Archivos para enero 20, 2011


juanstam

Cinco mandamientos que no permiten excepción alguna:

Orientaciones prácticas para el nuevo año…

y para todos los días

Hay una frase que aparece en sólo tres versículos del Nuevo Testamento, que va con verbos en voz activa y modo imperativo que definen cinco mandamientos de exigencia sin excepción. La frase es «todo lo que hicieras», y las cinco mandamientos son:

1) Hacer todo para la gloria de Dios (1Cor 10:31)

2) Hacer todo en el nombre del Señor Jesús (Col 3:17a)

3) Hacer todo…dando gracias a Dios Padre por medio de él (Col 3:17b)

4) Hacer todo de corazón (Col 3:23a)

5) Hacer todo para el Señor y no para ser visto por la gente (Col 3:23b)

Todos conocemos los diez mandamientos del Antiguo Testamento, y son fundamentales para la orientación de nuestra vida y nuestra ética bíblica. Aunque los famosos diez mandamientos están formulados negativamente, cada uno conlleva un sentido positivo, como demuesta Juan Calvino en su obra clásica, la Institución. Estos cinco mandamientos, en cambio, están formulados en forma positiva. Si el decálogo antiguotestamentario nos muestra lo que no debemos hacer, este semi-decálogo nos enseña lo que sí debemos hacer.

Estos cinco mandamientos, según los mismos términos en que están formulados, no permiten excepción bajo ninguna circunstancia. Podemos considerarlos como «principios absolutos» de la vida cristiana. De hecho, son orientaciones que podemos aplicar en todas las experiencias de la vida. Aun en las sitiuaciones más difíciles, es posible cumplir cada uno de estos mandamientos. Y cuando más difícil, es cuando es más urgente obedecer estos cinco imperativos.

Los cinco mandamientos se dividen en tres segmentos, que se dirigen a tres areas de la vida humana. El primero, en 1 Cor 10:31, tiene que ver con los apetitos («si comeís o bebeís»; cf. 1 Cor 6:15-20, el sexo). Col 3:17 es más amplio y cubre toda nuestra conducta, pero con énfasis en las relaciones interpersonales (todo lo que hacemos y decimos; cf. 3:12-16). El tercer segmento (Col 3:22-25) se refiere explícitamente a las relaciones laborales.

(1) Hacer todo para la gloria de Dios (1 Cor 10:31). El mandamiento de glorificar a Dios en todo se aplica al terreno de los apetitos. ¿Habrá algo más común y corriente en la vida humana que el comer y beber? Todos lo hacemos tres veces al día, sin pensar mucho en ello. No sólo al predicar un sermón, enseñar una clase o cantar un solo glorificamos a Dios. El texto nos enseña que aun en lo más común y corriente, como comer y beber, podemos glorificar a Dios. Es más, hacerlo es nuestro deber.

En la misma epístola Pablo discute otro apetito — el deseo sexual — en exactamente el mismo sentido. Hablando de la vida sexual, exhorta a los corintios «habeís sido comprado por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo…» (1 Cor 6:20). Para cristianos, según Pablo, el sexo no es una mera función biológica; ¡es más bien una celebración doxológica!

¡Es aun más impresionante este mandamiento, porque los corintios tenían terribles problemas precisamente en el área de los apetitos! En el capítulo siguiente Pablo redarguye a los corintios porque en la Santa Cena «al comer, cada uno se adelante a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga». Con ese egoísmo, en la misma Cena del Señor (¡la Santa Comunión!), ellos avergonzaban a los pobres que no tenían nada para comer (11:21-22).

Aun peor era el pecado y el escándalo del desorden sexual entre los corintios. Había un caso de incesto (cap. 5) y Pablo tiene que advertir a los hombres que dejen de visitar a las prostitutas (6:25-16; no cabría la reprimenda si no había algunos que visitaban la zona roja de esa ciudad portuaria, famosa por su relajo moral). Ante esa situación de pecado, Pablo no sólo les exhorta a portarse mejor y huir de la fornicación (6:18) sino — ¡qué contraste más grande, y que exhortación más sorprendente! — les llama a glorificar a Dios con los mismos cuerpos con que antes practicaban el pecado (6:20).

Así este primer mandamiento nos da una enseñanza a la vez desafiante y animadora: Dios puede glorificarse en todas nuestras acciones, hasta los más triviales, y sobre todo en aquellas areas donde somos más débiles.

(2) Hacer todo en el nombre del Señor Jesús (Col 3:17a). El contexto de este mandamiento describe en toda su amplitud la vida abundante que Dios desea para nosotros, con énfasis particular en las relaciones interpersonales:

Vestíos de entrañable misericordia…

soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros…

Y sobre todas estas cosas vestíos de amor que es el vínculo perfecto.

Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones,

a la que fuisteis llamados en un solo cuerpo…

En San Pablo, la f’órmula «en Cristo» expresa nuestra unión con él por el Espíritu Santo, en quien somos su cuerpo y él es nuestra vida. Actuar y hablar «en el nombre del Señor Jesús» significa mucho más que sólo repetir esa frase, como se hace ligera y hasta frívolamente; significa vivir en íntima comunión con él, de tal modo que su voluntad sea la voluntad nuestra y que él pueda actuar en y por nosotros. Por lo mismo, se nos hace imposible hacer cualquier cosa que no podemos hacer en el nombre de él.

