Archivos para diciembre 27, 2010

El sueño de Lennon

Publicado: diciembre 27, 2010 en Música, Sociedad

José de Segovia
(Nota: Este artículo fue escrito el 12/13/05. Un escrito magistral de J. de Segovia, acerca de la vida del ex –Beatles John Lennon)

Hace veinticinco años que John Lennon moría asesinado en la puerta de su casa de Nueva York. Millones de personas lloraron su pérdida en todo el mundo. Ahora su figura se ha convertido en un mito, que simboliza la revolución cultural de los años sesenta. Por esta beatificación, el ex-Beatle se ha convertido en un santo laico, abogado del pacifismo, en cuya angelical pureza cuesta hoy reconocer el lado oscuro de su vida. Pero ¿quién fue realmente Lennon? Y ¿qué queda de su sueño?
En 1964, cuando los Beatles estaban en la cima de la histeria adolescente, nadie imaginaba que dos años después estarían haciendo textos religiosos y siguiendo instrucción espiritual, para acabar haciendo pronunciamientos sobre la paz mundial. Su generación había tenido poca relación con la Iglesia. El padre de McCartney era agnóstico y la madre de Harrison católica, pero no creían que la religión debía imponerse a los hijos. “Ninguno de nosotros cree en Dios”, dijo McCartney a un entrevistador aquel año. “Pero somos más agnósticos que ateos”, añadió Lennon.

Lennon era tal vez el beatle que había tenido más influencia religiosa. Su tía Mimi le había mandado a la escuela dominical a una iglesia anglicana, donde acabó cantando en el coro. Lennon era sin embargo conocido por sus blasfemias. Odiaba quizás, aquel Dios que había permitido que su madre muriera en un accidente cuando era adolescente, atropellada por un conductor borracho. O era incapaz de concebir un Padre en los cielos, cuando su propio padre le había abandonado poco después de nacer.

Lo cierto es que en sus días salvajes de Hamburgo, Lennon escribía cartas como si fuera Juan el Bautista, colgaba condones de imágenes religiosas o ridiculizaba a las monjas que pasaban. Sus escritos de aquella épocas tienen vicarios, leprosos, tullidos y a Cristo mismo, sujetos al más cruel humor negro. Ese lenguaje despiadado hacía difícil de imaginar en 1964, que dos años después Lennon estaría en un estudio cantando versos del Libro Tibetano de los Muertos, diciendo al productor George Martin: “Quiero que suene como un santón oriental, rezando en la cumbre de una montaña”…

EL CIELO ESTÁ EN TU CABEZA
El verano de 1967, McCartney decía a la revista People que sus ojos se habían abierto a la existencia de Dios . “Una experiencia similar”, recomendaba, “haría mucho bien a algunos de nuestros clérigos”. La experiencia de Lennon y McCartney sería desde luego imitada por muchos músicos y jóvenes de aquella década . Agnósticos apáticos se convertían así en apasionados buscadores de una verdad espiritual, que tenía al rock´n´roll como ritual tribal, abriendo las puertas a toda religión, secta o gurú. No tardarían a partir de entonces las iglesias en llenarse de guitarras acústicas y vicarios sin alzacuellos, que bendiciendo motos como bebés, murmuraban textos esotéricos, mientras condenaban los males de la sociedad de consumo.
A lo largo de la segunda mitad de los sesenta, el fenómeno de la religión marginal se convirtió en una industria millonaria, cuyo mercado abarca desde la magia pagana hasta el budismo zen. Los jóvenes lamentan el materialismo de sus padres, y canciones como el Nowhere Man de Lennon, hablan en 1965 de ese hombre que “no tiene visión, ni sabe a dónde va”. El LSD se convierte así en la pastilla del Camino de Damasco, por el que muchos aseguran ver a Dios, o incluso ser el mismo Dios, atesorando esos instantes y colores intensos, ante los que la vida pasada no resulta más que un juego. Ahora llenos de benevolencia, desean “el amor” a todos…

“Yo soy él, como tú eres yo, y todos estamos juntos”, canta Lennon en I Am The Walrus (1967), uno de los temas que compuso bajo su influencia. Esa ilusión temporal de unidad, que ellos llamaban Dios, es la que McCartney describe como “una fuerza de la que todos somos parte”. Lennon y Harrison cuentan que conocieron el LSD por un café que les dio una noche un amigo dentista en 1965. Los efectos iniciales fueron de desorientación. Tanto que Lennon pensó que se había vuelto loco y le perseguía el diablo, pero luego se vio lleno de ideas, humor y creatividad. A partir de ese momento, Lennon quedó tan “enganchado”, que hizo más de mil “viajes”. Por ellos dice que se convenció de “la existencia del alma humana y la vida después de la muerte”.

