Archivos para enero 10, 2011


NUEVA YORK, 04/01/2011 (Christian Post/ ProtestanteDigital.com.)

En una de las pantallas gigantes que emite anuncios constantemente en Times Square, la American Bible Society (ABS) emitió su mensaje de Navidad. En 30 segundos, se destaca un lema: «Dios bajó porque por usted le mereció la pena hacer ese viaje».

El anuncio se mostró estas fiestas en la pantalla de la CBS, y dado que Times Square es una importante intersección de Manhattan (Nueva York), situada en la esquina de la Avenida Broadway y la Séptima Avenida, tuvo la posibilidad de ser visto por nada menos que 1,5 millones de personas cada día. «El propósito del anuncio era llevar un mensaje actual de la Navidad y la Biblia a las personas que se encuentran en dicho lugar, en una forma en que fuese impactante para ellos, y estimular así un mayor deseo de leer la palabra de Dios,» dijo Christy Lynn Wilson, portavoz de ABS.

El anuncio se iniciaba como si se estuviese flotando en el espacio exterior a la atmósfera, para desde ahí hacer un zoom sobre el planeta Tierra, que se iba centrando sobre Times Square hasta llegar a la plaza, en la que se encontraba el espectador. A continuación, el anuncio decía en inglés: «Dios bajó porque por usted le mereció la pena hacer ese viaje. Descubre la historia completa: UncoverChristmas.com» (“Descubra la Navidad.com”).

HECHO POR PROFESIONALES
La Sociedad Bíblica contó para realizar el anuncio con The Winn Group. «ABS vino a nosotros, ya que necesitaban algo de ayuda para compartir un mensaje que llegase a muchas personas; y a la vez que no desvirtuase el auténtico sentido de la Navidad».

Así se lo expresaron a The Winn Group: «un mensaje sobre el verdadero significado de la Navidad: que Dios envió a su único Hijo a la Tierra, en forma de hombre, para rescatar a la humanidad, para que ninguno se pierda, sino tenga vida eterna» explicaron desde The Winn Group, que tuiveron que asumir el reto de convertir este texto en ideas e imágenes creativas… y en 30 segundos de tiempo.

Como empresa de marketing, estrategia y medios creativos que sirve sin fines de lucro a organizaciones que promueven un mensaje, The Winn Group, con sede en Texas, asumió el reto y produjo el anuncio para ABS.

ABS: BIBLIA PARA TIEMPOS DIGITALES
La Sociedad Bíblica Americana trabaja para llevar la Palabra de Dios a personas de todo el mundo. En concreto, “su misión es poner la Biblia al alcance de cada persona, en un lenguaje y formato que pueda entender, a fin de que todos puedan experimentar su mensaje que cambia vidas”.

La tecnología es sólo uno de los medios a través de los que ABS está buscando alcanzar a más personas. «El mensaje de la Biblia no cambia, el cómo entregamos ese mensaje está en constante cambio», dijo Wilson.

El anuncio en la Times Square es sólo un ejemplo de cómo la ABS está utilizando nuevos medios y tecnologías para ayudar a las personas a encontrar el mensaje de la Biblia; un mensaje con todo el potencial para cambiar la vida de los que la leen. El anuncio de Navidad apareció en la Times Square aproximadamente 18 veces cada día, hasta el 25 de diciembre. Luego, un anuncio relacionado al Año Nuevo se está presentando desde entonces hasta el 10 de enero de 2011.

Fuente: Christian Post. Edición: ProtestanteDigital.com.

 


Por Juan Stam

¡Con esa actitud tan vehemente, Jesús jamás iba a responder a sus discípulos con una lista de “señales”. ¡Qué torpe la pregunta de los discípulos! (Cf. Hch 1:6. ¡Como nos parecemos a ellos!). Jesús les describe inevitables sucesos históricos, que siempre han ocurrido, pero les exhorta a no confundirlos con señales ni escuchar a la voz hipócrita y adúltera de los falsos maestros con sus falsas señales. Dios quiere hablarnos por las guerras y terremotos que ocurren, pero no para revelarnos “los tiempos o las sazones” que sólo a él corresponden (Hch 1:7; Mat 24:36).