En los países latinos pasa algo inaudito en otras culturas: a muchos niños y hasta niñas se les da el nombre «Jesús» de modo que muchas personas llevan ese sagrado nombre (aunque en tiempos antiguos era un nombre común). A los nuevos misioneros eso nos extrañaba y observamos con especial atención la conducta de esas personas, para ver si su conducta correspondía a su nombre. ¡A veces la inconguencia entre su nombre y su conducta parecía escandalosa! Pero de hecho, todos los cristianos y cristianas nos llamamos «Jesús». ¿Llevamos dignamente ese nombre, honrándolo en todo lo que hacemos y decimos?

(3) Hacer todo dando gracias a Dios. Nuevamente el contexto amplía el significado de la frase:

Sed agradecidos (Gr. eujaristoi, «eucarísticos»).

La palabra de Dios more en abundancia en vosotros,

enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría,

cantando con gracia en vuestros corazones al Señor,

con salmos, himnos y cánticos espirituales…

Y todo lo que haceís, hacedlo dando gracias a Dios Padre por medio de él (Col 3:15-16).

Bien se ha dicho que las dos palabras más importantes de la fe evangélica son «gracia» y «gratitud». En 2 Cor 8-9 San Pablo, al pedir a los corintios que enviaran su aporte para los pobres de Jerusalén, nos da una profunda exposición de la gracia de Dios (járis de Cristo 8:9; manifestada en nosotros 8:1,4,6s,19; 9:8,14) y de nuestra «gratitud por la gracia» (járis 8:16; 9:15; eujaristía 9:11,12). Esta teología de la gracia se resume en tres afirmaciones medulares: (1) «Conoceís la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico se hizo pobre» 8:9; (2) «poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia» 9:8 y (3) «Gracias a Dios por su don inefable» 9:15).

En toda la historia cristiana, nadie vivía más de gracia y gratitud que Santa Teresa de Ávila. Firmaba sus cartas «Teresa, pecadora» y amaba a Jesús como su Salvador. Cuando sus enemigos la criticaban, ella decía, «Gracias a Dios, que mis enemigos no conocen mis peores defectos». Cuando al fin accedió a escribir su autobiografía, lo tituló «El libro de las misericordias de Dios» (que hoy aparece como subtítulo). Teresa veía cada día como una nueva página en el gran libro de la gracia de Dios para con ella.

Cuando Abelardo, un personaje muy diferente, escribió sus memorias, las tituló «La historia de mis calamidades». No es que Santa Teresa no sufriera, pues sufrió mucho. Mas bien, son dos maneras de ver la vida: El libro de las misericordias de Dios o la historia de mis calamidades.

La diferencia la hace la gratitud, el saber vivir «eucarísticamente».

(4) Hacer todo de corazón (Col 3:23): De nuevo aparece la frase clave, «todo lo que hagaís», ahora aplicado al terreno laboral, dirigida específicamente a los esclavos:[1]

Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales,

no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres,

sino con corazón sincero, temiendo a Dios.

Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón,

como para el Señor y no para las demás personas,

sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia,

porque a Cristo el Señor servís.

Más el que hace injusticia, recibirá la injusticia que hiciere,

porque no hay acepción de personas.

Amos haced lo que es justo y recto con vuestros siervos,

sabiendo que vosotros tenéis un Amo en los cielos.

Col 3:22-4:1 (cf. Efes 6:5-9)

Este versículo, en sus dos cláusulas, vuelve a tocar la motivación de la vida y conducta cristianas, complementando la gratitud mencionada en 3:17. Nos extraña encontrar esta exhortación a los siervos y siervas no sólo a obedecer a sus amos sino a «hacer todo de buena gana» (3:23 Dios Habla Hoy). Es que el trabajo creativo es parte de la imagen de Dios en nosotros.[2] Bajo cualquier circunstancia, trabajar bien glorifica a Dios y la pereza disminuye la imagen divina en nosotros.

Si San Pablo espera de los siervos del primer siglo que metan ganas a su trabajo, cuánto más debemos nosotros realizar nuestros trabajos de corazón, con ganas. Si estudio, debo ser el mejor estudiante que pueda ser. Si juego futbol, debo glorificar a Dios en la cancha. Si soy mecánico, con esa maravillosa inteligence que Dios ha dado a algunos, mi meta será mantener en las mejores condiciones los autos de mis clientes. Si soy pastor o teólogo, haré todo por superarme constantemente para servir a Dios y al pueblo con la máxima efectividad y bendición. En cualquier caso, si vale la pena hacer un trabajo, entonces vale la pena hacerlo bien, con todo el ánimo.

(5) Hacer todo para el Señor y no para ser visto por la gente (3:23b). Aquí el texto llega a lo más profundo de nuestra motivación. La frase anterior aclara bien el sentido: «no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios». La irresponsabilidad en el trabajo es una falta de temor a Dios; el temor a Dios debe motivarnos a trabajar bien. «El amor de Cristo nos apremia», escribe San Pablo en 2 Cor 5:14 (Biblia de Jerusalén).

Muchas veces trabajamos sólo por el salario, y el más alto posible. O trabajamos por el éxito, para ser admirados y alabados por los demás, o sentirnos orgullosos de nuestros logros. O hacemos un mínimo de trabajo, sólo para que el jefe no nos despida. Todo eso es lo que Pablo llama «sirviendo al ojo».

