por Enric Capó
Meditaciones
Envejecer no es madurar. Madurar es llegar, como persona, a lo más elevado de mis posibilidades humanas. Envejecer, en cambio, es camino de descenso, de renuncias, de pérdidas. Es, por tanto, un camino cargado de nostalgias, de una cierta amargura, de sensaciones de dejar de ser, de no importar, de no servir. Desde lo alto de la cresta de la montaña –como dice un popular canto espiritual- miramos hacia abajo y vemos el río que hemos de atravesar. Sabemos que nunca habrá camino de subida. Nosotros –o la vida misma- nos lo podemos hacer más fácil, podemos crear espacios o tiempos de gozo y de diversión, pero el camino es finalmente inflexible.
Nuestra sociedad no ofrece muchas oportunidades a los ancianos. Apenas les permite convivir con todos los demás. Ya no hay lugar para ellos en los espacios normalmente pequeños donde viven las familias. Se los segrega. Se los aloja en instituciones especializadas. Se les ofrece una cierta comodidad, unas atenciones sanitarias adecuadas, pero los ancianos con los ancianos. Que se lo pasen muy bien entre ellos, pero la presencia de los más jóvenes en su vida se hace cada vez más esporádica. Envejecer es ir quedándose solo. Unos, los amigos, porque van muriendo y nos dejan. Otros, porque se ocupan en otros caminos y desaparecen de la vida de los mayores.
Pero no todo es triste en este período de la vida. Al contrario, puede ser un período hermoso y creativo si lo vivimos, no en la resignación de no poder evitarlo, sino en la ocupación de centrarnos en el valor y las posibilidades de la vida presente y de la del Espíritu. Jesús nunca envejeció. No se lo permitimos. Lo matamos en plena juventud. Pero él nos enseña a vivir en la acción comprometida y en la esperanza de las cosas mejores. Nos introduce en un camino que siempre es de subida y nos invita a vivir cara a la eternidad. Y esto no quiere decir sólo cara al futuro. Quiere decir, sobre todo, cara a las cosas que perduran, que no mueren, que nunca se acaban.
Envejecer, pues, ofrece al creyente la posibilidad de volver a la soledad interior, a la profundidad de la vida, allí donde Cristo se hace presente. Frente a la decadencia del cuerpo, encuentra compensaciones en el cultivo de la vida del Espíritu y en el servicio generoso a los demás. La sensatez que suele acompañar el proceso de envejecer puede darle herramientas suficientes para hacer de este período de la vida una época de crecimiento, al estilo del apóstol Pablo: “aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día” (“ Co 4,16).
La fe ha de ser el elemento clave en esta etapa de la vida. Evita que sucumbamos a la presión negativa de nuestra sociedad que lleva a los ancianos a sentirse inútiles o, ahora que hay pensiones de jubilación aceptables, a ser considerados sólo como consumidores potenciales. Ser cristiano es mantener el valor de la vida y de la esperanza. Es cierto que envejecer es, humanamente, la última etapa de la vida, pero no somos seres derrotados que aguardan el fin inevitable. Somos vencedores que esperan la gran victoria de la vida: volver a la casa del Padre. Y, en esta espera, Jesús da la oportunidad, también a los ancianos, de vivir en esperanza e ilusión. En el horizonte del cristiano no hay una tumba, sino una cuna. Hay una nueva vida que nos espera y que nos invita a continuar aquí y ahora nuestra tarea de dar testimonio y servir.
Copyright © 2010 Iglesia Evangélica Española, una iglesia protestante


Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano, y
de tu Dios tendrás temor.
Yo jehova. Lev 19.32
Oye a tu padre, a aquel que te engendró;
Y cuando tu madre envejeciera,
no la menosprecies. Prov. 23.22
Todo lo que el hombre sembrare eso mismo cosechará, amemos a nuestros ancianos no los enviemos a un lugar donde guardarlos para que no nos «estorben» honremos a estos seres que nos amaron sin límite, seamos agradecidos, asi es la voluntad del Señor.
Que Dios bendiga a nuestros ancianos y aprovechemos de su sabiduría.
Al final de nuestras vidas cuando seamos ancianos y llegue el final, no habrá una tumba, habrá una cuna si es que aprendiste a ser sabio bajo el temor de Jehová.