Algunos apelan a ciertos pasajes en las epístolas que describen los vicios y abominaciones de “los postreros tiempos” (1 Tim 4:1-3; 2 Tim 3:1-5; 4:3; 2 Pedro 3.3) y concluyen que esos mismos pecados hoy son señales de la venida de Cristo. Sin embargo, los autores bíblicos nunca los llaman “señales” ni los tratan como tales. Esta enseñanza equivocada viene por no tomar en cuenta la perspectiva bíblica sobre el “ya” de la salvación y el “todavía” no como aspecto aún futuro. Para los autores bíblicos, los “postreros tiempos” no estaban a dos mil años de tiempo sino que comenzaron con la resurrección de Cristo (ver 1 Jn 2:18, un texto realmente sorprendente: “muchos anticristos antes de 95 d.C., “el último tiempo” comenzó hace dos mil años!). Pablo enseña lo mismo en 1 Cor 10:11 (cf. 2 Tes 2:7) y Pedro en 1 P 1:20. Según el autor de Hebreos, Dios envió a Cristo “en estos postreros días” (Heb 1:2).

Es muy poco probable que Pablo hubiera estado pensando en condiciones morales y sociales del mundo dos mil años después de su época. Primera Timoteo es una “carta pastoral”, para sus lectores, y no un tratado de especulación profética. Todos los malos que describe corresponden perfectamente a su propia época, en tiempos de la decadencia del imperio romano. Es claro que Pablo aplica estas enseñanzas a su propia época (p.ej. 2 Tm 3:6-10); algunos de los pecados denunciados, que existían en tiempos de Pablo, ya no tienen ningún sentido (como prohibir matrimonio, 1Tim 4:3, o meterse en casas para engañar a mujercillas, 2 Tim 3:6). Eso indica que Pablo estaba hablando de su propia época.

Es claro que ni Mateo 24 ni estos pasajes de las epístolas tienen la menor intención de revelarnos “señales de la venida del Señor”. El Espíritu Santo inspiró muchas verdades futuras a los autores bíblicos, pero nunca, que yo sepa, “señales” de esta índole. “No os toca a vosotros”, dijo el Señor, “saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad” (Hech 1:7). En vez de especular sobre supuestas “señales”, dediquémonos a entender el tiempo que vivimos y servir al Señor y su reino en la coyuntura histórica que nos corresponde.

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The Doors, jinetes en la tormenta

Publicado: enero 10, 2011 en Cine, Música

JOSÉ DE SEGOVIA

Tras la aparición de una nueva grabación de un concierto suyo en Vancouver, se exhibe en los cines el primer documental sobre el mítico grupo de los años sesenta The Doors. Aunque sólo hizo música durante cinco años, el carismático y autodestructivo Jim Morrison logró forjar una leyenda a partir de su misteriosa muerte en París en 1971. No llegó a ser el poeta que hubiera querido ser, pero se convirtió en un mito que perdura hasta la actualidad.

La película que narra Johnny Depp, When You´te Strange, ha sido nominada para los Grammy de este año. Dirigida por un director independiente, Tom DiCillo, utiliza fragmentos de un film inédito de Jim Morrison (HWY: An American Pastoral, 1969) e imágenes de conciertos, pero no entrevistas. Aunque el DVD norteamericano incluye como extras documentos tan sorprendentes como unas declaraciones de su padre antes de morir, que suenan un tanto falsas. Sorprende el emocionado testimonio de su hermana Anna, que parece encantadora. Ella mantuvo contacto con él, después de que Jim rompiera con sus padres, al ir a la escuela de cine de la Universidad de California en 1964, diciendo a todos que habían muerto.

El tono del documental es bastante didáctico e informativo. Encuadra a los Doors en la época en que vivieron, haciendo referencia a los asesinatos de los Kennedy, Martin Luther King, las protestas estudiantiles ante la guerra del Vietnam y la lucha por los derechos civiles. Es cierto que no cuenta nada nuevo, pero evita los excesos mitómanos de una película como la de Oliver Stone en 1991, que distorsiona claramente su vida, imaginando situaciones que nunca ocurrieron. Sorprende en ese sentido el riguroso análisis del suceso por el que el cantante fue procesado por indecencia en Miami en 1970, que fue literalmente el principio del fin.

UNA MUERTE ANUNCIADA
El fallecimiento de Jim Morrison en 1971 fue el último de una serie de muertes en la historia del rock, que comienza con Brian Jones de los Rolling Stones en 1969, Janis Joplin y Jimi Hendrix en 1970, todos ellos con 27 años –aunque el médico que vio el cadáver de Morrison, ¡creía que tenía 57!–. Para entender su tragedia, tenemos que remontarnos a su infancia. Puesto que desde que se forma el grupo The Doors, Jim no vuelve a ver a sus padres, asegurando no tener más familia que su hermana.