A.J. Cronin era un famoso novelista estadounidense que se interesó mucho en el movimiento misionero y viajó en todo el mundo buscando misioneros y visitando con ellos y ellas. Una vez, muy al interior de la China, se encontró con una enfermera cristiana que estaba soportando las condicones más difíciles en su trabajo, sin las comodidades básicas de la vida. A Cronin se le ocurrió decirle, «Señorita, yo no hacía lo que Ud hace, ni por un millón de dólares».

«Yo tampoco». respondió la enfermera. «Pero amo a Dios y amo a esta gente, y por eso estoy aquí muy contenta en este trabajo».

Y nosotros, ¿para qué y por qué trabajamos y vivimos?

¿Cuál es la motivación básica de nuestra existencia?

[1] Dejaremos a un lado el tema complejo del NT y la esclavitud. Este texto tiene que verse dentro de su contexto histórico. Hay diferentes interpretaciones de la esclavitud en la segunda mitad del primer siglo. Es significativo tmbien que tanto aqui como en Efes 6:9 Pablo responsabiliza a los amos a ser justos.

[2] Según Gén 2, Adán trabajaba antes de caer en el pecado. El trabajo no fue resultado del pecado, sino sólo la fatiga, la pereza y el aburrimiento. El trabajo debe ser creatividad a la imagen y semejanza de Dios.


JUAN SIMARRO

Retazos del evangelio a los pobres (IV)

“Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” (texto completo en Mateo 19:16-22). Partimos de la pregunta de un joven rico, un joven que, quizás, estaba acostumbrado a heredar. Si era joven, era difícil que él hubiera trabajado y negociado tanto para tener tantas posesiones. Sabía de lo cómodo de recibir herencias, de encontrarse con posesiones y bienes, con tesoros, que él no había trabajado. Era un joven rico que lo tenía todo en la tierra. Se iba a encontrar ante la dificultad de poder seguir a un Maestro que trajo un Evangelio para todos, pero con un destinatario específico: los pobres de la tierra.

Parece que este joven rico era consciente de que la vida en la tierra era limitada, que el disfrute de sus herencias no iba a ser permanente, que el tiempo pasaba de forma inexorable y que sus riquezas no le ayudarían a conseguir una vida eterna en nuestras coordenadas espacio-temporales. Era bonito disfrutar de las herencias en la tierra. Pensó que sería bueno intentar heredar también para el más allá. Quería tener todo en la tierra y todo en el cielo. Esta filosofía no se compadece con los valores del Evangelio a los pobres.

Jesús le enfrenta con una realidad dura: Esto que me pides no es posible. No puedes marchar detrás de mi, camino a la vida eterna con un lastre tan grande de riquezas. Sin embargo, el joven rico tuvo que recorrer un camino, en el que exhibe toda su ética de cumplimiento y conocimiento, toda una conversación con Jesús, antes de llegar a esta conclusión que le produce gran tristeza. Creer no es cumplir, no es participar en rituales cúlticos, es comprometerse con Dios y con el prójimo dando como resultado líneas de acción de cara al prójimo necesitado, al prójimo sufriente.

Una de las líneas que se repite en la Biblia en relación con el Evangelio a los pobres, abarca dos conceptos importantes: la necedad de las riquezas y la omisión de la ayuda de los ricos a los desamparados, a los pobres de la tierra. El joven rico estaba feliz con el disfrute de sus riquezas en la tierra, pero se llena de tristeza cuando se le pide que la comparta, que sea solidario, que practique la solidaridad.

También la pregunta que hace al Maestro, “¿qué haré para heredar la vida eterna?”, se repite en diferentes parábolas y no parte de la boca de los pobres. Los ricos se interesan por el más allá, por situarse también allí, por unir a sus posesiones en la tierra, los bienes del más allá. A través de esta pregunta del joven rico se le pide a Jesús que responda sobre algo fundamental, algo esencial, algo sumamente importante y vital. Se trata de ver qué hacer, cómo comportarnos… nada menos que para conseguir la salvación eterna.

La pregunta viene desde los cumplidores, desde los que creen que la vida eterna se puede ganar actuando, cumpliendo con rituales. Pedían algo concreto. Probablemente se hubieran desilusionado si Jesús les hubiera dicho que creyeran, que tuvieran fe. Hubieran dicho que ellos contaban con la fe desde siempre, que eran grandes creyentes.

Jesús, por tanto, les responde desde el plano de lo concreto, desde el plano de la vida en el aquí y el ahora. Conocían los mandamientos que eran concretos y prácticos: “Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos”. Esta respuesta, para los que vivían dentro de la ética del cumplimiento como en la parábola del buen samaritano y en esta del joven rico, era decepcionante. ¡Señor, si vivimos para eso! “Todo esto lo he guardado desde mi juventud”, dice el joven rico. ¡Maestro, tienes que darme otros retos! El joven rico consideraba esta respuesta incompleta. El cumplir la ley y los mandamientos era “pan comido” para estos cumplidores, para este joven rico y otros integrados en los sistemas religiosos y económicos del momento.

