El precio del hambre

Publicado: diciembre 3, 2010 en Misión Integral, Sociedad

JUAN SIMARRO

El hambre tiene un precio. Es un precio tan alto y con tantas variantes, que incluso se podría hablar del costo económico del hambre. A veces son costos directos por atajar algunas de las secuelas del hambre. Muchas veces se emplean medicinas para atajar consecuencias del hambre como las diarreas, la neumonía, el paludismo y otras, así como las complicaciones de los partos en madres anémicas y otras consecuencias del hambre que repercute en la debilidad de los sistemas inmunológicos de los afectados por esta tragedia. O sea, hay gastos médicos debido a las consecuencias de la subalimentación de los niños, de los adolescentes y de los adultos. Otras veces son costes que ya derivan de la imposibilidad de llegar a ser hombres productivos debido a las secuelas del hambre. Serían gastos indirectos por la imposibilidad de llegar a ser personas productivas, pues son personas debilitadas y que fallecen antes de tiempo. Personas con pérdida de productividad, anulados por el hambre.

Pasar de largo permitiendo que el hambre siga siendo un mal sin erradicar, puede tener unos costos superiores a lo que se invierte en programas para la eliminación del hambre. Por tanto, las ayudas directas contra el hambre deberían tener una prioridad superior a otros tipos de ayuda que ya se dan a los afectados por el hambre. Pero, ¿debería ser este tema una prioridad en la reflexión de los cristianos? Yo creo que sí. Debería ser una prioridad tan fuerte o más que la propia alabanza, ya que Dios se ve molesto en medio de las alabanzas insolidarias. Esto se ve claramente en los profetas del Antiguo Testamento. Pero, además, tenemos una frase tremendamente fuerte de Jesús que se identifica con los hambrientos: “Tuve hambre y no me disteis de comer”. Esta frase por sí sola, que además se convierte en un juicio condenatorio, debería ser un acicate para la reflexión de los cristianos en torno a los problemas del hambre en el mundo. Y si los cristianos estuvieran realmente concienciados, serían una fuerza imparable que tendería a transformar el mundo. Eso sería una forma de acercar el Reino de Dios a los pobres.

Los cristianos deberían invertir en la eliminación del hambre. Invertir dinero. Porque es una inversión rentable. Rentable en el sentido que lo invertido directamente en la eliminación del hambre, puede tener una rentabilidad de hasta veinte veces por encima del dinero invertido, ya que estaremos contribuyendo a que haya hombres y mujeres con capacidad de producción, sin las minusvalías típicas de los que han padecido las consecuencias del hambre, con menos necesidad de medicinas y con capacidad de ser productivos tanto para sus familias como para sus países. Porque el hambre tiene un precio muy alto, tanto en el ámbito de los hogares y familias, como en el ámbito de las naciones generalmente hablando.

Los evangélicos en España se pueden concienciar por la verbalización de la palabra, por temas como el aborto, hasta haber llegado a montar marchas por la vida, por la figura de Jesús como las “Marchas para Jesús”, muchos son combativos contra el tema de la homosexualidad, se preocupan por la alabanza, ayudan solidariamente en las catástrofes internacionales de todo tipo. Pero sin embargo, no se ve inquietud por el tema del hambre en el mundo. Quizás porque vivimos en un país de hartos en donde la obesidad va siendo cada vez un problema mayor. Pero la frase condenatoria de Jesús “Tuve hambre y no me disteis de comer”, que conlleva la maldición de “malditos de mi Padre”, debería ser suficientemente relevante y llamativa para que hubiera más preocupación por estas temáticas tan importantes y tan inhumanas como es las temáticas del hambre en el mundo.

Preocuparse por el hambre es preocuparse también por la vida. Es, en cierta manera, un tema bioético. Porque el hambre tiene también un precio humano, un costo que repercute en la propia vida. Si hay en el mundo más de veinte millones de lactantes que nacen con un peso insuficiente debido a la mala alimentación de las madres, uno de cada cinco niños nacidos en estas situaciones morirá antes de los cinco años, pero otros tendrán diferentes minusvalías que les harán niños incapacitados, con capacidades reducidas para trabajar y vivir vidas plenas. Podrán ser ciegos por falta de vitamina A, o padecer diarreas, sarampión o paludismo… esto en un mundo en el que hay alimentos suficientes para todos, pero con un problema de una injusta redistribución de los alimentos.

Es un problema de justicia social, por la cual también clama la Biblia y que muchas veces los cristianos somos sordos a estos llamamientos. La lucha contra el hambre no es una cuestión solamente de políticos. La voz y la ayuda práctica de los cristianos deben estar dando ejemplo en la vanguardia de esta lucha… porque lo hacemos por el Señor.

Juan Simarro es Licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

© J. Simarro. ProtestanteDigital.com, (España).

comentarios
  1. EL HAMBRE SIGUE SIENDO UN FLAGELO EN EL MUNDO, EN PARTE A LA MALA DISTRIBUCIÓN DE LA RIQUEZA, HAY UNOS POCOS CON TANTA RIQUEZA Y MUCHOS CASI SIN NADA EJM. RIO DE JANAIRO BARRIOS COMODISIMOS Y FAVELAS POBRISIMAS Y ESTO SE REPITE EN TODO EL MUNDO; DESDE LUEGO EL MUNDO CRISTIANO DEBE HACER ALGO MAS.
    PARTE DE ESTE PROBLEMA ESTA EN EL MUNDO POLITICO QUE PERMITE ESTE TIPO DE «NORMAS» QUE FOMENTAN LA POBREZA Y DESIGUALDAD, EL DIA QUE EXISTA POLITICOS S CON ALMA CRISTIANA VENDRA LA JUSTICIA SOCIAL PRIMER PELDAÑO PARA ACABAR CON EL HAMBRE.

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