Los abuelos de Jim, por parte de los Morrison, eran presbiterianos del sur, trabajadores y temerosos de Dios. Su padre siguió la tradición familiar en el Ejército, siendo destinado a Hawai justo antes del ataque japonés a Pearl Harbor. Era almirante en Vietnam, cuando su hijo se hizo famoso por su oposición a la guerra. Siempre que le preguntan por su infancia, hay un suceso que Jim cuenta una y otra vez, que anuncia misteriosamente su muerte…

Un día a primera hora de la mañana, la familia iba en coche por el desierto de Nuevo México, cuando su padre salió de la carretera a la cuneta en algún punto entre Alburquerque y Santa Fe. Había habido un choque frontal entre un coche y un camión, que llevaba unos indios. Sus cuerpos aparecían “desparramados en la sangrante autopista del amanecer”. La voz angustiada de una mujer gemía dolorosa e histéricamente. Cuando el niño intentó salir del coche con su padre y su abuelo, para ver lo que pasaba, su madre se lo impidió, pero apretó su cara a la ventanilla.

“La sensación que ahora tengo, pensando en aquello –diría años después ante un micrófono en un oscuro estudio de grabación al oeste de Hollywood– mirando hacia atrás, es posible que el alma de uno de aquellos indios, quizá de varios, simplemente se desbordó y se introdujo en mi cerebro”. Lo cierto es que a partir de aquel momento empezó a mojar la cama, teniendo miedo hasta de dormir. Se echaba como un ovillo en el suelo, donde su madre le despertaba furiosa. Esto se lo cuenta llorando a su abogado en el proceso de 1969, sugiriendo incluso posibles abusos sexuales por un familiar cercano, mientras su madre lo niega, llamándole mentiroso.

EL REY LAGARTO
Esa cercanía del desierto es la que le hace sentirse fascinado por los reptiles, adquiriendo su famoso apodo de Rey Lagarto. Vagaba así de una casa a otro, según el destino del padre, en continuo conflicto con su madre. Le fascinaba la película Rebelde sin causa (1955). Esa ausencia de hogar hace que nunca tuviera en su vida una casa en propiedad, ni un apartamento alquilado. Solía vivir con sus novias, a veces en moteles, o simplemente dormía en el sofá de la oficina de los Doors –ahora un restaurante mexicano, donde se puede ver el baño donde grabó una de sus últimas canciones–.

Su comportamiento exhibicionista le llevaba a fingir que se desmayaba desde que iba al colegio, como luego haría una y otra vez sobre el escenario. Como los poetas beat, Morrison leía a Nietzsche –Kerouac le dedica En el camino–. Solitario y deprimido, se queda hasta tarde oyendo en las radios cristianas los incendiarios sermones de los predicadores evangélicos sureños. Su primera novia recuerda que una vez le dijo que tenía un problema que no podía contar a sus padres, y le llevó al pastor de jóvenes de la iglesia presbiteriana de Westminster (Alexandria, Washington). Jim nunca le dijo de qué habían hablado…

Cuando va a vivir con sus abuelos en Florida, deja de ir a la iglesia. En 1962 frecuentaba un café de ambiente beatnik –el Contemporary–, cuando pasó algo que le alejó de aquel mundo. En el proceso le dijo a su abogado que había tenido una experiencia homosexual. Su actitud es cada vez más extraña. Irrumpe en una reunión evangélica negra, que se celebraba bajo una carpa, siendo expulsado por un grupo enojado de diáconos. En el barrio mexicano de Los Ángeles había predicadores entonces en la calle Olivera, cerca de la antigua Misión y la plaza Pershing. Cuando uno se bajó de su escalera, subió él para predicar su propio sermón incendiario, hasta que el indignado evangelista le quitó a la fuerza.

LAS PUERTAS DE LA PERCEPCION
La expresión del poeta William Blake en Las Bodas del Cielo y el Infierno (1793) –“si las puertas de la percepción se limpiaran, todo se le aparecería al hombre como es, infinito”– dan no sólo nombre a un libro de Aldous Huxley, sino también al grupo The Doors. Hacen referencia a la experiencia psicodélica que algunos escritores empiezan a tener con el LSD, cuando todavía era legal en Estados Unidos. Morrison estudia cine entonces en California con Ray Manzarek, formando el grupo tras un encuentro en la playa de Venice. Aunque su compañero de clase más conocido es Coppola, que utilizará su canción The End al comienzo de su particular visión de El corazón de las tinieblas en la guerra de Vietnam, en Apocalypse Now (1979).

Un estudiante mayor, licenciado en Berkeley, le da a Morrison el primer LSD, pero le convierte también en alcohólico, antes incluso de que pudiera comprar legalmente cerveza. Porque a pesar de su fama de chamán psicodélico, lo que destruyó a Jim Morrison fue sin lugar a duda el alcohol, como demuestra su biógrafo Stephen Davis. Es en 1964 que Jim empieza a tomar ginebra hasta para desayunar. Manzarek sin embargo, había cambiado el LSD por la meditación oriental. En el centro del yogui Maharishi conoce a los otros dos miembros de los Doors.