Desde los parámetros del Evangelio a los pobres, se pueden ver las siguientes características de estos religiosos ricos y acumuladores del mundo: son cumplidores, intentan tener una ética de cumplimiento, pero es cumplimiento ritual, no actúan. Son cumplidores religiosos, pero no tienen misericordia del prójimo caído al lado del camino. Son cumplidores, pero no tienen una fe comprometida en la línea del Evangelio de Jesús… Jesús no capta en ellos una fe viva, aunque sean cumplidores de los mandamientos y de los ritos eclesiales.

El compromiso que se pide a los ricos desde el Evangelio a los pobres es tan radical que no basta, no es suficiente, el que dejen algunas migajas para los pobres. Eso hizo el rico de la parábola del rico y Lázaro, que le dejaba que comiera de las migajas que caían de su mesa. Hay que dar y darse hasta límites insospechados. El Evangelio a los pobres asusta hasta hacer muy difícil que un rico herede la vida eterna.

En la parábola del buen samaritano, que responde a la misma pregunta por la salvación, se da un imperativo de acción siguiendo las líneas de projimidad para con los apaleados y marginados de la historia: “Haz tú lo mismo”. En la parábola del joven rico, desde las líneas del Evangelio a los pobres, se da un imperativo tan radical que obliga a compartir de forma total y absoluta si se quiere seguir a Jesús para poder heredar la vida eterna. La respuesta final es: “anda, vende lo que tienes y dalo a los pobres, tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme”.

En el fondo la respuesta que enlaza con el Evangelio a los pobres es que no hay que vivir para las riquezas, sino para el servicio a los pobres, a los más necesitados, a los sufrientes del mundo. En el fondo, la respuesta es: No basta con ser religiosos, no basta con ser cumplidor. Hay que tener una fe viva que actúa, que hace el bien, que comparte, que da, que reparte, que hace felices a los otros. Ahí está la fuente de la felicidad. El rechazo a estas líneas nos sume en la tristeza, como ocurrió con el joven rico.

En la línea de esta parábola, no hay felicidad para el mundo si hay personas cargadas de un lastre grande de riquezas. Esas cargas de riquezas almacenadas hay que repartirlas igualitariamente para que no haya pobres entre nosotros, en el mundo. Si los ricos se van y no aceptan el reto de Jesús y siguen cargados de riquezas, estos ricos se van tristes. Se quedan con sus riquezas y con sus tristezas.

Pero ocurre algo más grave: La tristeza, en grado sumo, en grado de sufrimiento, se desparrama por el mundo haciendo que millones y millones de personas vivan en la infravida, en el no ser del hambre y de la marginación. Por eso, si se quiere el tesoro del cielo, hay que vender y repartir. ¡Todo! Quizás porque todo es de todos.

Señor, ayúdanos a concienciar al mundo de la necesidad de una mejor redistribución de los bienes del planeta. Ayúdanos a que, con nuestra acción, nuestra voz y nuestra búsqueda de justicia, podamos eliminar la tristeza de esos ricos que no pueden seguirte para que, así, eliminemos mucho sufrimiento del mundo. No nos dejes caer en la pasividad. No nos des voz ni influencia hasta que no la usemos para llevar al mundo los valores del Evangelio a los pobres… hasta convertir a los ricos, como fue el caso de Zaqueo.

Artículos anteriores de esta serie:

1 El evangelio a los pobres: retazos
2 El rico y Lázaro
3 Los pobres, Moisés y los profetas

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com


CÉSAR VIDAL
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (XI)

Intentaba yo en mi última entrega plantear el punto de vista contenido en la Biblia sobre la justificación que no es otro que el expresado por Pablo al afirmar: “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados GRATUITAMENTE por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación” (Romanos 3:23-25).

Es algo que se repite en afirmaciones paulinas tan claras como la de que “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28) o la que sostiene: “Porque Dios es uno y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión” (Romanos 3:30).

Señalaba yo entonces que los pasajes que acentúan esta enseñanza son numerosos al afirmar la Biblia que “el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo” (Gálatas 2:16) o “que por la ley ninguno se justifica para con Dios es evidente, porque: El justo por la fe vivirá” (Gálatas 3:11). Finalmente, manifestaba que aunque el catolicismo hace referencia a la gracia, la salvación nunca puede ser por gracia si incluye obras para obtenerla ya que tal y como señaló Pablo: “al que obra, no se le cuenta el salario como gracia sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:4-5). La fe, por lo tanto, como considera el mito católico sobre el protestantismo, no es la obra de poca calidad que permite ganar de forma barata la salvación, sino el canal que nos permite recibir la salvación que ganó Cristo en la cruz. Debe reconocerse que la diferencia entre las dos posiciones es notable y el error de apreciación – verdadero mito – de muchos católicos resulta bastante grave.

Sin embargo, esta incomprensión por parte de los católicos de la enseñanza bíblica sobre la justificación por la fe y de la posición evangélica al respecto no concluye en lo señalado en mi última entrega. De hecho, hay otros dos mitos estrechamente entrelazados con él. El primero afirma – supuestamente basándose en la carta de Santiago – que puesto que la fe sin obras es muerta, la justificación también es por las obras; el segundo insiste en que el protestantismo deja aparte las obras ya que se aferra a un concepto laxo – y falso – de la salvación. Ambas afirmaciones – que se siguen repitiendo – carecen de base real. De entrada, Santiago no dice en ningún lugar que la fe más las obras justifica contradiciendo a un Pablo que afirma que la justificación es por fe sin obras. Lo que Santiago afirma es que mediante las obras y no sólo mediante la fe se puede ver que alguien está justificado (Santiago 2:24) e igualmente señala que la fe entendida como una obra – precisamente lo que muchos católicos piensan erróneamente que creen los protestantes – no es aceptable ya que eso podrían incluso alegarlo los demonios. Contra lo que afirma el mito, lo cierto es que no hay un solo protestante que no comparta esa visión de Santiago.