Aquella religión del LSD hizo de Timothy Leary su sumo sacerdote. Este profesor de psicoterapia de Harvard había tenido una experiencia psicodélica en 1960, cuando tenía cuarenta años. Y el año 63 hizo un experimento con estudiantes de teología, que afirmaron tener una “experiencia mística” por medio de esta droga, sobre la que escribió dos libros que leyeron los Beatles. Uno de ellos introdujo a Lennon al Libro Tibetano de los Muertos, que usó para escribir Tomorrow Never Knows, para el disco Revolver de los Beatles el año 66. Entonces se hizo amigo suyo y Lennon dice que escribió para él Come Together y Give Peace A Change, aunque luego le acusó de “recibir un mensaje del ácido, por el que tenía que destruir su ego”. “Y lo hice”, dice Lennon: “Leí el estúpido libro de Leary y me destruí a mí mismo”…

Lo he descubierto.
¡No creas la palabra de nadie!
Es lo que puedes hacer…
No dejes que te engañen
Con droga y cocaína…
¡Siente tu propio dolor

EL SUEÑO SE ACABÓ
Los Beatles pasaron dos meses con el gurú Maharishi el verano de 1967, pero se desilusionaron. En su decepción, Lennon escribe una canción llamada Sexy Sadie, llena de odio y resentimiento. Su primera esposa, Cynthia, dice que “la naturaleza humana y la búsqueda última de algo nuevo, que no pudieran conseguir, les llevó a experimentar todo”, pero “la increíble velocidad y locura de su fama creó un gran vacío en su vida”. Lennon descubre que “Dios es un concepto por el que medimos nuestro dolor”…

No creo en la magia.
No creo en el I Ching.
No creo en la Biblia.
No creo en el Tarot.
No creo en Hitler.
No creo en Jesús.
No creo en Kennedy.
No creo en Buda.
No creo en el Mantra.
No creo en el Gita.
No creo en Reyes.
No creo en Elvis
No creo en Zimmerman.
No creo en los Beatles.
Sólo creo en mí,
Yoko y yo.
Esa es la realidad.
El sueño ha acabado.
Desde que se emancipó de los Beatles, Lennon se enfrenta de tal forma al mundo, que parece que ha perdido todo sentido del ridículo. Dejando atrás todo pudor, John aparece desnudo con Yoko en la portada de la revista Rolling Stone o en su disco Dos Vírgenes. Como el personaje favorito de sus años infantiles, Guillermo el Proscrito, se ve una y otra vez abocado al desastre, pero continúa sin embargo convencido de que sus acciones son correctas. Aguanta mal la bebida y monta broncas penosas en locales de Los Ángeles, hasta que dirigido por Yoko, ella maneja los negocios y le manda hacer extraños viajes rituales, dictados por la numerología, a Hong Kong o Ciudad del Cabo

Mientras imagina que “no hay ningún paraíso, ni infierno bajo nosotros”, sólo siente la realidad de su propio dolor. Pero al descubrir que “no hay ningún Jesús, que vaya caer del cielo”, se da cuenta que “podría llorar”. Muchos lloramos desde entonces por él, porque sabemos que un día vendrá ese Jesús, en que no creía, cuando era su única esperanza. Por eso ahora que hay tiempo decimos: ¡Imagina!, ¡imagina que hay un cielo y un infierno! Y no vivas de espaldas a él… ¡Vive a la luz de esas realidades eternas! Y descubrirás que lo mejor está todavía por venir…

José de Segovia es periodista, teólogo y pastor en Madrid
© J. de Segovia. ProtestanteDigital.com (España).

El rico y Lázaro

Publicado: diciembre 27, 2010 en Iglesia, Misión Integral, Sociedad, Teología

Juan Simarro

Retazos del evangelio a los pobres (II)

“Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas…” (texto completo: Lucas 16:19-31).