El Maharishi había fundado su Movimiento para la Regeneración Espiritual en la India en 1957, pero se había trasladado a Los Ángeles el año 60. Hasta que no se hizo famoso con los Beatles, la secta no se convirtió en una multinacional. En 1965 la Meditación Transcendental tenía todavía pocos seguidores, aunque enseguida atrajo a algunos músicos jóvenes, como varios de los Beach Boys. Tres de los cuatro miembros de los Doors habían buscado en este culto la iluminación espiritual. “Incluso Jim a su manera”, dice Manzarek después, en una entrevista radiofónica. Puesto que Morrison dice que compuso Take It As It comes para el yogui Maharishi.

THE END
Tras convertirse en el nuevo sex symbol de Sunset Strip, Morrison es la imagen de un grupo cuya música es descrita como “un sonido de iglesia combinado con el de una feria de atracciones, que haría que sus conciertos parecieran una funesta capilla de la experiencia extrema” (Davis). Exaltado por una embriaguez permanente, según recuerda el agente Ronnie Haran, Jim “estaba enloqueciendo”. Obsesionado por la muerte, Morrison le dice a Haran, mientras se muda con su novia Pam a una casa en el Cañón Laurel: “Dentro de dos años estaré muerto”.

La noche que grabó The End, alguien encontró a Jim en una gran iglesia católica, que hay al otro lado del Sunset, Blessed Sacrament. Morrison se llevó un gran libro de oraciones, que en el estudio arranca página tras página, mientras cantaba a la muerte del padre y a la violación de la madre. Ella intenta contactar con él por medio de su compañía discográfica –cuando la canción Light My Fire llega a ser número uno el verano del amor de 1967–, pero él no atiende a sus llamadas. En Washington intenta verle en uno de sus conciertos, pero él no lo permite. No hablará con ella nunca más.

Su siguiente disco, Strange Days (1967), se cierra con una canción –When the Music´s Over– que parece al principio una negación de la fe, llena de imaginería sexual, pero acaba con una intensa agitación espiritual, invocando a gritos el nombre de Jesús, en busca de salvación. Aunque al mismo tiempo define su poema épico de Celebración del Lagarto como “una invocación a las fuerzas oscuras”. La directora de una revista musical, Patricia Kennely, pretende incluso que se casó con él en una ceremonia de brujería, que recrea ella misma en la película de Oliver Stone.

La poesía Texas Radio está inspirada en los predicadores que oía de madrugada, cuando estaba en el instituto. La interpretaba casi completa en sus conciertos. En Saratoga Springs hay una grabación de un día que se le acerca un pastor metodista, mientras prueba sonido. Es un hombre de mediana edad que fuma en pipa y lleva alzacuellos. Le dice que su concierto es una experiencia religiosa. Jim le contesta que los Doors es una forma de religión secular.

UNA ORACIÓN AMERICANA
El disco que ahora se ha publicado con la grabación de un concierto en Vancouver, incluye el tema que grabaron en su cuarto álbum, The Soft Parade (1969): Petition The Lord With Prayer. Esta peculiar petición de oración a gritos comienza con la introducción: “Cuando estaba en el Seminario”. Su poema largo más conocido lleva el significativo título de Una oración americana. El problema es que, para Morrison, la religión incluye todo, desde el sexo y las drogas hasta la filosofía y la literatura.

El día de los incidentes en Miami llevaba una cruz en el cuello. Cuando le preguntaron qué significaba, dijo: “Fui educado en una cultura cristiana, y la cruz es uno de sus símbolos, eso es todo”. Su religión, como la de la sociedad americana, no puede salvarle. Como dice en 1970, ni el amor puede salvarte de tu destino. Con aspecto desaliñado, gordo y con barba, escapa a París, atormentado y desolado, para reunirse con Pam. Ella está enganchada a la heroína, pero él bebe constantemente.

Uno de los cuadernos que llevaba a todas partes en una bolsa de plástico de unos grandes almacenes, antes de morir en 1971, está lleno de poemas de angustia ante la muerte, oraciones y obscenidades. Una página entera está llena con el garabato repetido y torturado: Que Dios me ayude. Nadie sabe con certeza lo que pasó la noche antes de aparecer muerto en la bañera, pero parece que estaba miserablemente solo. La tragedia de su vida y su muerte parece un clamor desesperado a un Dios que no nos escucha.