Y aquí entramos en el tema del papel de las obras en la vida del creyente. La posición clara al respecto la expone Pablo – en armonía con Santiago – en Éfesios 2:8-10: “por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no es de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe, porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. Justo el proceso descrito por Pablo es el que creemos los protestantes. Primero, la salvación es por gracia y nos la apropiamos por medio de la fe sin obras. Pero precisamente cuando ya hemos sido salvados y justificados por la fe sin obras, caminamos en las obras. En otras palabras, mientras que el catolicismo insiste en que hay que hacer obras para salvarse, la Biblia – y si se me permite, los evangélicos – enseña que hacemos obras porque YA somos salvos y hemos sido justificados por la fe. Así, las obras no son precio para obtener la salvación, sino muestra de gratitud porque YA hemos sido salvados. No puedo detenerme en ello ahora, pero creo que sería interesante reflexionar sobre porqué las naciones católicas han sido parcas en grandes obras y atrasadas frente a las protestantes que no pocas veces han tenido menos recursos económicos. Sí me permito apuntar que quizá se deba a que el protestantismo ha sabido siempre que las obras son fruto de la fe en la salvación y no instrumento para obtener la salvación. Se trata de un factor que – como ya señaló en su día el catedrático de economía Jesús Prados Arrarte – bastaría para explicar el triunfo de la pequeña, pobre y protestante Inglaterra sobre la pujante e imperial, pero católica, España.

Debo hacer todavía una última observación sobre las obras. Ya he indicado que la enseñanza sobre la fe muerta que no se manifiesta en obras no es propia del catolicismo sino que la comparten sin discusión los protestantes. Sin embargo, la Biblia también habla de obras muertas (Hebreos 6:1) que es un tema eludido sistemáticamente por los católicos quizá porque no se han detenido a pensar en él. Quisiera sugerir humildemente que sería útil para muchos católicos reflexionar si las obras que consideran meritorias para su salvación aparte de no poder serlo porque la Biblia enseña que la justificación es por la fe sin las obras, por añadidura no resultan totalmente muertas ya que se realizan aparte de las enseñanzas de las Escrituras. Permítaseme la osadía de poner algunos ejemplos de prácticas piadosas al respecto.

Por ejemplo, ¿dónde enseña la Biblia que el uso de cilicio es una obra agradable a Dios? ¿Dónde enseña la Biblia que el culto a las reliquias es grato a Dios? ¿Dónde enseña la Biblia que la repetición de ciertas oraciones en ciertos lugares no sólo es meritoria sino que además reduce el tiempo que se pasa en el purgatorio? ¿Dónde enseña la Biblia que la abstención de ciertas comidas o prácticas inocentes en si pueden llevar a Dios a conceder determinadas peticiones que van desde la curación de un familiar a aprobar un examen? ¿Dónde enseña la Biblia que someterse a ciertos sufrimientos – por ejemplo, llevar una piedrecita en el zapato o dormir en el suelo – ayuda espiritualmente? Podría multiplicar los ejemplos – de hecho, algunas de estas prácticas ha sido aducida en el proceso de beatificación de Juan Pablo II y son enseñadas por sacerdotes y téologos – que todos conocemos en católicos laicos y religiosos y me permito – discúlpese de nuevo mi atrevimiento – formular una pregunta: ¿ésas son las obras enseñadas por Dios en Su Palabra o caen en la categoría de obras muertas, de sacrificios no exigidos ni aconsejados por el Señor? Dejémoslo ahí de momento porque de sacrificios impuestos en contra de la enseñanza de la Biblia seguiré hablando, Dios mediante, la semana que viene.

Continuará: Obispos casados

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa
10 Salvación por gracia, no por obras

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com

La tragedia de Marvin Gaye

Publicado: enero 20, 2011 en Música

JOSÉ DE SEGOVIA

Hace medio siglo nacía en Detroit la leyenda de la Motown, una casa de discos que va a dar a conocer en todo el mundo el sonido de la música afroamericana de cantantes como Marvin Gaye. Desde su trágica muerte en 1984, disparado por su padre – un predicador apartado de una extraña iglesia –, la compleja figura de este gigante del soul, nos sigue dejando perplejos con su extraña combinación de espiritualidad cristiana con la exaltación del sexo libre. ¿Cómo se puede unir la devoción a la promiscuidad?, ¿orar antes de tomar drogas?, o ¿leer la Biblia y vivir sin limite alguno? La religión de Gaye nos llena de preguntas…

Durante siglos la iglesia es el único lugar donde la población afroamericana ha podido desarrollar su propia cultura. La música ocupa un lugar especial en su culto. Y el predicador es la persona que mas influencia tiene en la comunidad. No es extraño por lo tanto, que la mayoría de los músicos negros tengan relación con la iglesia. Incluso aquellos que la abandonan, han sido criados en ella. o pueden ser hijos de predicadores, como Marvin Gaye o Sam Cooke.

