el amor” de sus progenitores.

“Lo que los padres chinos entienden –teoriza Chua– es que nada resulta divertido hasta que uno no domina esa materia. Para esto se ha de trabajar duro y los críos, por sí mismos, nunca quieren trabajar, por lo que es esencial anular sus preferencias”.

Su ´Battle hymn of the tiger mother´ (himno de lucha de la madre tigre) se ha instalado en el centro de la discusión en la sociedad estadounidense en una cuestión tan sensible como la educación de los hijos, un territorio ambivalente, entre la competitividad y el dejar hacer. En el reverso, “los padres chinos requieren la perfección a sus hijos porque saben que la pueden alcanzarla”.

ABRE UNA BATALLA PÚBLICA
Amy Chua ha abierto una verdadera batalla. En medios como la CNBC, cadena especializada en economía e información bursátil, ya se plantean la pregunta: “¿Puede ser que la rígida filosofía de los padres sea la razón por la que China empieza a imponerse sobre Estados Unidos?”.

La respuesta pone el dedo sobre una de las heridas de esta sociedad, como es la del sentimiento de que a los críos se les dan “demasiados mimos” –en palabras de la profesora– para compensar las horas de ausencia de los padres. Chua explica que hacía repetir los ejercicios de piano o violín de sus niñas, pero estaba ahí, con ellas. Hay estudios, remarca, en los que se indica que los padres orientales dedican diez veces más de tiempo a la formación de los hijos que los occidentales.

Ni a Sofia ni a Lulu las dejaba ir a dormir a casa de compañeras –“se pasan las horas en el Facebook”–, ni quedar para jugar con otras amigas, ni participar en los juegos escolares o quejarse por esa prohibición, ni les permitía ver la tele o jugar con el ordenador, ni elegir sus actividades extraescolares. Tocan el piano y el violín, respectivamente, porque para ella no hay otros instrumentos. Tampoco aceptaba que tuvieran un grado menor a la A o que no fueran las número uno.

¿UNA AMENAZA SOCIAL?
David Brooks, columnista del ´The New York Times´, le replicó este martes. Brooks indica que no son pocos los que ven a Chua como “una amenaza para la sociedad”, porque creen que su procedimiento anula la capacidad creativa de los críos o que aniquila su pasión por la música. Los críticos recuerdan que las mujeres asiático-americanas de entre 15 y 24 año tienen el porcentaje más alto de suicidios. Para el columnista, “hay millones de otras habilidades que se adquieren en el proceso informal de maduración que no se desarrollan monopolizando el tiempo formal de aprendizaje”. La relación con el grupo no se aprende, subraya, “en el refugio de Amy Chua”. La cafetería también es escuela.

El debate, en plena efervescencia estos días en que el presidente Hu Jintao visitaba EE.UU., arrancó el pasado sábado 9 de enero. El origen hay que buscarlo en ´The Wall Street Journal´, que avanzó un extracto. Lo titularon “Por qué las madres chinas son superiores”. La polémica ha ido a más, aunque la autora insista en que ese titular no es suyo.

El ´Journal´ ha recibido cerca de 8.000 comentarios, prácticamente todos los medios han rebotado el asunto, mientras que en la red social el conflicto cultural sobre la forma de ejercer la paternidad se ha convertido en tema estelar. Chua reconoce que ha recibido centenares de e-mails. A pesar de lo que diga, de entrada advierte que su libro se supone que es un relato sobre cómo los padres chinos –concepto en el que incluye a indios, coreanos o jamaicanos, gente en general de la inmigración pobre– son mejores criando a sus hijos que los occidentales. “También es el amargo choque de culturas”.

ÉXITOS ORIENTALES
Su irrupción ha hecho que se recuerde los éxitos de los estudiantes de Shanghai, líderes mundiales en matemáticas, ciencias y lectura. Los estadounidenses ocupan los lugares 31, 23 y 15. Sin embargo, pese a este agujero, predomina la opinión de condenar el método expuesto por Amy Chua.

Y no sólo se trata de comentarios viscerales sobre su poco respeto a la personalidad de los niños. Nicholas Kristof, otro periodista del ´Times´, experto en el gigantesco país, apunta que tal vez los menos impresionados por el éxito escolar chino son “los propios chinos”, donde hay una tendencia hacia el estilo americano. Muchos emigran a EE.UU. para completar su educación.

La madre tigre se confiesa. Su hija Lulu le plantó cara. Se cortó ella misma la melena como rechazo a las tácticas de su madre. Amy Chua no renuncia a su método, pero apuesta por combinar lo mejor de cada casa.

Fuente: ADN. Edición: ProtestanteDigital.com