Dios sin embargo nos ha amado hasta el punto de dar a su propio Hijo por nosotros (Juan 3:16). Se compadece de nuestras debilidades, porque fue tentado en todo, a nuestra semejanza (Hebreos 3:15). Y nos invita a acercarnos a su trono de gracia, para alcanzar misericordia y oportuno socorro (v. 16). ¡Esta es nuestra única esperanza!

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid

© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España, 2011).


JUAN SIMARRO

Retazos del evangelio a los pobres (III)

“Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán si alguno se levantare de los muertos”. Texto completo: Lc. 16:19-31.

En el mundo siguen los contrastes de la parábola del rico y Lázaro: banquetes opulentos frente a migajas degradantes; esplendidez, frente a ansias de poner comer; púrpura y lino frente a los perros que, compasivamente, se dedican a lamer las llagas de los pobres del mundo… pero la parábola nos dice que para todos hay el mismo final: la muerte.

Pero la muerte que marca el final para lo que los hombres, en muchos casos, entienden por la vida, no marca el final definitivo, sino el comienzo de una nueva realidad llena también de antagonismos y diferencias: el seno de Abraham, frente al Hades tormentoso, el lugar de los muertos separados de este seno acogedor. Allí siguen los antagonismos de consuelo frente a tormento; la paz frente al malestar rabioso, inquietante y sufriente; salvación y condenación. Son los elementos que suelen tener los textos bíblicos en relación con el Evangelio a los pobres.

Es curioso que yo mismo, en muchos de mis escritos he hablado de la sima, cada vez mayor, que separa en el mundo hoy al pequeño grupo de los ricos muy ricos, de la multitud de pobres cada vez más pobres. Pues bien, en la situación ya metahistórica de la parábola, aparece un elemento nuevo de separación: una gran sima que, curiosamente, separa al pobre del rico. Simbolismo de una sima de separación en donde nadie puede saltar de un lado al otro. Desde allí, el rico en su sufrimiento, podía ver al pobre Lázaro que era consolado.

Se da otro elemento curioso en la parábola: el rico, que había pasado de Lázaro como de un sobrante humano, posiblemente molesto, ahora ve que puede sacarle provecho en el más allá. Un icono de los ricos de este mundo que había tenido en sus manos la posibilidad de la dignificación de este mendigo lacerado sufriente y no lo hizo, un símbolo de la riqueza que con sólo un gesto de su voluntad podría haber sacado a Lázaro de su lacerante pobreza y no lo hizo, un modelo de rico que, fácilmente, podría haber sacado a Lázaro del pozo de su infravida y no lo hizo, ahora ve la posibilidad de aferrarse a la ayuda del pobre Lázaro que era consolado en el seno de Abraham. Este rico, que pasó de la situación de Lázaro en la tierra, se da cuenta de que ahora podría tener alguna utilidad, pensaba ponerlo a su servicio en su situación de tormento desesperado: “Padre Abraham, ten misericordia de mi, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua”.

Abraham le niega esta ayuda porque habiendo necesitado Lázaro de una ayuda similar en la tierra, algo de agua y comida fresca, el rico omitió esta ayuda. Abraham le dijo: “Hijo, acuérdate”. Un imperativo que refrescó la memoria del rico. Es entonces cuando entran en la parábola los modelos de Moisés y de los profetas.

El rico, que no tuvo ningún gesto de misericordia para con Lázaro, sí tiene un gesto positivo para con sus familiares. Así, demandando una vez más el servicio de Lázaro, del pobre hacia el rico, pide que Abraham envíe a Lázaro a la casa de su padre con sus cinco hermanos. Ahora, el rico quería advertir a sus otros hermanos ricos del peligro de las riquezas insolidarias, del peligro del pecado de omisión, del peligro de ponerse de espaldas al grito del marginado. Pero ya no hay opción. No hay opción, porque ya tienen la voz de Moisés y de los profetas. Les deja otro imperativo: óiganlos. Imperativo que hoy tiene que rescatar el Evangelio a los pobres.

Así, pues, Moisés y los profetas son un reto para el mundo hoy. Hay que tener presente la acción liberadora de Moisés y la voz de los profetas. Ahí están. Hoy todavía se les puede oír, aunque hay tantos oídos sordos a las voces de Moisés y a la de los profetas que clamaron por justicia y liberación, que se implicaron con sus pueblos buscando dignidad para los oprimidos e injustamente tratados. El Evangelio a los pobres tiene sus precedentes, sus líderes en el Antiguo Testamento.