Jesús criticó a los religiosos de la época, insolidarios e inmersos en sus círculos infernales de “pureza” en donde no había cabida para los empobrecidos del mundo. Veía al mundo dividido en dos: el del rico derrochador, vestido de ropa fina y cara, haciendo espléndidos banquetes diarios, símbolo e icono del pequeño mundo rico y acumulador, mientras tirado a su puerta, en la cercanía, a su lado, estaba el pobre Lázaro, símbolo e icono de la pobreza en el mundo, también junto a su puerta, como en nuestros días, innumerables como la arena del mar… pero el corazón del rico no se despertó a la solidaridad. Fue condenado por ello. La parábola sigue, de manera estricta, las líneas del Evangelio a los pobres.

Jesús hablaba de la riqueza y de la pobreza como algo que, necesariamente, debería estar integrado dentro de las preocupaciones del Evangelio. Hablaba de este grave y escandaloso problema con naturalidad, denunciaba con naturalidad, narraba parábolas como ésta, nos dejaba los valores del reino, valores que eran liberadores y rehabilitadores sacando al primer plano de la realidad a todos los que estaban en el no-ser de la marginación, la pobreza, la opresión y el sufrimiento. El desequilibrio del mundo, representado por este rico y por Lázaro, estaba en contra del proyecto del Reino y sus valores que irrumpen con la venida de Jesús al mundo.

Hoy, a los pastores, sacerdotes o líderes del mundo cristiano, en un mundo en donde el poder económico es prácticamente el primer poder y todo se mueve alrededor del dinero, como si el mundo estuviera adorando al becerro de oro, no les es fácil hablar de forma clara y a los cuatro vientos, de esta parábola, de la realidad de un mundo vergonzosamente dividido en dos: el pequeño mundo de los acumuladores, que representa este rico Epulón, y el gigantesco infierno en el que se mueven en la infravida los pobres del mundo, representado en la parábola por Lázaro. La Iglesia no ha sabido acoger en su profundidad el reto del Evangelio a los pobres, el evangelio liberador y dignificador de los sufrientes del mundo. Hemos perdido o dejado en lo light, en lo secundario y casi en el olvido, una de las esencias del Evangelio.

Parece que hoy, debido a la violencia social que crea la acumulación y el miedo a criticar a los poderosos del sistema económico -menos aún a condenarlos desde el punto de vista de la salvación eterna-, nuestros líderes religiosos no tratan el tema de la riqueza y de la pobreza con la naturalidad con que lo trataba Jesús. Mucho menos nos atrevemos a lanzar mensajes condenatorios a los ricos acumuladores que, teniendo al lado de sus puertas a los lázaros del mundo, hambrientos y llenos de llagas, no levantan un dedo para dignificarlos… les dan la espalda como a un sobrante humano. El pueblo de Dios no puede ni debe hacer lo mismo, sino que debe entrar en las líneas de denuncia y búsqueda de justicia que demanda el Evangelio a los pobres.

El rico Epulón: icono de un pequeño grupo que ejerce violencia gastando energías sin límites, saqueando para mantener el derroche de bienes y servicios, el consumo desmedido, los banquetes, el lujo, el placer… para ello tiene que explotar y expoliar al mundo poniendo sobre su mesa la escasez de los pobres. Es un número reducido de personas que extienden su influencia al 20% de la humanidad.

El mendigo Lázaro: los hambrientos del mundo, los niños que mueren por hambre o por falta de medicinas, por enfermedades vencibles, tantos lázaros que no se desarrollan, que viven en la infravida, que no se educan ni capacitan, que no tienen buena sanidad ni agua potable. Los lázaros hambrientos del mundo son más de mil millones de personas. Dentro del círculo infernal creado para que se mueva el mundo de los lázaros ulcerosos y llenos de llagas vitales, está el 80% de la humanidad.

Como va a haber un artículo más sobre este tema, os voy a dejar con algunas preguntas:

¿Hasta dónde debe asumir responsabilidades los que tienen riquezas de este mundo? ¿Hasta dónde los cristianos debemos asumir responsabilidades con aquellos lázaros que están empobrecidos, con los sufrientes del mundo, muchos de los cuales están realmente al lado de nuestra puerta y, a otros, los medios de comunicación los meten dentro de nuestras casas? ¿Nos da miedo el Evangelio a los pobres? ¿Cuándo está en nuestras manos el dignificar una persona o sanar las llagas de los lázaros de nuestros días y no lo hacemos estamos pecando? ¿Nos debería preocupar más el no caer en el pecado de omisión de la ayuda como cayó el rico de la parábola? ¿Los que, insolidariamente, desequilibran el mundo con la acumulación van a ser condenados por Dios y excluidos de la salvación eterna? ¿Es parte esencial de la espiritualidad cristiana el compartir, tener compasión, denunciar a los acumuladores, ponerse al lado de los lázaros del mundo y luchar por la justicia? ¿Nos interpela esta parábola del rico y Lázaro? ¿Nos inquieta la radicalidad del Evangelio a los pobres? ¿Nos gustaría que estos textos tan claros de la Biblia no existieran?