El abuelo y el padre de Gaye eran pastores evangélicos, uno bautista y otro pentecostal. Su familia pertenecía a una pequeña denominación que se llama La Casa de Dios. Pertenece a esa tradición de santidad de la que nace el pentecostalismo clásico, pero tiene algunas peculiaridades extrañas. Fundada en 1918 por R. A. R. Johnson, tiene la particularidad de combinar los dones del Espíritu – como la sanidad o las lenguas –, con ciertas prácticas de origen judío como la Pascua, el culto en sábado y la abstención de ciertos alimentos como el cerdo o los mariscos – lo que hace que se conozcan popularmente en Estados Unidos como los pentecostales hebreos –.

Aparte de usar la estrella de David o repetir los Diez Mandamientos, en La Casa de Dios se predica como en cualquier otra iglesia evangélica, que las personas son salvas por medio de la fe en Cristo, cuya muerte es el castigo de Dios al pecado humano. Como los pastores de esta denominación no tenían una formación especial, sino que bastaba una “unción del Espíritu”, el padre de Gaye empieza a trabajar a los 17 años con una evangelista conocida como la Hermana Fain, por todo el país. Su mejor amigo era un chico de la congregación de Lexington que se llamaba Rowlings. Juntos llegaron a pastorear una iglesia en Mayesville, al sur de Carolina, hasta trasladarse finalmente a Washington.

PROBLEMAS CON SU PADRE

Estando en la capital, el padre de Marvin conoce a una chica bautista que se acababa de quedar embarazada. Se casa con ella tres meses después del nacimiento de su hijo Micah, que entregan al cuidado de su hermana Pearl. Esta historia vergonzosa, la sacará a relucir él, cada vez que quiera humillarla. Algo que no era difícil de hacer con una mujer que había sufrido la pobreza y la brutalidad de malos tratos desde que era niña, habiendo muerto su padre alcohólico en la prisión. Ella dijo después del asesinato de Marvin, que él no quería tener ese hijo. Lo cierto es que le hizo la vida imposible.

Los Gaye como cualquier otra familia de pastor, vivía en torno a la iglesia. Cuando tenía solo 27 años, el padre de Marvin había sido hecho secretario general de la denominación en 1942, pero su congregación era bastante pequeña. Formada básicamente por su familia, tenía sin embargo las mismas actividades que una iglesia grande. Marvin cantaba desde pequeño en los cultos, donde se hablaba también en lenguas, había profecías y se buscaba la sanidad divina.

Su padre era tan estricto en la iglesia, como en la casa. Las chicas no podían maquillarse, ni llevar medias. Y para los chicos no había deporte desde la noche del viernes hasta la del sábado, según sus rígidas costumbres sabatarias. Ni cine, ni televisión. Cada infracción de las normas o provocación desobediente, era castigada duramente a golpe de cinturón. Guardar la ley era por lo tanto algo fundamental. La obediencia no te llevaba al Cielo, pero tu deseo de obedecer mostraba la realidad de tu estado espiritual. Lo que abría la puerta a una duda y un temor terrible,

Es sorprendente que sin embargo Marvin respetó siempre a su padre. Le estaba especialmente agradecido por haberle enseñado la Biblia. Decía que conocía a Jesús, gracias a él, pero su relación mostraba una clara ambigüedad. Le amaba, pero sin embargo le temía; despreciaba su conducta, pero respetaba su enseñanza; quería agradarle, pero también deseaba enfrentarse a él. Buscaba sobre todo su amor y apoyo, pero nunca encontró su aprobación. Reconoció que tenía un don para la música, pero le decía que debía usarlo para glorificar a Dios, no para celebrar sus deseos carnales.

MAL EJEMPLO

El ejemplo del padre, dejaba sin embargo mucho que desear. Aunque él ya era miembro del comité ejecutivo de la denominación –que eran llamados apóstoles, como los doce, teniendo además ese número –, quería ser el Principal Apóstol. En 1947 se produce una división, formando la Iglesia del Dios Vivo. Gaye ve entonces su oportunidad, haciéndose obispo del grupo. Lo que pasa es que la denominación fracasa, y el padre regresa humillado a la Casa de Dios dos años más tarde, para descubrir que su amigo Rawlings es el nuevo Apóstol Principal. Éste para asegurar su posición, dicta una nueva regla por la que a sus 37 años convierte el cargo en vitalicio.

Al ver sus ambiciones frustradas, el padre de Marvin continúa unos años como pastor, pero pierde todo su interés en la iglesia. Lleno de orgullo, no la abandona, pero finalmente se retira, y su vicio empieza a salir a la luz. Parece que ocultaba una práctica fetichista de vestirse de mujer. Empieza a vestirse de forma cada vez más ambigua, hasta el punto que muchos creían que era homosexual, aunque se acostaba con mujeres de su congregación, a las que siempre se refería como “hermanas” o “compañeras”.

Su hijo se siente cada vez más avergonzado por el afeminamiento de su padre. Lo que le hace obsesionarse por su sexualidad, preocupado de que su condición pueda ser hereditaria. Cambió de hecho su apellido Gay por Gaye, cansado de las bromas que le hacían constantemente, e intenta demostrar una y otra vez su heterosexualidad. Aunque Marvin habla suavemente, vestía impecablemente y tenía los modales educados de un hijo de pastor. Como su padre no le dejaba hacer deporte, se dedica a cantar con un grupo del instituto, intentando demostrar siempre que es alguien “normal”. Comienza a pensar que “tiene que hacer algo malo para ser aceptado” y “perder el estigma de ser un hijo de Dios”. Para su desgracia, sus amigos le consideran sin embargo demasiado conformista, mientras su padre le ve como un rebelde.