¿Qué voces estamos escuchando hoy? ¿Nos suena familiar la voz de Moisés y de los profetas? ¿Cerramos nuestros oídos a estas voces que nos tendrían que ser sumamente familiares? ¿Por qué se cita a estos dos siervos de Dios en medio de una parábola cuyo contexto son los ricos y los pobres del mundo? Pues yo creo que la intencionalidad de la parábola es clara: los profetas fueron voceros de Dios en contra de la injusticia, de la acumulación de bienes, de la mala redistribución de las riquezas, de los abusos que se cometían contra los pobres y los débiles del mundo, de los huérfanos, de las viudas y de los extranjeros. Eran voces de Dios contra la opresión de los fuertes contra los débiles, contra el pecado de omisión de la ayuda, eran mensajeros de justicia y de paz, críticos contra los que se aferraban a rituales religiosos y olvidaban a los pobres omitiendo la ayuda, oprimiendo y cometiendo injusticias. Moisés y los profetas eran precursores en el Antiguo Testamento del Evangelio a los pobres.

Moisés es un siervo de Dios que complementa la acción de los profetas. Un libertador, un hombre que se pone al frente de su pueblo oprimido, esclavizado y empobrecido, un defensor, en cierta manera, de lo que hoy llamaríamos derechos humanos, de los valores del Reino, según la línea neotestamentaria del Evangelio a los pobres.

Así, la parábola queda contextualizada, enmarcada, perfilada. El rico de la parábola no seguía, ni oía, ni siquiera quería oír ni a los profetas ni a Moisés. No era buscador de justicia, no era liberador, no compartía, no denunciaba los desequilibrios que hay en el mundo en la redistribución de las riquezas, no era un agente de liberación dentro de los valores del Reino.

¿Cuál es nuestra situación? ¿Estamos escuchando la voz de los profetas y siguiendo el ejemplo liberador de Moisés? ¿Somos servidores, restauradores, dignificadores de los pobres y de los sufrientes del mundo o estamos escuchando voces más suaves y dulces que nos llevan a la insolidaridad y al pecado de omisión de la ayuda.

Señor, no nos des relax ni descanso hasta desentrañar lo que esta parábola quiere decirnos en la línea del Evangelio a los pobres. Enséñanos a través de tus siervos Moisés y los profetas. Queremos seguirte y, al final, después de ser usados por ti, queremos descansar contigo en el seno de Abraham.

Artículos anteriores de esta serie:

1 El evangelio a los pobres: retazos
2 El rico y Lázaro

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2011).


CÉSAR VIDAL

De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (X): “No puede ser que usted se salve sólo creyendo”

Uno de los mitos más difundidos sobre el protestantismo en medios católicos es el de lo barata –y fácil y, por ello, inverosímil– que resulta la salvación para los protestantes. Mientras que los católicos, según esa versión, deben esforzarse seriamente para ganar la salvación frecuentando los sacramentos, realizando obras piadosas e incluso sumando mortificaciones como las que recientemente hemos sabido que practicaba el difunto Juan Pablo II, los protestantes pretenden absurdamente que lo único necesario es creer.

Obviamente para la mayoría de los católicos –incluso para algunos con instrucción– ese punto de vista es inaceptable siquiera porque pretende obtener la salvación mediante un pago, si se nos permite la expresión, más que insuficiente. “Ganar el cielo” –por usar una expresión repetida por no pocos santos, sacerdotes y fieles– no puede venir del creer sino de un arduo camino de acciones.

No en vano, el católico puede decir “me salvaré” mediante una serie de medios y el cumplimiento de un conjunto de mandamientos enseñados por la iglesia católica, pero no sólo por la fe. En apariencia esta visión –que es totalmente semipelagiana como ha reconocido más de un teólogo católico– tiene su lógica y, sin embargo, es totalmente contraria a la enseñanza de Jesús y de los apóstoles ya que parte de la base de que nosotros NOS salvamos y no de que SOMOS salvados. Aunque el tema es complejo, permítaseme esbozarlo en sus líneas maestras para señalar hasta qué punto el mito católico sobre la salvación en el protestantismo arranca de una falta de conocimiento de la realidad y también de las Escrituras.

En primer lugar, la Biblia indica que no existe la menor posibilidad de que “yo ME salve”. Por el contrario, mi situación – como la de todos los seres humanos sin excepción – es la de pecadores perdidos. Al respecto, las afirmaciones de las Escrituras no pueden ser más contundentes y además expresadas de más formas. Mientras el profeta Isaías (64:6) señala con severa contundencia que nuestras obras de justicia son como “trapos de inmundicia” (un eufemismo para los paños utilizados en la menstruación) y Pablo afirma categóricamente que “tanto judíos como gentiles… todos están bajo pecado” (Romanos 3:9), que “todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23), Jesús señala que el género humano es como una oveja perdida que sólo podrá salvarse si el pastor la trae al redil, es como una moneda perdida que sólo regresará al bolsillo de su ama si ésta la encuentra y es como un niño pijo que ha desperdiciado sus haberes de mala manera y cuya única esperanza es que el padre lo reciba inmerecidamente en su casa (Lucas 15). Estamos perdidos tanto individual como en calidad de género y no podemos salvarNOS por nosotros mismos. Desde luego, esa situación desesperada no cambia porque alguien intente cumplir la ley de Dios.