¡Señor, no des quietud a nuestras mentes hasta que no lleguemos a comprender qué es lo que tú quieres decirnos con esta parábola y con tantos otros textos bíblicos en donde se condena la omisión de la ayuda a los lázaros del mundo! Queremos entender y hacer realidad en el mundo tu Evangelio a los pobres. Aunque nos incomode, porque, para los que te quieren seguir, tu yugo es fácil y ligera tu carga. Que lo hagamos con alegría, Señor.

Artículos anteriores de esta serie:
1 El evangelio a los pobres: retazos

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid
© J. Simarro. ProtestanteDigital.com (España, 2010).

La Verdadera Iglesia no tiene Papa

Publicado: diciembre 27, 2010 en Historia, Iglesia

Cesar Vidal
De algunos mitos difundidos sobre el protestantismo (IX): Los evangélicos apartados del Vicario de Cristo y Sumo pontífice

En la anterior entrega intenté mostrar cómo el concepto de iglesia sostenido por los evangélicos reproduce de manera exacta el contenido en el Nuevo Testamento y porque, precisamente al darse esa circunstancia, no sólo no encaja con el católico sino que además es malinterpretado y malcomprendido por los católicos que no están familiarizados con él. Ambas partes de la conversación pueden creer de buena fe que hablan de lo mismo, pero, al menos en el lado católico, existe una incomprensión absoluta de lo que dice el otro simplemente porque las palabras no tienen el mismo sentido.
Una derivación siquiera secundaria de esa circunstancia es la relacionada con títulos tan importantes para la teología católica como los de Vicario de Cristo o Sumo pontífice que se aplican al papa. Para un católico, ambos conceptos son de enorme relevancia en la medida en que fortalecen su concepto de iglesia indicando que la única verdadera – la suya – lo demuestra, entre otras cosas, porque su cabeza es Vicario de Cristo y Sumo pontífice. Es obvio para ese católico que otras “iglesias” o confesiones no tienen por cabeza al Vicario de Cristo y Sumo pontífice que es el papa. Respetuosamente, debo señalar que la realidad, sin embargo, es muy diferente.

De entrada, la Biblia es terminante al señalar que la cabeza de la iglesia no es otro que el propio Cristo. Eso es lo que afirma, por ejemplo, Pablo al decir que Dios “dio a Cristo por cabeza sobre todas las cosas” (Efesios 1, 22), o que debemos “crecer en todo en Aquel que es la cabeza” (Efesios 4, 15) o que Cristo es “la cabeza de la iglesia” (Efesios 5, 23) o que Cristo es la cabeza de un cuerpo que es la iglesia (Colosenses 1, 18). Lo cierto es que uno puede leer el Nuevo Testamento de tapa a tapa y en ningún lado encontrará la idea de que un hombre pueda ser la cabeza de la iglesia en sustitución y sucesión de Cristo y es lógico porque la simple idea de una bicefalia de la iglesia es absurda.

Algo semejante sucede con el título de Sumo pontífice o sumo sacerdote. En el Nuevo Testamento, ese título aparece referido sólo a dos personas. O bien al judío que todavía desempeñaba ese cargo en el templo de Jerusalén pero cuyo cargo iba a durar poco (Juan 11:49; 18, 19; Hechos 5, 17 etc.) o bien a Cristo. De hecho, la Epístola a los Hebreos está dedicada sustancialmente a mostrar cómo mientras que el sumo sacerdocio judío exigía – igual que el papado – una sucesión ininterrumpida de sumos pontífices para ocupar el cargo porque los mortales por definición mueren, Cristo es un sumo sacerdote perpetuo sin necesidad de sucesión. El autor de Hebreos señala que el sumo pontífice de nuestra fe no es Pedro – como cabría esperar desde una mentalidad católica – sino Cristo (Hebreos 3:1). Es ese sumo pontífice, que es Cristo, el que realizó el sacrificio expiatorio que nos salva (Hebreos 3:1) y – de manera bien reveladora – ese sumo pontífice no tendrá otros sumos pontífices que lo sucedan porque su carrera es externa y excluye esa posibilidad (Hebreos 5:1 ss). De hecho, ese sumo pontífice – Cristo – es el que nos conviene (Hechos 6, 20). Como conclusión, basta leer el capitulo 9 de esta epístola para ver que sólo existe un sumo pontífice – Cristo – y que, por definición, no puede haber ni otros al mismo tiempo ni que lo sucedan, es decir, precisamente lo que los católicos creen que es el papa.