LA FASCINACIÓN POR LO PROHIBIDO

Ante este panorama, Marvin sólo veía dos opciones: se enfrentaba con su padre – cosa que le parecía imposible –, o se alistaba al ejército. Así que contra la voluntad paterna, abandona el instituto un año antes de acabar, para ser reclutado en la Aviación. Era claramente un gesto desesperado. Su carácter era muy poco apropiado para la vida militar. Su temperamento pacífico y sensible, se unía explosivamente a una aversión a la autoridad, que le empujaba a hacer calladamente, exactamente lo contrario a todo lo que le mandaban. Cuando descubre que esto no es lo suyo, sigue el mismo juego que tenía con su padre, incumpliendo las normas, hasta ser finalmente expulsado.

Mientras está destinado en la base de Salinas (Kansas), tiene la primera experiencia sexual con una prostituta. El sexo, por un lado le fascina, pero por otro le da miedo. Su padre le había enseñado a verlo como algo sagrado, pero lo llama siempre “hacer algo sucio”. Aunque pronto adquiere el sabor de lo prohibido. El remordimiento post-coital se convierte así en una experiencia regular para él, que siente la atracción de la lujuria, pero lo ve como algo degradante. Recurre por eso a la prostitución. Le parece el clímax demasiado corto, para tanta anticipación. Y evita de ese modo comprometerse en ninguna relación, prefiriendo de hecho mirar a hacer.

Esta obsesión con el sexo, es tan importante para entender a Gaye, como su incapacidad para abandonar el cristianismo. Uno y otro, se aúnan en la más extraña combinación, que le acompaña hasta el día de su muerte, la víspera del día que iba a cumplir 45 años. Muerto en las manos de su propio padre, con quien había vuelto a vivir. Disparado con un arma, que él mismo le había dado, en su miedo paranoico de que alguien pudiera atacar a su familia. La droga le hacía vivir aterrado, mientras leía sobre la cama de la habitación – donde fue asesinado – las promesas de los Salmos de que nadie podía hacerle daño. Una historia patética, pero real como la vida misma.

SEXO Y ESPIRITUALIDAD

Si las canciones de la música popular presentan el amor como la salvación del hombre, la idea de Gaye es que es el orgasmo es lo que nos trae la liberación. Debido a la represión que sufrió por la extraña educación de su padre, Marvin no sabe relacionar su fuerte impulso sexual con la idea de vocación divina, que le anima toda su vida a proseguir su carrera, a pesar de tantos problemas. Él creía desde niño, que había sido escogido por Dios para una tarea. Ese sentido de misión no le abandona, aunque esté fuera de la iglesia. Es lo que le hace cantar hasta el final de su vida. Y que acaba uniendo finalmente a su obsesión sexual.

Canciones como Get It On o Sexual Healing plantean una idea sagrada del sexo, por la que puede dedicar estos discos a “nuestro Señor y Salvador Jesucristo”, mientras alaba el deseo por el cuerpo de una mujer. Esa combinación de promiscuidad y religión, es la que finalmente pretende que purifique sus más oscuras pasiones. Se sintió por eso muy consolado de saber que el poeta y predicador John Donne, ya había comparado el sexo duro con el amor de Cristo en 1609. El problema es que cuando libros como El Cantar de los Cantares utilizan el sexo como analogía o ejemplo de la relación de Dios con su pueblo, no están declarando el sexo como una actividad espiritual en si misma.

Se ha especulado mucho sobre la relación entre el orgasmo y el éxtasis místico. Se dice que ambos muestran una misma intensidad y pérdida del ego, como si así se pudiera trascender este mundo, perdiéndose en la identidad de otro. Lo cierto es que para nuestro occidente materialista, el orgasmo ya no expresa ninguna verdad profunda. El sexo ha ocupado el lugar de la religión. Y como dice Malcolm Muggeridge, parece “el único misticismo que el materialismo ofrece”.

DOS CAMINOS

La religión de Gaye se convierte así en el triste ejemplo de a dónde llega esa espiritualidad, como nos muestra Steve Turner en su magistral biografía. Al final de su vida no hace más leer Apocalipsis y ver pornografía. Se relaciona sólo con prostitutas y un público que utiliza como sustituto a otra compañía sexual, mientras vive dominado por la enfermiza relación con su padre, la adicción a las drogas y su enfermiza inseguridad por su virilidad. Esos son los frutos de “vivir para la carne”. Por eso el apóstol Pablo nos advierte en Romanos 8:13 que “si vivimos conforme a la carne, moriremos; pero si por el Espíritu hacemos morir las obras de la carne, viviremos”.

Hay dos caminos aquí. Uno presenta una vida aparente, basada en la autoindulgencia, pero cuyo final es muerte. Y una muerte que en realidad nos lleva a la vida. “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Ro. 8:6). ¿Cómo podemos entonces dejar de vivir para la carne?, ¿cumpliendo la Ley que enseñaba el padre de Gaye?, ¿haciendo los Diez Mandamientos que se repiten cada domingo en La Casa de Dios? No, contesta Pablo, “porque es imposible para la ley librarnos de la ley del pecado y de la muerte” (vv. 2-3). Hace falta otra la ley, ¡la del Espíritu de vida en Cristo Jesús!