Al respecto, no deja de ser significativo que Pablo indique: “Sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios, ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20). Las palabras de Pablo no pueden ser más claras. La ley con sus mandatos cumple una función similar a la de un termómetro. Nos puede mostrar hasta qué punto nuestra fiebre – nuestra enfermedad espiritual – es alta, pero no puede curarnos de la misma manera que comernos un termómetro no nos bajará la temperatura. No sólo eso. Como también señala Pablo, si uno pudiera ser justo ante Dios por la ley “entonces por demás murió Cristo” (Gálatas 2:21) y es lógico llegar a esa conclusión porque si yo pudiera salvarME mediante la obediencia a los mandamientos, la práctica de los sacramentos y las obras piadosas, ¿qué necesidad habría de que Cristo muriera en la cruz para salvarME?

En segundo lugar, la Biblia enseña que nuestra situación de perdición a causa de nuestros pecados es la que explica que Dios enviara a Su Hijo al mundo. No vino a entregar un catálogo de buenas obras –aunque, sin duda, dio una enseñanza ética sublime– sino, fundamentalmente, a morir en nuestro lugar. Al respecto, el mismo Jesús no pudo ser más claro al hablar de su misión: “el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). No tengo la menor duda de que Jesús podría haber señalado que vino a este mundo a fundar una iglesia que nos proporcionara el camino de salvación. Lo cierto, sin embargo, es que no lo hizo ni por asomo sino que señaló que su misión fundamental fue la de “dar su vida en rescate por muchos”. Al realizar semejante afirmación, Jesús se presentaba como el mesías-siervo profetizado por Isaías (52:13 a 53:12) que moriría en expiación por los pecados.

Por supuesto, es lo mismo que encontramos en los escritos apostólicos. Pablo, por ejemplo, señala: “por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados GRATUITAMENTE por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación” (Romanos 3:24-5). Desde luego, resulta obvio que si se habla de algo gratuito difícilmente puede ser algo que obtenemos gracias a nuestras obras, nuestra frecuencia en los sacramentos o nuestros actos piadosos.

En tercer lugar, la Biblia indica que la apropiación del sacrificio expiatorio de Cristo en la cruz –la justificación- no se produce mediante las obras sino a través de la fe. Pablo termina su desarrollo de la salvación en Romanos indicando que “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28) y remachando: “Porque Dios es uno y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión” (Romanos 3:30). Era el mismo evangelio que había ya expuesto en su carta a los Gálatas donde expuso que “el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo” (Gálatas 2:16) o “que por la ley ninguno se justifica para con Dios es evidente, porque: El justo por la fe vivirá” (Gálatas 3:11) y que volvería a predicar a los Efesios al afirmar que “por gracia sois salvos por medio de la fe, y esto no es de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). De hecho, aunque el catolicismo hace referencia a la gracia, la salvación nunca puede ser por gracia si incluye obras para obtenerla. Tal y como señaló Pablo: “al que obra, no se le cuenta el salario como gracia sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:4-5). La fe, por lo tanto, como considera el mito católico sobre el protestantismo, no es la obra de poca calidad que permite ganar de forma barata la salvación, sino el canal que nos permite recibir la salvación que ganó Cristo en la cruz. Debe reconocerse que la diferencia es notable y el error de apreciación de muchos católicos resulta bastante grave.

Aunque la mayoría de los católicos –incluso con cierta formación– unen la doctrina de la justificación por la fe y no por las obras con Lutero, lo cierto es que, como hemos podido ver, su origen aparece claramente en las Escrituras y por eso no extraña que a ella se adhirieran Erasmo de Rotterdam o Juan de Valdés incluso antes de que el monje alemán escribiera sobre ella. Tampoco sorprende que todos los reformados – sin contacto entre ellos – llegaran a esa misma conclusión simplemente mediante el estudio de la Biblia.

De hecho y para ser ecuánimes, hoy en día, son numerosos los estudiosos católicos que reconocen que la “justificación por la fe” es ciertamente la enseñanza que se encuentra recogida en la Biblia. Al respecto, las notas a Romanos en la traducción católica conocida como Biblia del Peregrino o el libro de Hans Küng sobre La justificación son ejemplos claros. Pero habría que añadir en los últimos tiempos las declaraciones de Benedicto XVI señalando que la enseñanza de Lutero sobre la justificación por la fe era correcta, lo que, sin duda, es cierto aunque choca frontalmente con lo establecido en el decreto sobre la justificación del concilio de Trento. No obstante, no sería la primera vez que un pontífice contradice lo establecido por sus predecesores sin que cause mayor trauma dentro de la iglesia católica.