De creer lo que dice el Nuevo Testamento – y parece obligado en alguien que desea ser cristiano – Cristo es la cabeza de la iglesia y el sumo pontífice y no necesita a nadie que ejerza esas funciones de manera vicaria. De hecho, no deja de ser significativo que pasarán siglos antes de que el obispo de Roma llegara a utilizar esos títulos. El primero en usar el título de vicario de Cristo fue Gelasio I que se hizo llamar como tal en el sínodo romano de 495. ¿Cómo pudo tardar el obispo de Roma casi medio milenio en percatarse de que era el vicario de Cristo si esa misión resultaba tan esencial? Y con todo, el título no tuvo mucho éxito porque tuvo que relanzarlo Inocencio III (1198-1216) – al que, ocasionalmente, se menciona como el primer usuario – famoso por su afirmación de que “ningún rey puede reinar de manera adecuada a menos que sirva devotamente al vicario de Cristo”.

Más peculiar resulta el título de Sumo pontífice – Pontifex Maximus o Summus Pontifex – cuyo origen se encuentra en la Roma antigua donde lo introdujo su primer rey Numa Pompilio. El paso de este título del paganismo al cristianismo fue tardío y no se aplicó en exclusiva al obispo de Roma. Por ejemplo, Hilario de Arlés (m.449) fue denominado “summus pontifex” por Euquerio de Lyon (P. L., L, 773) o Lanfranc es denominado «primus et pontifex summus» por su biógrafo Milo Crispin (P. L., CL, 10). Por añadidura, el título no se aplicó de manera exclusiva al obispo de Roma hasta el s. XI. De nuevo, la pregunta se impone: si resulta tan esencial para identificar a la iglesia verdadera que la rija el sumo sacerdote que es el papa, ¿cómo es que no se aplicó tal título al papa hasta el s. XI y en los siglos anteriores se otorgó a otras personas?

Y permítasenos una última nota histórica, esta vez sobre el título papa. Por supuesto, cualquiera sabe hoy que está restringido al obispo de Roma, pero no fue así durante siglos. Por ejemplo, Cipriano de Cartago es llamado papa (Epist 8, 23, 30, etc) mientras que al obispo de Roma no se le llamó así hasta una carta de Siricio (carta VI en PL 13, 1164) ya a finales del s. IV. De hecho, el título fue utilizado por otros obispos y hubo que esperar hasta Gregorio VII (1073-1085) para que el uso fuera exclusivo de la sede romana.

Partiendo del testimonio de las Escrituras y de las fuentes históricas seculares – poco conocidas por la mayoría de los católicos, todo hay que decirlo – los evangélicos no tienen la menor sensación de estar desprotegidos espiritualmente al hallarse apartados del Vicario de Cristo que es Sumo pontífice y cabeza de la iglesia. Por el contrario, se sienten tranquilos ajenos a una institución cuya cabeza comenzó a ser vicario de Cristo, sumo pontífice e incluso papa en exclusiva varios siglos después de la crucifixión y, por añadiduras, rebosan gratitud a Dios por pertenecer a la única iglesia verdadera, aquella que tiene como única Cabeza y como único Sumo pontífice eterno al propio Cristo.

Continuará: “No puede ser que usted se salve sólo creyendo”

Artículos anteriores de esta serie:

1 Juan Calvino y la Inquisición
2 Enrique VIII y los protestantes ingleses
3 Inglaterra y María la sanguinaria
4 Cisneros ¿precursor de la Reforma?
5 Juan de Valdés y la Reforma en España
6 Juan de Valdés huye de la Inquisición
7 Españoles del siglo XVI con la Reforma
8 Las ekklesias y «la» Iglesia católica

César Vidal es escritor, historiador y teólogo
© C. Vidal, Libertad digital, ProtestanteDigital.com (España).