“Dios, enviando a su hijo, en semejanza de carne de pecado, condenó al pecado en la carne, para que la justicia de Cristo se cumpliese en nosotros” (Ro. 8:3-4). Al estar unidos así a Él por la fe, recibimos la justicia de Dios, por la que ya no hay “ninguna condenación” (v. 1). Su Espíritu hace que ya no andemos “conforme a la carne” y pensemos en “las cosas del Espíritu” (v. 5). Tenemos así una deuda de gratitud, “no a la carne, para que vivamos conforme a la carne” (v. 12), si no que “por el Espíritu hacemos morir las obras de la carne”, Porque, o matas el pecado, o el pecado te mata a ti. Y sólo hay una forma de hacerlo: ¡Por el Espíritu de vida que hay en Cristo Jesús!

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid

© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com

Christian y el “Tren de la Muerte”

Publicado: enero 20, 2011 en Noticias

Por: Samuel Nieva

Christian Sánchez (26) es un joven  Hondureño que ha perdido la totalidad de su extremidad derecha, tratando de viajar en el “tren de la muerte” atreves de México el 13 de Enero pasado. En su desesperación por buscar mejores oportunidades para su familia, inició el último Diciembre un viaje por tierra, montado sobre los trenes de carga que Cruzan México. El accidente ocurrió en Hermosillo, Sonora (México).  Un ángel de Dios el pastor Roel Martin Bravo de la iglesia El Nazareno del ministerio ELIM, al ver a Christian desprotegido y abandonado  lo llevo a un hospital local, pero las leyes mexicanas son muy estrictas para atención hospitalaria de los extranjeros.  Los costos médicos han desbordado el presupuesto del pastor.

Christian es originario de la colonia Agua Blanca sur barrio 50, El Progreso, departamento de Yoro. De familia numerosa. Como muchos jóvenes centroamericanos, la manera “más directa” de salir de la pobreza,  es inmigrando a los Estados Unidos.

El tren de la muerte

Lo denominan con este oscuro nombre al tren  de carga que cruza México desde Chiapas, Oaxaca, Tamaulipas, Hermosillo, todo el estado de  Sonora hasta llegar cerca a la frontera. El año 2010 se encontraron  75 cuerpos que estaban desaparecidos en toda la ruta del “tren de la muerte”, desenterrando nuevamente la historia de abusos, peligros y amenazas para muchos de quienes persiguen el «sueño americano».

El drama de los inmigrantes indocumentados


El 90% de inmigrantes provienen de Honduras, El Salvador,  Guatemala, en un número reducido son de Sudamérica: Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú.  “El tren de la muerte” es el apodo que tristemente tiene este transporte que recorre México hacia la frontera norte. Quiénes viajan en este tipo de viaje informal,  lo tienen que hacer en grupos, no deben llevar mucho equipaje, muchas veces solamente un celular para conectarse con sus familiares, las pandillas asechan constantemente a estos viajeros. El dpto. de  inmigración Mexicana reportó el último Noviembre de fueron  detenidos alrededor de 1,500 indocumentados en esta modalidad de viaje. Entre 1998 y  2008, alrededor de 60,000  inmigrantes han desaparecido viajando en los techos de los trenes.

Las autoridades de Honduras reportan que alrededor de 75,00 personas han salido este 2010, con rumbo hacia el Norte.

Los secuestros, los abusos sexuales y robos son los riesgos que los indocumentados sufren. La temible organización  “Los zetas” lucra del paso de los inmigrantes. Los pagos por secuestro van desde $1,ooo  hasta $5,000 dólares.

Según las cifras de Amnistía Internacional, 10.000 inmigrantes fueron secuestrados el pasado año en un periodo de tan solo seis meses.

“El viaje de los centroamericanos no es un camino fácil. No sólo deben sortear a las autoridades migratorias y los peligros de trasladarse sobre un tren de carga (las mutilaciones por accidentes no son infrecuentes)”. Manifiesta el periodista salvadoreño Oscar Martínez.

Un acto de solidaridad con Christian

Christian Sánchez es hermano de Héctor, miembro de nuestra congregación Pueblo de Dios. Este domingo nuestra iglesia levantó una ofrenda de amor para ayudar a este hermano accidentado. Este sábado 22, Pueblo de Dios ha organizado un “car wash” (lavado de carros) y la venta de una taquiza mexicana para levantar fondos.

El Consulado de Honduras ha tomado cartas en el asunto y  ha decidido repatriarlo. Hoy Jueves 20, por la mañana, la familia Sánchez se comunicó con nuestra iglesia, para comentarnos que Christian fué llevado por su madre al hospital de Progreso para ser evaluado e internado. Christian Sánchez, necesitará  una silla de ruedas, también sostenimiento económico  para su rehabilitación.

Ud. puede ser de mucha ayuda para Christian con sus oraciones  y su apoyo económico.

Sus donaciones pueden ser enviados directamente (Vía Western Unión)  a:

Gladys Yareni Bonilla Sánchez (Teléfono: 011-504-9994-1761)

Agua Blanca, Barrio 50

El Progreso-Yoro, Honduras

Ó : Pueblo de Dios Lutheran Church

804 E. Rosecrans Ave. Compton CA. 90221 USA