Permítaseme ahora un par de consideraciones finales. Dado que el evangélico no cree que la salvación es algo que gana o que él SE salva o que puede adquirirla y que, precisamente, por depender de su esfuerzo siquiera en parte resulta insegura hasta que exhale en gracia el último aliento, tiene la certeza gozosa de que Cristo ganó para él esa salvación al morir en la cruz y, precisamente por ello, su salvación es segura. Lo es porque no descansa en sus esfuerzos y obras sino en la dádiva gratuita de Dios que se ha apropiado a través de la fe. El apóstol Juan pudo decir a sus hermanos en la fe “tenéis vida eterna” (I Juan 5:13) y, sin duda, ése es un sentimiento que tiene cualquier evangélico. Por el contrario, el católico no tiene – y no puede tener – semejante certeza de salvación y es lógico que así sea porque desde su óptica, esa salvación depende en no escasa medida de él y no de manera exclusiva de la obra de Cristo en la cruz.

Esa circunstancia va unida a otra segunda en la que debo detenerme. Si alguien pregunta a un católico qué debe hacer para salvarse, las respuestas pueden ser ciertamente variadas yendo desde el “ser bueno” (un tanto pobre, pero muy extendida) a el “obedecer lo que dice la Santa Madre iglesia” que no resulta muy concreta, pero que es más católicamente acertada. De hecho, hace algunas décadas se convirtió en un best-seller un libro escrito por un sacerdote muy conocido por aquel entonces que se titulaba Para salvarse. Con una edición para chicos y otra para chicas –circunstancia, a mi juicio, chocante– el libro pretendía mostrar desde una perspectiva católica lo que había que hacer para salvarse y a ello se entregaba con mayor o menor claridad. Si alguien, por el contrario, preguntara a un evangélico: “¿Qué debo hacer para ser salvo?”, la respuesta sería exactamente la misma que el apóstol Pablo dio hace casi ventiún siglos (Hechos 16:30-31): “Cree en el Señor Jesús y serás salvo”.

Continuará: La justificación por la fe, la carta de Santiago y las obras

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica
9 La verdadera Iglesia no tiene Papa

César Vidal es escritor, historiador y teólogo

© C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com (España).


Para publicación inmediata: 10 enero 2011

 

 

 

Tveit expresó al papa Shenouda la condolencia y de las iglesias miembros del CMI y habló de la cruz como símbolo de solidaridad.

Visitantes procedentes de las oficinas de Ginebra del Consejo Mundial de Iglesias (CMI) tuvieron el honor de ser recibidos en El Cairo, Egipto, el 8 de enero de 2011, por el papa Shenouda III de la Iglesia Ortodoxa Copta. El Rev. Dr. Olav Fykse Tveit, secretario general del CMI, presidió el grupo enviado a El Cairo para ofrecer personalmente las condolencias por el mortal ataque de bomba perpetrado el día de Año Nuevo en una iglesia de Alejandría.
Tveit expresó al papa Shenouda la condolencia y el apoyo de las iglesias miembros del CMI en este período difícil para Egipto. Le aseguró que la comunidad de iglesias está unida en la oración por la Iglesia Ortodoxa Copta y por todo el pueblo de Egipto.
El secretario general del CMI habló de la cruz como símbolo de solidaridad compartido por los cristianos en todo el mundo. “La cruz sirve para recordar los sufrimientos que surgen en la vida humana y la muerte de Cristo en la cruz, pero, como emblema cristiano, indica también la resurrección, la reconciliación y la paz”, dijo Tveit.
En su mensaje de Navidad, que los ortodoxos coptos celebran el 7 de enero, el papa Shenouda centró su atención en el amor y la paz de Dios para todas las personas. “Es alentador”, dijo Tveit, “ver cómo su mensaje inspiró tanto a los cristianos como a los musulmanes a mantenerse unidos contra la violencia y los intentos de dividir al pueblo. El papa Shenouda demuestra que, cuando el liderazgo espiritual está bien orientado, se ejerce una enorme influencia para la construcción de la paz”.
El papa Shenouda subrayó la importancia de orar a Dios y la necesidad de solidaridad entre todos los pueblos.
Tveit viajó de Ginebra a El Cairo acompañado por el director de programas del CMI, Rev. Dr. Hielke Wolters, y la encargada del programa para el diálogo entre cristianos y musulmanes, Rima Barsoum.